En el curso de la Semana Santa fui todos los días a la catedral.
Con ese nombre, "la catedral", bautizó la amada eterna a un cedro que crece en lo alto de la labor llamada de Las Melgas, en el Potrero de Ábrego.
Frondoso y elevado es ese árbol. Bajo su fronda cabemos todos los de la familia. Ponemos sillas y pequeñas mesas, y bebiendo cada quien a sorbos lentos un vaso de jugo de manzana platicamos acerca de los temas de que en el rancho se platica: la lluvia; la yegua que parió; el toro que anda suelto; la salud de doña Fica -Pacífica-, señora que anda ya por los 100 años.
Por esa edad debe andar también este viejo árbol. Ha dado innumerables hijos. Los trasplantamos con amoroso cuidado a otros lugares de la huerta, y van creciendo, capillitas que algún día serán catedrales, como su padre. Yo ya no los veré, pero en ellos me verán mis nietos y bisnietos, igual que ahora miro a la amada eterna bajo la verde fronda de esta catedral.
¡Hasta mañana!...