EL PREDICADOR ESTÁ EN EL JARDÍN DE SU CASA.
Es clara la mañana. El cielo tiene el azul del manto de la Virgen. Sopla un amable vientecillo tibio y brilla el sol igual que ha de brillar Dios.
El predicador piensa que así debió ser el primer día de la creación.
Mira las flores y sonríe con sonrisa beatífica.
Mira la fronda de los árboles y da las gracias por ellos.
Ve a sus pies la hierba, y dice en su interior que cada brizna verde es prueba indubitable de la existencia de Dios.
En eso un par de mariposas entra en el jardín.
Son blancas y leves como oración de niña.
Una mariposa vuela tras de la otra.
Es el eterno rito del amor.
El predicador, hosco, deja el jardín y entra molesto e irritado en su casa.