Los restos de mi mente amanecieron hechos nudos. Lo sé, no es nada raro, pero esta mañana el nudo es ciego.
Acepto mis limitaciones, pero hoy involucro en mi conflicto al vecino presidente Trump, hoy símbolo por antonomasia del retroceso de un mundo que avanza en ciencia y tecnología, pero retrocede en el concepto de la civilización y se muestra incapaz de romper la imposición histórica de la fuerza que arrasa con las normas y, por ende, subordina la civilidad al poder de la pólvora.
En mi carrera profesional sostuve que la política era expresión mayor del desarrollo de los hombres y sus sociedades; en mi preparación académica supuse que la creación del Estado y de las leyes eran evidencias superiores de la evolución del ser humano; y en mi adolescencia asumí como directriz de vida que el respeto al débil era obligación del poderoso. Este día ese acervo de ideas se desmorona y muestra la realidad de la involución.
¿Cómo explicar la sensación producida cuando dejan de existir la lógica y moral que durante toda una vida se creyeron firmes cimientos para interactuar con el mundo?
Para dar idea acerca de mi sentir matutino, abro el cajón de los recuerdos reñidos con la lógica que suponía estructuraba y hacía coherente el pensamiento que me relacionaba con el entorno.
"No le entiendo, licenciado", dijo amablemente mi eficiente colaboradora en la Secretaría Técnica del Gobierno de Zacatecas, a lo que respondí en el mismo tono: "No te preocupes, que yo tampoco estoy entendiendo".
Ambos tratábamos de acordar la construcción del mensaje que un funcionario nos había solicitado, bajo un lineamiento que para él era simple, pues sólo debía expresar que no se estaba de acuerdo con una política pública federal, "pero sin decirlo, para no herir susceptibilidades". Al fin y al cabo el discurso pedido debería durar "apenas unos diez minutos". Evidentemente la tarea era "sencilla" para el solicitante, pues asumía que cualquier persona podía estar frente a un público durante ese tiempo sin decir nada.
Y cuando estoy a punto de hurgar en el fondo del cajón de la memoria para citar otro ejemplo en el medio de la burocracia, irrumpe aquí el recuerdo de lo escuchado el fin de semana en una cadena nacional de televisión, donde un reportero que pretendía hablar acerca de un vetusto horno de pan dijo que se trataba de una construcción milenaria "de unos 50 años". ¿Se entiende ahora mejor el nudo neuronal con el que recibí el sol?
El conflicto personal que aludo lo alimenta mi visión del imperio que lanza bombas, no se aflige por matar a decenas para atrapar a uno; es superhéroe sin capa con el poder para designar malvados y definir causas, autoridad mundial ante la cual las leyes se subordinan, policía supremo de quienes designa incapaces de defenderse, conversor de intereses propios en valores universales, adicto al poder y dispuesto a defenderlo con vidas ajenas.
Pero, sobre todo, el imperio se erige hoy como la deidad todopoderosa que resucita para salvar a quienes le ofrenden recursos y dignidad, en crasa confesión de la cobardía o ignorancia que atribuye solidaridad libertaria a su salvadora, antes que manipulación de la tragedia propia.
Después del más reciente fin de semana, ¿dónde quedaron las normas que creí hacían de la política, diplomacia y justicia expresiones maestras de la excepcionalidad del hombre, demostrada por originar acuerdos antes que bombardeos?
No, no estoy a favor de las dictaduras; conozco venezolanos expulsados de su patria por la miseria. Sencillamente, creí alguna vez en la superación de la especie humana y el poder de las normas sobre el del armamento.