Deber profesional de los fantasmas es rondar.
Lo han hecho los de Dickens, los de Wilde, los de Rulfo y todos los demás fantasmas que en este mundo y en el otro han sido.
Los que moran en la antigua casona del Potrero no dejan de rondar. Al principio me asustaban, pero he acabado por acostumbrarme a su presencia. También ellos se han acostumbrado a mí, y tampoco ya se asustan cuando nos topamos en alguno de los aposentos.
Anoche me encontré en la sala grande con el fantasma de don Quelo. Rogelio Dávila y Flores de Valdés se llamó en vida, y pienso que de muerto sigue llamándose igual. Los muertos cambian de carácter -todos se vuelven buenos al morir-, pero no de nombre.
Don Quelo me preguntó, cortés, por mi salud. Le respondí que me sentía bien, y me contó que así se sentía él aquella noche en que se fue a dormir. Ya no despertó del sueño, y ahora vive en otro sueño.
-Igual que usted -me dijo.
¿Qué me querría decir?
¡Hasta mañana!...