Este amigo mío con el que tomo la copa -varias- los martes por la noche dice cosas que no sé si son nacidas del espíritu del vino o del espíritu de contradicción.
Ayer, por ejemplo, afirmó que hay demasiados dioses en la tierra.
-Cada región del mundo tiene uno -dijo-. China tiene uno; Japón otro; la India un más. Los judíos tienen su dios; los musulmanes el suyo; los cristianos igualmente. De nada sirve decir que todos son el mismo dios, porque algunos son irreconciliables entre sí. Pienso que el dios de los israelíes y el de los palestinos ni siquiera se saludan.
Las opiniones de mi amigo me perturban, porque de mis abuelos y mis padres recibí un dios. Claro, de haber nacido en otro continente -en África, digamos- de seguro habría recibido otro distinto.
Los romanos tenían un dios para cada cosa: dios del mar, dios del viento, dios de la guerra, dios del sueño. Incluso, por si las dudas, erigieron un templo dedicado “al dios desconocido”.
A ese dios, dijo anoche mi amigo, habrá que encomendarnos, también por si las dudas.
¡Hasta mañana!...