SAN VIRILA SALIÓ DE SU CONVENTO TEMPRANO EN LA MAÑANA. IBA A LA ALDEA A PEDIR EL PAN PARA SUS POBRES.
No pudo llegar. El río estaba crecido, y el agua desbordada pasaba sobre el puente.
En eso un hombre cayó a las torrenciales aguas. Seguramente iba a morir ahogado. San Virila se despojó de su hábito; se lanzó al río y con riesgo de su vida salvó la de aquel prójimo.
El padre superior se enteró de lo sucedido y reprendió, severo, al frailecito:
-¿Por qué hiciste eso? Pudiste haber perecido. Habría bastado un milagro de Dios para tender una cuerda hecha de luz, y que el hombre se asiera a ella y se salvara.
Respondió San Virila:
-Los milagros del Señor son muy hermosos, pero los hombres debemos hacer nuestros propios milagros.