San Virila salió aquella mañana del convento y tomó el camino que conduce al pueblo. Iba a pedir el pan para sus pobres.
Poco antes de llegar a la aldea se topó con un hombre que le preguntó de buenas a primeras:
-¿Eres tú el que haces milagros?
El frailecito respondió:
-Jamás he hecho uno. El Señor los hace todos.
Declaró el hombre, hosco:
-No creo en los milagros.
Quiso saber Virila:
-¿Tienes hijos?
-Sí -contestó el individuo-. Tengo cuatro.
El santo se asombró:
-¿Tienes cuatro milagros en tu casa, y no crees en los milagros?
El hombre quedó en silencio. Ahora cree en los milagros.
En política, como en el teatro, siempre hay personajes que solo hacen ruido. Y casi nunca son los protagonistas de la historia. Son los que interrumpen. Los que exageran. Los que necesitan ser vistos, aunque no tengan nada que sostener. A nivel nacional, ese tipo de personaje dejó de ser secundario. Y se volvió protagonista. Hoy vemos una política donde el espectáculo no solo acompaña al poder… lo sustituye. Donde la narrativa intenta imponerse a la realidad. Donde el discurso se repite tanto, que se espera que termine siendo verdad. Y detrás de todo eso, hay algo que no siempre se dice, pero que lo explica todo: La envidia. No la que reconoce. No la que admite. La otra. La que se disfraza de crítica. La que se presenta como "preocupación". La que habla en nombre de todos… cuando en realidad habla desde la frustración propia. La que no tolera el resultado ajeno. La que no reconoce avances. La que necesita que todo esté mal… para justificar su propia falta de resultados. Porque hay algo profundamente incómodo en la política: Ver que otros sí pueden…. Que otros sí hayan construido. Que otros sí tengan con qué responder. Y cuando eso pasa, la envidia no propone. Ataca. No construye. Descalifica. No mejora. Busca de todas formas frenar.
Por eso el ruido. Porque el ruido distrae de lo importante: la ausencia de resultados propios. De lo que no se han dado cuenta es que, en el teatro, y en la política convertida en teatro, el telón siempre cae. Y cuando cae, ya no hay personaje que sostenga esa historia. Solo queda la realidad. Ese mismo fenómeno sucede en lo local. En Torreón también hay personajes. Algunos que hablan todos los días. Que opinan de todo. Que reaccionan a cualquier cosa. Que viven en permanente estado de crítica. Y no es casualidad. Muchos de ellos ya tuvieron su oportunidad. Ya ocuparon espacios. Ya tuvieron responsabilidad. Y no hay mucho que recordar. Por eso hoy necesitan contar otra historia. Una donde ellos sean los que señalan. Los que exigen. Los que "advierten". Pero el fondo es el mismo: Es La Envidia. Envidia de una ciudad que, con todo y sus errores, ha logrado sostener condiciones que costaron años. Envidia de gobiernos que, con aciertos y fallas, han sabido construir sobre lo que funciona. Envidia de resultados que no pueden negar… pero tampoco pueden replicar. Y como no pueden competir con eso, hacen lo único que les queda: Hacer ruido. Convertir la política en espectáculo. Buscar likes en lugar de soluciones. Confundir presencia con relevancia.
Pero Torreón ya no está para eso. No después de lo que vivió. No después de lo que costó recuperar estabilidad. No después de que la gente entendió la diferencia entre hablar… y hacer. Hoy la sociedad no busca personajes. Busca resultados. No busca discursos. Busca estabilidad. Y esa es la gran diferencia: Mientras la envidia necesita reflectores para existir, los resultados no los necesitan. Se sostienen solos. ¿Será acaso que estamos presenciando la escena final de una obra mal contada? Una donde la envidia quiso ser protagonista… una en donde el ruido intentó reemplazar a los resultados. Porque en política, como en el teatro, siempre hay personajes que hacen ruido… pero al final, los que se quedan en la memoria no son los que más gritan, sino los que sí supieron hacer su papel.