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Muerta en vida

Tejiendo historias

LUCÍA OLIVARES
LUCÍA OLIVARES

En una casa de techos bajos e incipientes árboles, vivían dos niños con sus padres. Al nacer, un dios del cielo los dotó de poderes distintos a cada uno de ellos, los mismos que solo podían utilizar en una situación de peligro. A la más grande le colocó las manos en el corazón, en señal de que esas dos partes de su cuerpo estarían unidas siempre para que pudiera escribir lo que sentía; luego tocó su garganta y su cabeza para que siempre pudiera decir lo que pensaba. Al más chiquito, le dio luz en sus piernas para que corriera a gran velocidad y, después, ese mismo Dios colocó sus manos sobre los omóplatos del niño para que tuviera la fuerza de volar.

Los niños eran muy felices; jugaban sin la necesidad de usar sus poderes, solo reían, se miraban, se disfrutaban mutuamente. Hasta que un día, el más chiquito se sintió tan mal que de su espalda surgió una fuerza enorme que le permitió volar hasta donde la niña no alcanzaba a ver. Ella lo buscó durante muchos días, pero no lo encontró. Sus padres vivieron mirando al cielo con la esperanza de encontrarlo y no volvieron a bajar la mirada. Los días no fueron los mismos sin él, así que, cada vez que la niña sentía mucha tristeza, escribía y escribía; de repente, gritaba, luego volvía a escribir. Sus padres extrañaban mucho a su hermano; se preguntaban por qué no utilizó la fuerza de sus piernas y así hubieran logrado alcanzarlo rentando un coche, una moto, pero en el cielo era imposible. Tantos pensamientos rondaban su cabeza que no se percataron de que la niña no paraba de escribir… Ella también estaba muriendo; la diferencia era que a ella la podían ver. Eligió ese primer poder para no hacer ruido, para no perturbarlos; podían sentirse tranquilos mientras ella dejaba de vivir. ¿Entonces, vivir es permanecer? Más que extrañar el cuerpo de su hermano, extrañaba jugar con él, reír, correr, sentirse niña porque dejó de serlo muy chiquita; es por eso que de adulta coleccionaba muchos textos, pero pocas aventuras. Ella sentía que las personas la veían como una mujer triste, aburrida y amargada; nadie sabía que encerrarse a escribir era la herramienta que el Dios del cielo le dio para vivir. Aunque le gustaba, también se sentía muy molesta por las decisiones que él tomó sin cuestionar: ¿no sería más divertido volar por el cielo que escribir en una esquina oscura de mi habitación? “¡Era más divertido jugar con mi hermano que buscarlo desde mi ventana!”, “¿Dónde está?”, “¡Quítame esto de las manos, yo quiero correr, quiero volar!”, pero del cielo no hubo nunca respuestas… de la tierra tampoco.

Un día, la niña que se había convertido en mujer, observó algo familiar desde su ventana y no pudo más que reclamarle con todas sus fuerzas y toda su rabia por qué la había dejado sola en una situación tan vulnerable, por qué mientras él volaba y conocía el mundo, ella tenía que estar sola escribiendo: “Dile a ese Dios con el que viajas que me lleve con ustedes, ¿por qué me dejaron a mi aquí? ¡No es justo! Yo también quiero vivir”. Su hermano le dijo: ¿por qué no te alegras de verme feliz?, porque yo no me alegro de nada desde que tú no estás, respondió ella.

El Dios del cielo tenía tres poderes terrestres para repartir entre los dos, el primero siempre fue la sensibilidad para escribir, el segundo coherencia para hablar y el tercero, cuando llegué yo, la velocidad para correr, pude ser un gran deportista, pero, como Dios quería ser parejo con nosotros me dio un segundo poder igual que a ti, tengo la misma velocidad y fuerza, pero en el cielo; yo sigo jugando como jugaba contigo.

¿Y con quién juegas? - preguntó ella. Con todos los niños que ven a sus hermanas escribir.

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