Hay imágenes que uno no olvidará de este Mundial. El Ángel de la Independencia convertido, noche tras noche, en una celebración espontánea. Familias enteras viendo los partidos en televisores improvisados sobre las banquetas. Extranjeros y mexicanos cantando "Cielito lindo" al terminar los encuentros. Niños con camisetas de selecciones de los cinco continentes jugando juntos en las plazas. Y una selección mexicana jugando con una esperanza y una alegría que hace años no despertaba. Los cuatro primeros partidos ganados y ningún gol recibido. Un país entero conteniendo la respiración y luego soltándola en un grito compartido.
Y por ello acuño una palabra que no existe, pero debería existir: mundialismo. Ese raro estado de ánimo que aparece cuando millones de personas descubren que comparten mucho más de lo que las separa. Cuando un balón logra lo que la política parece incapaz de conseguir: recordarnos que pertenecemos a una misma comunidad. Mundialismo no como globalización, ni como negocio de la FIFA, ni como espectáculo cuidadosamente empaquetado para patrocinadores. Mundialismo como ese instante inusual en el que la calle deja de ser un territorio de miedo y se vuelve una plaza pública.
Como ese momento en el que nadie pregunta por quién votaste antes de abrazarte después de un gol. Como esa tregua emocional en la que el desconocido deja de ser amenaza y vuelve a ser vecino, aliado, compañero de canto. México necesitaba algo así, escribe Ioan Grillo. No para olvidar. No para tapar. No para sustituir la realidad. El país sigue atravesado por el dolor de los desaparecidos, por las madres buscadoras que intentan gritar frente a los estadios mientras el mundo mira hacia otra parte, por la violencia que no se evapora porque ruede un balón. El Mundial no devuelve a nadie. No reconstruye instituciones. No borra fosas. Pero nos recuerda algo que también es verdad: seguimos siendo capaces de construir un "nosotros".
Eso no es poca cosa en un país donde la 4T lleva años fabricando un "ellos". Donde AMLO y Sheinbaum nos han dicho, una y otra vez, que México está dividido entre pueblo y no pueblo, buenos y malos, patriotas y traidores. Donde el desacuerdo ha sido tratado como deslealtad y la crítica como traición. Por eso el Mundial importa más allá de la cancha: muestra -aunque sea fugazmente- lo contrario de lo que la política insiste en predicar. No somos bloques irreconciliables. No estamos condenados a odiarnos. La nación no le pertenece a un partido, ni a una mayoría, ni a una voz desde Palacio Nacional. México es más grande que la mañanera, más amplio que Morena, más diverso que cualquier catecismo oficial.
Uno hubiera querido escuchar eso de la Presidenta en estos días: un lenguaje centrado menos en adversarios y más en compatriotas. Gobernar también consiste en custodiar aquello que nos une. En proteger los símbolos compartidos. En recordarnos que antes que militantes somos mexicanos. Los países viven también de rituales, afectos, ceremonias, relatos comunes. De momentos en los que millones de mexicanos recuerdan que pertenecen a algo más grande que su enojo, su partido, su agravio. Un Mundial puede ser eso: una pedagogía involuntaria de ciudadanía. Un ensayo general de convivencia. Una prueba de que la emoción compartida puede más que la identidad construida desde arriba.
Claro que hay mercantilización, abusos, muertos en estampidas, dinero mal gastado, maquillaje urbano, ajolotes morados para ocultar grietas mucho más profundas. Claro que hay oportunismo gubernamental. Sería ingenuo negarlo. Pero también sería cínico negar lo otro: la alegría genuina, la hospitalidad espontánea, el orgullo sin exclusión, la fiesta que no necesita permiso, la nación que aparece cuando nadie puede manipularla.
Dentro de unos días volverán las desapariciones, la corrupción, la violencia y las noticias que nos quiebran. Pero después de este momento de mundialismo ya no podremos decir que los mexicanos somos incapaces de convivir; hemos visto exactamente lo contrario. Si tantos pueden compartir una calle, cantar el Himno junto a quien votó distinto, y celebrar una misma camiseta sin preguntar de qué lado está, ¿por qué esa versión "y si sí" de México sólo aparece cuando rueda un balón? ¿Por qué hemos permitido que la política nos vuelva tribus irreconciliables cuando -durante un Mundial- descubrimos que somos parte de la misma nación?