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Mujeres calladas

Una generación tras otra, hemos interiorizado formas sexistas de pensar y de actuar, reproduciendo así, en nuestros hijos, la misoginia cultural.

Mujeres calladas

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ADELA CELORIO

Es voluntad de Dios que seamos hermosas, que amemos y seamos amadas y que tengamos éxito en todo lo bueno.

Como mi abuelo y mi bisabuelo, por derecho natural, papá era el jefe indiscutible de la familia. La idea ancestral de la superioridad del macho sobre la hembra está fuertemente enraizada en las religiones: Moisés, Jesucristo, Mahoma, Buda. Dios y sus profetasson hombres, nunca mujeres. A María y a Martha sólo les corresponde servir y llorar.

Por su naturaleza, el hombre se consideró capacitado para luchar, descubrir, conquistar, someter… Para nosotras, el camino estaba escrito. Yo sólo tuve que seguir el guion. Nacer, crecer y reproducirme. Unos bofetones por respondona y a callar.

“Me gustas cuando callas porque estás como ausente”, es una declaración de amor de Pablo Neruda. El matrimonio era el tesoro al final del arcoíris y los roles tradicionales quedaban bien detallados en la Epístola de Melchor Ocampo: “El hombre brindará protección y la mujer obediencia y ternura”. “Cierra los ojos que de hoy en adelante yo voy a ver por ti”, dijo mi esposito, y yo, confiada, los cerré.

Por la supuesta fragilidad de nuestra naturaleza, además de parir a la humanidad, las mujeres sólo somos aptas para remontar como Sísifo, día tras día, la dura piedra del trabajo doméstico: alimentar, educar, limpiar y embellecer la vida. Humildes labores que han hecho posible el desarrollo humano. ¿Existe acaso alguna civilización sin una mujer que prepare una sopa caliente?

Hasta principios del siglo pasado, el estereotipo machista estuvo sólidamente sustentado por la cultura. Los roles femeninos en literatura, al ser considerados inferiores o causantes de pecados, justificaban la violencia física o emocional. El pacto patriarcal consolidó el derecho de los hombres al adulterio; las adúlteras como Madame Bovary y Ana Karenina debían morir.

En el cine mexicano de la llamada Época de Oro, Doña Sara García personificaba a la esposa ejemplar: madre sufrida, abnegada y sumisa. En La bandida, Pedro Armendáriz le propina una memorable golpiza a María Felix, por ofrecida, cabrona, jodida, malagradecida, vieja interesada. Marga López inundó de lágrimas el cine mexicano por las traiciones de Arturo de Córdoba.

La música, históricamente influenciada por la cultura machista, ha romantizando la figura del hombre conquistador, posesivo o despechado, retratando a la mujer en roles subordinados o como objetos de deseo y traición: “Te vas porque yo quiero que te vayas/ a la hora que yo quiera te detengo/ porque quieras o no/ yo soy tu dueño”. “Y te solté las riendas, y te me vas ahorita/ Con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero/ y mi palabra es la ley”, canta Vicente Fernández y todas aplaudimos emocionadas.

En esa cultura hemos crecido y amado. “Atrás de toda gran mujer, hay muchos hombres que trataron de impedirlo”. Una generación tras otra, hemos interiorizado formas sexistas de pensar y de actuar, reproduciendo así, en nuestros hijos, la misoginia cultural.

Ante la larga historia de sacrificios de las mujeres que han luchado por los derechos que como a todo ser humano nos corresponden, el sólido muro patriarcal ha comenzado a ceder, aunque sólo en beneficio de una poco significativa minoría.

Creo que aún nos esperan largos años, tal vez varias generaciones, antes de conseguir el derecho universal de educación y desarrollo que nos permita participar en condiciones de igualdad en todos los ámbitos del quehacer humano, para cambiar así una cultura fuertemente arraigada en la supuesta superioridad del macho.

Mientras tanto, sigamos levantando la voz. Nunca más mujeres calladas. Sigamos adelante en una lucha que no es de ninguna manera contra los hombres, sino a favor de unos derechos que nunca se nos debieron arrebatar. Se hace camino al andar.

celorio.santa@gmail.com

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