Nada es igual
“Nada es igual tras la muerte de Alex”, me dijo un día mi cuñada Roxana, que quería a mi hijo como si fuera suyo. Y coincido con ella. Tras la muerte de un ser que amas nada es igual. Pero no necesariamente para mal.
Bien pensado la vida nunca es igual.
Nada fue igual desde el minuto uno en que decidí compartir mi vida con alguien. Nada fue igual desde que supe que estaba embarazada. Y no fue una vez, sino dos. Y no fue igual un embarazo a otro.
Nada fue igual desde el minuto uno en que nacieron. Y nunca nada volvió a ser igual, porque, de hecho, nunca nada fue igual.
Sin embargo, al parecer la vida no es tan estridente como la muerte.
Y la cotidianeidad nos da esa confortable sensación de continuidad, de “siempre”; al punto que olvidamos que “siempre” es una variable tembeleque.
Nuestro “siempre” se hizo mil pedazos cuando llegó el cáncer al cuerpo de Alex, en pleno despliegue de sus alas: 30 años, recién casado, abriéndose camino en otro país. Y, claro, nos tomó por sorpresa como un terremoto: sin aviso, sin precedentes, sin apenas tiempo de nada.
Su incansable lucha por sobrevivir se llevó los nueve meses restantes. Y luego… Luego el estupor, el vacío, la nada, el duelo.
Nueve años después, platicando con mi cuñada, me dijo: Nada es igual tras la muerte de Alex. La vida se volvió tangible, más precaria.
Y sí, en efecto, eso mismo pensé (¿sentí?) en cuanto salí de la incredulidad. Porque en un duelo —al menos en el mío— eso que llaman “la fase de negación” se presentó como incredulidad: no es que no reconociera que Alex había muerto, es que me parecía increíble, literalmente.
Pero una vez que la ausencia se volvió real, lo que siguió fue la certeza de que la vida es precaria, fugaz, frágil.
Ahora bien, esa certeza no me llenó de miedo. Tampoco de excesos. Al parecer dos extremos en los que podemos caer tras una pérdida importante. A mí, la certeza de esa precariedad me dejó dos grandes aprendizajes:
El primero es disfrutar cada paso, cada regalo de la vida: lo mismo una flor que aparece en mi jardín como si se hubiera perdido, que el pájaro que canta en algún lado cerca de mi ventana sin que le preocupe el día de la semana que es o si es un día nublado y el sol tiene flojera de salir a escena.
Ni qué decir de un abrazo amoroso de mi hija o de mi esposo un día cualquiera sin motivo y sin razón; o una comida compartida con amistades entrañables, o visitas familiares en las que convocamos a la risa y le dejamos el lugar de honor.
Lo resumo en una frase: “La vida es hoy”.
Y el segundo aprendizaje ha sido sentir una fortaleza dentro de mí que no sabía que tenía. Lo puedo traducir así: Si pude sobrevivir a esa pena, no cualquier cosa me quiebra.
Nada es igual. En efecto. Pero no necesariamente todo es peor.
Por eso concluyo que nunca nada es igual. Ni antes ni después de la muerte de un ser que amamos. Pero es el duelo el que, paradójicamente, puede mostrarnos un sentido más profundo de lo que significa vivir.