Un sino aciago persigue a los dictadores: siempre cometen algún error fatal. Lo cometió Julio César. Lo cometió Napoleón. Lo cometió Hitler. Lo cometió Mussolini. Y lo cometió Mao. Este chinesco dictador acusó a los gorriones de ser enemigos del Estado, pues se comían los granos que pertenecían al pueblo. Ordenó llevar a cabo una campaña para acabar con ellos. Todos los chinos se aplicaron a la tarea de matar gorriones. En cuestión de días aniquilaron a miles de millones de esos pajarillos. Terrible yerro. Poco tiempo después se desató una hambruna que provocó la muerte de más de 40 millones de personas.
Los insectos que comían los gorriones, ya libres de ellos, se multiplicaron y causaron plagas que acabaron con las cosecha. Eso trajo consigo una grave falta de alimentos. Los gorriones son las avecillas que en ciencia se conocen como Passer domesticus, y que acá son llamadas chileros. En mi tierra se les nombraba “carrancistas”, porque entraban a las cocinas a robar comida. El útil “Diccionario de México”, de don Juan Palomar de Miguel, define el verbo mexicano carrancear: “Hurtar; apoderarse de lo ajeno”.
¡Hasta mañana!...