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‘Mis guerras floridas’ de Patricia G. Santiago, un cuestionamiento al poder

Entre los cuadros que cuelgan de los muros se asoma la memoria y la niñez de Patricia G. Santiago

‘Mis guerras floridas’ de Patricia G. Santiago, un cuestionamiento al poder. EL SIGLO DE TORREÓN / Enrique Castruita

‘Mis guerras floridas’ de Patricia G. Santiago, un cuestionamiento al poder. EL SIGLO DE TORREÓN / Enrique Castruita

SAÚL RODRÍGUEZ

Los trazos de Patricia G. Santiago son un acto de valentía, testimonio de resiliencia. A través de su arte, la pintora comparte episodios íntimos y dolorosos de su vida; edifica una fortaleza a partir del espacio, la profundidad y la paleta de colores. Experimenta con las perspectivas, intenta sanar heridas, reconstruir memorias.

Fue el pasado 27 de agosto cuando Patricia G. Santiago inauguró su exposición titulada ‘Mis guerras floridas’, en la Galería Juárez 2525 de Torreón. En ella muestra veinte piezas de su autoría que parten de un encuentro y enfrentamiento con las imágenes que han acompañado su formación pictórica: Diego Velázquez, Édouard Manet y Paul Cézanne tienen guiños en sus relieves.

Pero el núcleo central de la exposición es el testimonio de la propia autora. En sus obras plasma abusos, violencias, cuestionamientos hacia las estrategias del poder. El título de la muestra está basado en las guerras floridas que los mexicas sostuvieron con otros pueblos del Valle de Anáhuac entre 1454 y 1519.

“Mi obra en general trata abiertamente de desmantelar o cuestionar el poder, las estrategias del poder. Hay ciertos trasfondos, ciertas partes donde me apoyo. Una de ellas es el abuso sexual infantil, que parte de un suceso personal, pero que también está presente en muchas historias de amigas, de conocidas y de personas con las que he platicado”.

La artista Patricia G. Santiago. EL SIGLO DE TORREÓN / Enrique Castruita
La artista Patricia G. Santiago. EL SIGLO DE TORREÓN / Enrique Castruita

Entre los cuadros que cuelgan de los muros se asoma la memoria y la niñez de Patricia G. Santiago. Se narra cómo la artista se refugiaba en los libros de pintura, cómo cada una de las obras se transforma en un lugar para confrontar, transformar y soltar a través de varios elementos, como lo pueden ser las plantas.

“Son mis memorias. Es un ejercicio autoterapéutico, donde se establece la plasticidad de la memoria. Borges habla de cómo se construyen estos recuerdos manoseados, cómo vas modificando tu pasado en torno a esto; mi estrategia es la pintura. Y otra parte es el ideal romántico; es una estrategia de poder que se usa para polarizar el género y poner uno encima de otro”.

En La rendición, la obra que apertura ‘Mis guerras floridas’, Patricia G. Santiago plasma referencias a La rendición de Breda (1634-1635), de Velázquez, El almuerzo sobre la yerba (1863), de Manet y Los jugadores de cartas (1890-1895), de Cézanne. La artista lagunera se pinta a sí misma de niña y detrás de una reja que refiere a El balcón (1868-1869), también de Manet, como en una especie de refugio.

“Aquí voy a hablar de mi memoria en esta momento hacia una muy pequeña donde hablo de este refugio. También va a estar latente la idea del tamiz, de la rejilla, de la mirada, de cómo vemos el mundo”.

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Lo que Patricia G. Santiago retrata en este cuadro es un abuso, una situación que hasta hace poco le resultaba un tabú y la cual ha podido trabajar en los últimos años.

“Este cuadro resultó muy energético, se detonaron muchas emociones y, abiertamente, fue un momento donde yo como persona, me veo ahí y ya cuando lo hablas, lo procesas, y cuando lo pintas, pues más”.

Patricia G. Santiago también cuestiona el adultocentrismo y revaloriza la niñez como una etapa de la vida donde también se puede reflexionar y dar opiniones.

“La niñez es relegada, infantilizada, en el sentido de que se a los niños se le quita el poder opinar y el poder expresarse”.

EL SIGLO DE TORREÓN / Enrique Castruita
EL SIGLO DE TORREÓN / Enrique Castruita

Ejemplo de ello es su serie Las selvas, Los desiertos y Los bosques, donde realiza una conexión con en el encuentro erótico entre padre y madre, y también muy caótico entre dos perspectivas y la educación de los hijos. Patricia G. Santiago puede plasmarse como individuo y luego sublimarse tras el nacimiento de su hija.

En otras obras, Patricia G. Santiago avanza contra el ideal romántico en la historia del arte, donde las miradas de los personajes son jerárquicas según el sexo: lo femenino ve hacia arriba, lo masculino hacia abajo. En la obra de la lagunera, las mujeres poseer miradas más autónomas, más dueñas de sí mismas y menos objetualizadas.

“En este sentido, las miradas de las mujeres de Manet son muy hacia el espectador, son más… no me gusta hablar de empoderamiento, porque propongo que en lugar del poder, sea un fluir de energía”.

Para la artista, pintar es hablar, exponer, denunciar y, de cierta forma, sanar la memoria ante el poder.

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