Este amigo mío con el que tomo la copa -varias- los martes por la noche tiene buen vino a veces, y otras malo.
Anoche, por ejemplo, se puso a filosofar. Traía mal vino.
-Hay que saber vivir -me dijo-, y también hay que saber morir, pues una cosa va con la otra. Ante ese trance hay dos clases de hombres: los que creen que después de la muerte hay sueños eternos, y los que piensan que sólo habrá un eterno sueño. Considero que estos últimos van a la muerte más tranquilos, pues no temen a una deidad severa que dejará sus múltiples ocupaciones para juzgarlos en forma personal, averiguar su conducta, y según el comportamiento que mostraron durante su brevísima estancia en la tierra enviarlos por toda la eternidad al coro celestial o al fuego del infierno. La buena muerte consiste en ir a ella en forma tranquila y sosegada. Los predicadores nos privan de esa muerte.
No está lloviendo, y sin embargo yo escucho a mi amigo como quien oye llover. Creo que así se deben oír las cuestiones sobre el más allá, habiendo tantas sobre el más acá.
¡Hasta mañana!...