Quienes hemos acumulado ya varias décadas de vida hemos sido testigos de cambios que ni lejanamente podíamos imaginar, como avances en las tecnologías digitales que han influido en aspectos importantes de las artes.
Si escuchamos las primeras grabaciones de Robert Johnson en 1939, como Cross Road Blues, nos parecerán rústicas y ásperas. La guitarra (tal vez una Gibson L-1) acústica de cuerdas de acero, los micrófonos rudimentarios y la nula posibilidad de edición revelan las limitaciones técnicas de la época. Pero la música de Johnson siguió escuchándose y llegó a ser interpretada por cantantes y bandas posteriores, como Eric Clapton y Cream, quienes la llevaron a una nueva dimensión. Ellos emplearon guitarras eléctricas de última tecnología, solos virtuosos y acompañamiento de excelentes instrumentistas; todo esto, aunado a estudios multipista, amplificación digital y arreglos complejos, les permitió resaltar matices, enriquecer la atmósfera y expandir la complejidad sonora. Hoy disfrutamos de estas canciones como un arte complejo y más atractivo.
En este particular caso, el original mantiene su aura; Johnson sigue siendo reconocido como el padre del blues moderno. Su obra es valorada por su autenticidad. La técnica actualmente amplifica su legado, pero no lo sustituye. Clapton y otros intérpretes no borran a Johnson, lo homenajean y lo acercan a las nuevas generaciones.
Otro ejemplo de avance tecnológico que "mejoró" al arte lo encontramos en Celia Cruz. En sus primeras grabaciones con la Sonora Matancera, la reina de la salsa muestra ya una voz alegre y poderosa, acompañada por una banda madura en su estilo. Canciones como Maní picao y Tu voz poseen una calidad aceptable para los oídos actuales, pero al compararlas con producciones posteriores, como La vida es un carnaval, la diferencia es abismal.
La razón de esta mejoría, sin duda alguna, es el desarrollo de la tecnología no solo en los aparatos de audio, sino en la técnica inherente a las composiciones y el virtuosismo de los músicos que la acompañan. La calidad superior no se debe únicamente al talento de Celia, sino a un entorno técnico y artístico mucho más complejo.
Las grabaciones de la década de los cincuenta tenían limitaciones técnicas, como equipos analógicos rudimentarios, micrófonos de baja fidelidad y escasa edición posterior. En cambio, cuando Celia Cruz grabó sus últimas canciones, contaba con estudios multipista, mejor ecualización, reverberación controlada y mezclas más limpias, entre otras cosas. Al final del siglo XX, la masterización digital permitió mayor claridad y potencia sonora.
Pero la tecnología de los aparatos electrónicos no fue todo, pues también contó con arreglos complejos, incorporación de secciones de metales, percusiones múltiples y coros de alta precisión técnica. A esto se le debe sumar el hecho de que Celia Cruz salió de Cuba y se incrustó en otra cultura, la de Nueva York, con todos los avances de la técnica y las exigencias de un público internacional que percibía la música como algo más atractivo si los sonidos se distinguían con mayor facilidad y exactitud. Para responder a esos difíciles requerimientos contó con músicos de muy alta calidad, como Johnny Pacheco, Willie Colón y Tito Puente, artistas que aportaron arreglos más complejos y una visión global de la salsa. Ellos la impulsaron a vuelos que anteriormente no podía emprender. El cambio de ambiente cultural fue crucial para su avance artístico.
Otro caso muy diferente es José Alfredo Jiménez. Sus canciones no necesitan tecnología para producir en los escuchas una intensa emoción estética, al grado de que quien las oye profiere alegres gritos, propios de la canción ranchera. A la música de José Alfredo le basta una guitarra que acompañe la voz, o si somos muy exigentes, podemos contar con el acompañamiento de un mariachi. Sus canciones no requieren más elementos para que las disfrutemos con profundidad.
La fuerza de José Alfredo está en la poesía de sus letras y en la interpretación emocional, más que en la producción sonora; son poemas con los que se identifican quienes los escuchan. El hecho de verse a sí mismos como parte del argumento en estas canciones, hace que se internalice su contenido sin que necesite altas tecnologías para destacar entre otras muchas. Esta música no requiere artificios tecnológicos para conmovernos profundamente.
El arte auténtico se manifiesta por sí mismo, pero la tecnología le ayuda a mejorar.