EN AQUELLOS AÑOS MI CIUDAD ERA PEQUEÑITA.
Todos nos conocíamos, no sé decir si por fortuna o desgraciadamente.
Había entre sus habitantes personajes pintorescos. Pepe Catedrales, llamado así por su estatura procerosa y porque sostenía arduas discusiones teológicas con las palomas de la Catedral. Don Melejo, que se ganaba la vida recogiendo las cacas de los perros callejeros para venderlas a las tenerías, pues se consideraba que esa sustancia servía para curtir las pieles. El Oaxaquita, músico callejero que les tocaba en su violín las Mañanitas a los que cumplían años. Todos lo querían bien, y lo invitaban a pasar. "¿Qué quiere, Oaxaquita? ¿Desayunar o almorzar?". Y él, con humildad: "Las dos cositas".
Siempre pensé que le decían el Oaxaquita por su origen oaxaqueño. No. Su apellido era Oaxaca. Otro personaje, hijo de padre irlandés y madre mexicana indígena, llevó el mismo apelativo: Manuel Antonio Rodolfo Quinn Oaxaca.
Anthony Quinn.
Recuerdo con afecto al Oaxaquita.
Y también, claro, a Anthony Quinn.