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Entrevista

Mónica Lavín: personajes desde el lenguaje de la acción

"El espíritu de la novela es comprender, no juzgar"

Foto: Enrique Castruita

Foto: Enrique Castruita

LUCÍA OLIVARES

Mónica Lavín, autora mexicana reconocida por sus obras Yo, la peor, Manual para enamorarse, Doble filo, Todo sobre nosotras o su novela más reciente, La ausencia, recorrió Coahuila el pasado mayo junto a los también escritores Mónica Castellanos, Élmer Mendoza y Vicente Alfonso, pasando por Saltillo y el pueblo mágico de Parras de la Fuente, donde se inspiró para escribir Tonada de un viejo amor en 1998, una novela que envuelve al lector en la pasión enloquecida de la joven Cristina Velasco y su tío Carlos, en medio de los viñedos coahuilenses, y su futura relación con un saxofonista llamado Doug. Romances que transgreden las formas, los tiempos y la decencia; pero, sobre todo, que tocan la soberbia del amor, la sed de venganza y la necesidad de sobreponerse cuando se rompe el corazón

El recorrido de los cuatro escritores concluyó en Torreón con un conversatorio en las instalaciones de El Siglo de Torreón, que llevó por título “Voces femeninas en la literatura del norte”, donde los narradores coincidieron en que es indistinto el género de quien escribe para la construcción de un personaje.

¿Puede un hombre darle vida a una mujer y una mujer encarnar un personaje masculino? Mónica lo hace estupendamente con Adolfo, un profesor de historia que escribió un manual para alcanzar la felicidad y que, luego, habría de convertirse en un manual para enamorarse. La autora logra impregnarse del ego masculino y su necesidad de reconocimiento, ese que requiere soste ner una máscara que se adhiere a la piel.

Mónica decidió quedarse un día más en la ciudad de las tolvaneras para escuchar a la Camerata de Coahuila en el bellísimo Teatro Isauro Martínez y, gracias a ello, pudimos conversar sobre los personajes que habitan sus historias y preguntar le sobre la teoría de medios de Marshall McLuhan, que aborda cómo los medios de comunicación con figuran nuestra percepción de la realidad.

¿El personaje es el medio o es el mensaje?

Es una pregunta difícil. Para mí, el personaje en la novela es a través de quien puedo explorar diferen tes facetas de la conducta humana. Un personaje protagónico tiene que tener contradicciones y par tes oscuras. Quizá siempre es el mensaje y el medio. Me importa mucho construir personajes a través de sus espacios y el contexto en que se mueven. Además, creo que no es parte del compromiso literario mandar un mensaje, más bien se comparte una experiencia narrativa creíble por la forma en que manejas el lenguaje y los personajes y, a partir de ahí, cada quien puede generar sus reflexiones.}

¿Es más complicado escribir sobre un personaje que existió, como Sor Juana en tu novela histórica Yo, la peor, o un personaje que tú misma construyes?

Sí es diferente. Con el libro Yo, la peor aprendí que para el abordaje de un personaje que sí existió, el trabajo es más de detective porque tiene que ver con “lo posible”; vas buscando pistas de la realidad. Yo descubrí en Sor Juana su capacidad de mover se en su tiempo con una gran habilidad política, construyendo una red de protección a partir de escribirles poemas, de su gran inteligencia y talento, pero todo eso se terminó, y cuando ya no hubo esa interlocución, coincide con que creen que pudo ha ber muerto en la epidemia, es decir, una fragilidad que también se puede reflejar en lo físico. A mí el tema de la vulnerabilidad me importa mucho porque creo que detrás de cualquier acto somos seres frágiles que buscamos ternura, ser queridos y reconocimiento. El reto de narrar la vida de quien existió es muy interesante y muy diferente a la construcción del personaje de quien no hay registro; ahí hay una especie de libertad, pero ¿cómo le haces para crear un personaje con una dimensión poderosa, creíble y con personalidad? Uno va aprendiendo conforme los personajes entran en acción, en la trama de la novela, al momento en que se encuentran en distintas circunstancias y hay que decidir si será cobarde, traidor o valiente… a lo largo del tiempo van tomando una dimensión compleja. En mi primera novela, Tonada de un viejo amor, que se me ocurrió en Parras, Coahuila, apa rece un personaje secundario a quien le había dado características de mocha, tímida, convenenciera; además, no era bonita. Un perfil a quien no le había dado capacidad de gozo sensual hasta que, escri biendo un capítulo, surgió como necesidad de la trama esa parte de ella y me gustó mucho porque reconocí que todos somos eso que a veces no es visible ni a nosotros mismos.

En Café cortado, que viene de una historia de familia que se ubica en el Soconusco, Chiapas, había puesto a un personaje bastante cruel como el villano, pero el espíritu de la novela es compren der, no juzgar; por eso es importante preguntarte de dónde viene esa crueldad, porque uno no nace cruel así de la nada, a lo mejor te va de la tostada en la vida y te vuelves desconfiado. Para mí, com prender a ese personaje fue un reto y una sorpresa muy grande porque lo fui aprendiendo a querer. Cuando uno escribe, tiene que querer a sus personajes; incluso —como en la vida—, por sus errores, sus torpezas y su incapacidad para vincularse emocionalmente. La verdadera complejidad del personaje se la das cuando te preguntas por qué actúa de esa forma. Cuando imparto mis talleres siempre digo que tienes que creerte el personaje, no pensar que es tás diseñando un maniquí y no darle, de antemano, un código de conducta.

¿A los personajes se les conoce más por lo que dicen o por lo que hacen?

Yo confío más en lo que hacen; incluso en la vida, a veces, ni respondemos la verdad. Creo que escribir buenos diálogos es un arte difícil en la novela. El intercambio de palabras en la literatura tiene que ser muy bueno; no se parece al de la vida real porque te aburriría con tanta cortesía y protocolo.

Me llama la atención que en la literatura muchos de los personajes son muy complejos, intensos, profundos y los lectores aprendemos a amar los; sin embargo, ese tipo de personalidades, en la vida real, la sociedad tiende a rechazarlos porque incomodan, ya sean poetas, maestros o mujeres que tienen relaciones clandestinas. ¿Por qué en la ficción las entiendes y en la realidad no?

Creo que es porque te confrontan. Los persona jes que hacen cosas descabelladas o atrevidas, que van más allá de las convenciones sociales, te ponen en predicamentos porque te hacen pensar en ti. En la novela, como los juzgas de papel, amas que se atrevan, pero en la vida real te da miedo y te cues tionas cuál es tu límite o qué pasaría si lo hicieras. Todo aquello que te confronta, nos perturba. Para ejemplificar esto, hay un cuento buenísimo de Julio Cortázar que se llama Continuidad de los parques. Habla de un hombre rico, muy estructu rado, que llega a su casa después del trabajo y se pone a leer porque está picado con una novela de amor. Está justo en la parte en que los amantes se van a escapar, pero antes tienen que matar al esposo y, conforme avanza la narración, te das cuenta que él es el esposo al que tienen que matar. Es como si la ficción se fusionara con la realidad. Como lector no nos enteramos que tiene una esposa porque no llegó del trabajo y saludó a alguien, sólo se sentó a leer. Él en su vida amorosa tenía una distancia, sin embargo, le gustaba leerla. Es maravilloso cómo te relacionas con las pasiones en la lectura y cómo lo haces en la vida.

¿Cuál es el rol de los lectores en lo que escribes?

¡El lector puede hacer lo que quiera! Hace un mes, estuve en unas escuelas en Denver y les dieron a leer mi novela Cuando hablen de amor. Ahí hay una vendedora de vestidos de novia que se llama Eugenia y justamente con ese personaje unos me decían que la odiaron porque es desalmada y otros que les encantó. El lector se engancha con ciertas partes de los personajes, pero no controlas su experiencia. Cuando me dicen que se identifican con un personaje, es un logro porque pienso que hay una verdad en esa persona, una sensación de que está vivo. Incluso en Últimos días de mis padres me decían que era una historia igual a la de muchas personas y a mí me resultaba sorprendente porque es un libro muy personal. Esa fue una lección de cómo los lectores encuentran algo emocional en lo que se sienten habitando un mundo conocido. ¿Tienes algún personaje favorito en tus novelas o cuentos? Hay una novela, que espero se reedite pronto, se llama Las rebeldes. Es una historia basada en un personaje real: Leonor Villegas de Magnón, quien fundó la Cruz Blanca Constitucional. Me inven té un personaje, una chica mitad gringa, mitad mexicana, que se llama Jenny Page. Ella lo que quiere es escribir para periódicos, pero no sabe escribir en español. Es la típica joven que no sabe bien lo que quiere, que está explorando el mundo; esa etapa en la que te enamoras, te cae gorda la jefa, te peleas con tus padres. El personaje de Jenny me gustó mucho construirlo porque sentí como si existiera. Mi sensación al terminar de es cribir esa novela es que incluso le había ganado al personaje histórico. ¿Qué se necesita para construir un personaje? Construir un personaje es como jugar, como si fueras un dibujante haciendo un retrato hablado. Luego viene la parte psicológica, donde es muy importante revisar los contrastes, por ejemplo: es amable, pero mentirosa, y también es súper im portante el contexto. Hay dos preguntas clave: ¿qué es lo que quiere? y ¿cuáles son sus gustos?, pero no sabrás todo de ellos hasta que los pongas a interactuar. La frase de “Fulano saca lo peor de mí” es muy útil para un escritor. Quiere decir que siempre está dentro lo peor de ti, pero ¿quién lo saca y por qué razones? Eso es construir al personaje. Como escritor hay que asumir que uno sabe ciertas cosas al principio y luego va descubriendo otras.

EL MANUAL NO ESCRITO DEL PERSONAJE

En el cuento “Manual para enamorarse”, que da título a la compilación de doce historias cortas de Mónica Lavín sobre la invención del amor y el mito de la felicidad, hay un personaje que resulta fascinante, precisamente por esa vulnerabilidad y los contrastes que mencionó la escritora durante la entrevista. Es un profesor de historia, escéptico de las teorías para alcanzar el bienestar y encontrar la pareja ideal, que decide redactar un manual con consejos burdos como vestir tus mejores prendas y acudir con frecuencia al supermercado, pues asegura que es el sitio ideal para reconocer a tu media naranja.

El objetivo principal de esa publicación es obte ner éxito económico y reconocimiento, aunque tenga que firmar bajo un pseudónimo. Se burla de sus frases mientras teclea, con la conciencia de que debe ser percibido como un pastor o una guía; nada más alejado de lo que requiere el trabajo del historiador: consultar y verificar minuciosamente sus fuentes.

La sorpresa es que, luego de la publicación del material, se encuentra con una chica bajita en la sección de verduras de un supermercado, quien lo reconoce y aplaude por llevar a la práctica los consejos que él mismo ha redactado. Abrumado por la atención (a la cual no estaba acostumbra do), decide pagar todo lo que ella lleva en el carrito para invitarla a cenar a su casa y malabarear entre sus sábanas.

Ese romance va consumiéndolo. Escucharla re citar su libro le alza el ego a alturas desconocidas, hasta que se apodera de su espacio, de su tiempo… de sus letras. Termina devorado, atrapado por su propio engaño, a merced de quien leyó su manual de inventos y lo puso en práctica con él mismo.

Así que, como dice la escritora Mónica Lavín de este y todos los personajes que se mencionan, es importante buscar los contrastes, las vulnerabilidades y las razones de nuestros actos, y, por supuesto, siempre confiar más en lo que se hace que en lo que se dice.

Instagram: @olivareslucia

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