Balzac estaba ya en el lecho de su última agonía.
Pidió con feble voz:
-Llamen a Bianchon. Él puede curarme.
Bianchon, médico, era un personaje inventado por él para sus novelas.
En otra ocasión el autor de "La comedia humana" hablaba con varios de sus amigos acerca de la actualidad política francesa. Les sugirió:
-Volvamos a la realidad. Hablemos de Eugenia Grandet.
Eugenia Grandet es otro de sus personajes imaginarios.
La realidad literaria se impone sobre la realidad real. Don Quijote tiene más realidad que Cervantes. En este caso, y en muchos otros, el nombre de la criatura se menciona mil veces más que el del creador.
Desde luego no diré que la literatura tiene más fuerza que la vida.
Pero.
ANHEDONIA
En tiempos recientes ha cobrado mucha relevancia el tema de la salud mental. Es evidente que el actual ritmo de vida ha repercutido en nuestra salud en general.
Como seres complejos, todo está ligado. El descanso, la alimentación, el ejercicio, el entretenimiento dejan distintos resultados dependiendo qué tan buenos o malos sean nuestros hábitos, al grado que ya hemos dejado de lado nuestra característica de seres gregarios para vivir aisladamente, pero bajo un mismo techo, lo que ha dejado al descubierto nuestra vulnerabilidad dentro de una sociedad que se individualiza cada vez más, convirtiéndola en un montón de seres que viven y comparten espacios, pero no lo más esencial: la vida.
Seguramente conocemos, al menos, a una persona (si es que uno no es esa persona) que ha perdido el sentido de vivir a pesar de poseer más que una inmensa mayoría, incluso más que sus antecesores, pero carente de un para qué y se le dificulta vivir cada día.
Con mayor frecuencia escucho personas, jóvenes y no tan jóvenes, que están cansados de la vida, tanto que actúan con indiferencia e indolencia y justo me encontré con el término: anhedonia, que se caracteriza por la incapacidad de experimentar placer ocasionada por un desequilibrio neuroquímico ante la falta de dopamina en el sistema de recompensa cerebral.
Esto se puede deber a distintos motivos, entre ellos a traumas, estrés crónico, depresión profunda, enfermedades neurodegenerativas, consumo de sustancias, entre otros.
Lamentablemente, por la forma en la que se afecta nuestro cerebro cuando desarrollamos adicción o una fuerte afición al consumo de contenido o entretenimiento por internet, las pantallas (y otros apegos como el vapeo u otras cosas) estimulan el centro de recompensa de nuestro cerebro que, cuando se convierte en una compulsión ya ha traspasado la línea a lo insano: adicción con las consecuencias sobre el autocontrol y la sensación de vacío ante la privación.
Hemos sido ingenuos respecto al uso de los dispositivos incluso los proporcionamos a niños y hasta a bebés, sin detenernos a pensar en las consecuencias. Si a nosotros nos entretienen, a ellos también. Hoy vemos que, cada vez más, existe una serie de comportamientos desregulados y una especie de apatía para vivir con entusiasmo nuestras vidas.
Por prudencia deberíamos mantenernos entretenidos, activos y conectados con uno mismo y con los otros, antes de que nos embebamos en una pantalla: procurar las interacciones cara a cara, vernos a los ojos, contactar con la naturaleza; encontrar tiempo para apartarnos de la tecnología y reconectar con la familia y con los amigos.
¿Cuántos de los "amigos" o "seguidores" en las redes son relaciones reales y cercanas?
Imagina que la gente viviera hasta los 80 años, con el tiempo que procuras al mes o al año, a la persona más importante para ti, sumándolo, ¿te quedan años, meses, días, minutos por convivir con ella? Nos sorprenderíamos del tiempo que desperdiciamos mientras se nos agota la vida sin el placer de vivirla.