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'Nadie va a venir por ti': Mujer denuncia violencia de un policía y omisiones del 911

Lagunera denuncia caso de violencia de casi un año

 Aida Isabel (EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)

Aida Isabel (EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)

DANIELA CERVANTES

Hay frases que no necesitan alzar la voz para ser amenazas. Basta con decirlas una vez, despacio, con la seguridad de quien se sabe respaldado. “Nadie va a venir por ti”. No es sólo una advertencia; es una declaración de poder. En el caso de Aida Isabel del Toro Córdoba, esa frase fue el marco invisible de casi un año de violencia, miedo y encierro.

Aida tiene 39 años. Su historia no comienza con un golpe, sino con una noticia: estaba embarazada. A inicios de 2024 se lo dijo a su pareja. Él, comandante activo de la Policía Municipal de Lerdo. A partir de ahí, como si el anuncio hubiese activado un interruptor siniestro, todo cambió.

La violencia no fue un arrebato, fue un sistema. Golpes, amenazas, encierro. Le quitó llaves, dinero, teléfono. La vigiló como se vigila un objeto valioso que no debe escapar. La obligó a medicarse, a drogarse, para que no buscara atención médica. Tomaba fotos y videos sin su consentimiento. El cuerpo de Aida dejó de ser suyo y se convirtió en territorio ocupado. La casa, en una celda doméstica sin barrotes visibles.

Lo más perverso no eran solo los golpes, sino el discurso que los acompañaba. Le repetía que tenía permiso. Que podía desaparecerla. Que aunque fuera abogada, eso no significaba nada. La ley, insinuaba, no sería una opción para ella.

En agosto, con ocho meses de embarazo, Aida hizo lo que tantas campañas institucionales aconsejan: llamó al 911. Avisó que su agresor era policía. Pidió apoyo para salir del domicilio con sus cosas, con sus perros y su hija cargando en el vientre. La respuesta fue un ejercicio cruel de ironía burocrática: “mejor váyase sola, denuncie después”. La ayuda que debía llegar con sirena y autoridad llegó en forma de burla.

Cuando la patrulla apareció, Aida estaba afuera, en huaraches, vulnerable. Él salió, la empujó para pasar; y ella se golpeó las costillas. Desde la unidad escuchó burlas. “Está loca ya está de tóxica ¿verdad?”. Luego se fueron riendo, y ella se quedó parada, esperando un respaldo de quienes deberían de cuidarla.

Ahí entendió algo esencial: denunciar no siempre protege; a veces expone. Aun así, después del parto —adelantado por el estrés— la violencia continuó. Con una bebé de una semana volvió a ser agredida. Huyó con una maleta y su hija. Se refugió con una hermana. Pero el miedo viaja ligero y rápido. Las amenazas alcanzaron a su familia: “Puedo ir a reventar a los que viven contigo”. Denunciar, decía él, sería la sentencia de todos.

Volvió. No por amor ni por perdón, sino por terror y por falta de opciones. Volvió también por sus perros, por los restos de una vida que aún intentaba rescatar. Su terapeuta —que la atendía gratis porque ya no controlaba ni su propio dinero— la ayudó a planear una salida. Su única opción: resistir.

La huida llegó a finales de 2024. “Tuve que borrarme. Salir como una rata”, dice Aida, con crudeza que. Escapó con su hija y uno de sus perros. El otro quedó atrás, como tantas cosas que la violencia se cobra sin devolver recibo. Intentó mediar el contacto del padre con la niña a través de terceros. Él se negó.

Cuando empezó a hablar con autoridades, notó algo inquietante: el silencio incómodo, las caras de prisa, la hostilidad velada. Solo Asuntos Internos y el Instituto de la Mujer, mencionó, mostraron disposición. El resto parecía confirmar la vieja antítesis mexicana: instituciones fuertes en el discurso, frágiles en la práctica. La ley como escudo retórico, no como refugio real.

Hoy Aida vive con miedo, pero también con una decisión firme: no callar más. No lo hizo en redes, donde el ruido suele diluir las verdades incómodas. Lo hizo frente a escritorios oficiales, señalando algo muy concreto: ¿Qué pasó con la llamada al 911? ¿Qué se asentó en ese folio? ¿Por qué nadie acudió? Aquel día, él le mostró una captura de pantalla y le dijo “Mira aquí está el folio de tu llamada”. Dándole a entender que él podía parar cualquier intento de denuncia contra él.

Pero aún con miedo Aida ya denunció formalmente. Hoy la sostiene su hija, pero también una convicción más amplia: exponer la violencia machista cuando esta se ve agravada por la complicidad institucional.

Su audiencia, informó, de manera irónica se llevará el próximo 8 de marzo, día estipulado para celebrara a las mujeres en el mundo.

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