Hoy les compartiré una línea detectivesca que me llevó a una de las historias más fascinantes de la música. Viendo una clase magistral del virtuoso violinista Maxim Vengerov, supe que tocaba un violín Stardivarius fechado en 1727. Este violín perteneció a su vez a Rudolf Kreutzer, quien fuera el mejor violinista de Europa y que viviera entre 1766 y 1831.
Ahora bien, mencionar Kreutzer es sinónimo de 2 temas fundamentales en el mundo violinístico. Por una parte, él fue el autor de los 42 estudios o caprichos para violín solo, que constituyen una obra obligada para todo estudioso serio del violín.
Por otra parte, Kreutzer es el nombre de quizá, la sonata más famosa de Beethoven. Ésta es la sonata para piano No. 9 en La mayor del opus 47. Fue escrita en 1802 y dedicada al célebre violinista que conociera en 1798 en Viena.
Hasta aquí no hay nada sorprendente, sin embargo, lo inimaginable empieza con el hecho de que Kreutzer nunca tocó la Sonata, y ello obedece a que por un lado, no le gustaba la indigesta música de Beethoven, y por otro, porque consideraba específicamente esa sonata como ininteligible y peor aún, intocable.
Pero, en honor a la verdad, es justo mencionar que esta sonata NO fue pensada de origen para Rudolf Kreutzer, sino que le cayó… “de rebote”, producto de una pelea que tuvo Beethoven con el destinatario original, que respondía al nombre de George Bridgetower.
Aquí la historia se pondrá más interesante, pues este violinista presentaba un perfil muy sui géneris: George Bridgetower era mulato hijo de un rudo padre de ascendencia africana y de su mamá de sangre germano-polaca.
Nacido en 1778 en Polonia, fue niño prodigio presentándose a los 11 años frente al mismísimo José II y realizando giras como solista en conciertos en París y en general en las cortes más importantes de Europa. Al lado de Joseph Boulogne, el mentado Mozart Negro, George Bridgetower rompió la tonta creencia de que el arte no le está dado a le gente de color. Conocido como el Príncipe Africano y envuelto en túnicas blancas de seda, captura los corazones de el rey Jorge III de Inglaterra, de la reina Carlota y del Príncipe de Gales, que más tarde como Jorge IV se convertiría en su protector y mecenas. Ya mayor, participó e conciertos al lado de Haydn y el gran contrabajista Domenico Dragonetti. Tal fama hizo que el Príncipe Lobkowitz, mecenas de Beethoven lo invitara a Viena para interpretar la música del Sordo de Bonn.
Inmediatamente hubo química entre Beethoven y George Bridgetower: ambos productos de una niñez difícil por el ego y dureza de sus padres. Ambos de tez morena, pero, sobre todo, ambos capaces de captar el corazón de su auditorio. Eran tan amigos que a menudo se les veía bebiendo y riendo a carcajadas en las tabernas vienesas. Beethoven prácticamente enloqueció cuando lo escuchó tocar, razón por la cual inició la composición de la sonata que llevaría por nombre: Sonata mulattica composta per il mulatto Bridgetower, gran pazzo e compositore mulattico” -“Sonata mulata compuesta para el mulato Bridgetower, gran lunático y compositor mulato”-.
Imaginen el maravilloso estreno: Bridgetower al violín y Beethoven al piano. El problema vino cuando después de ese concierto idílico, entre copas, el violinista mulato osó hablar mal de una mujer que era de especial aprecio para Beethoven. Este suceso fue la chispa que prendió la furia de Beethoven, retirando la dedicatoria, para nunca saber más de Bridgetower y dedicarla a Kreutzer, que como ya dijimos, nunca se dignó a interpretar. El mulato murió a los 82 años disfrutando del mecenazgo de la corona y del reconocimiento británico, al ser sepultado como Sir George Bridgetower.
La Sonata a Kreutzer fue como el cuchillo del asesino de una pianista que tocó junto a un violinista en un desenfrenado intercambio de pasiones…, esto en la novela homónima de Leon Tolstoy de 1889. Sonata a Kreutzer, una caja de Pandora, llena de pasión y fuerza…, en un suspiro.