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"Blancas y finas, y en el manto apenas visibles, y con aire de azucenas, las manos que no rompen mis cadenas.".

En tercetos labrados cuidadosamente Salvador Díaz Mirón, poeta tormentoso, describió una visión que en días de tormenta tuvo de Jesús el Cristo.

Hombre de violencias fue él. Asesino convicto, sufrió pena de prisión. Una especie de ira lo acompañaba siempre, igual que el arma que nunca dejaba de llevar consigo. En cierta ocasión un joven salvó la vida porque frente a aquel huracán tuvo un rasgo de inspiración que contuvo la cólera del bardo. Lo reconoció en la calle, y fijó en él la mirada. Furioso, Díaz Mirón sacó la pistola y le preguntó con voz de trueno:

-¿Qué me ve?

Una respuesta infortunada y el muchacho habría recibido un balazo, o por lo menos un salvaje golpe. Pero la paloma del Espíritu Santo aleteó sobre él y le inspiró una respuesta salvadora:

-No lo veo a usted. Veo al genio.

En vez de matarlo Díaz Mirón lo abrazó. El espíritu salva de todas las furias.

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