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No entró por la reja

RODRIGO HERNÁNDEZ ROMÁN

Se llamaba Nedi Edith Nevárez González, tenía 56 años y daba clases de Español. Era subdirectora de la Secundaria General número 13, del ejido La Unión, y la mataron a las nueve de la mañana del jueves, en su lugar de trabajo, haciendo lo que hacen todos los días miles de maestros en este país: ponerse enfrente. Hay 3 personas más lesionadas, entre ellas un estudiante de 13 años reportado de gravedad. Antes de cualquier análisis, eso es lo único que importa: a una familia lagunera le arrebataron a una mujer que se ganaba la vida enseñando, y a una comunidad escolar completa la dejaron con un miedo que no se le va a quitar en años.

Lo confirmado es poco. Fueron 2 hermanos de 18 años, exalumnos del plantel, que entraron con el rostro cubierto. El fiscal general del estado, Federico Fernández Montañez, descartó armas de fuego: la investigación apunta a armas blancas y objetos similares a petardos. Los 2 están detenidos y la autoridad solamente ha hablado de un posible conflicto por sentimientos contra integrantes de la institución, sin establecer una causa.

Lo demás que circuló sigue siendo relato, y en un asunto así equivocarse no es un error periodístico: es una segunda herida para alguien.

Y lo primero que sí se puede afirmar es lo más incómodo. Esto no entró por la reja. No fue el crimen organizado, no fue un comando, no fue una célula que vino de fuera a cobrar una factura ajena. Fueron 2 muchachos que conocían esa escuela porque se habían sentado en esas bancas. Lo digo con todas sus consecuencias, incluidas las incómodas para quienes buscamos siempre una autoridad a la que reclamarle: ninguna barda, ningún arco detector y ninguna patrulla en la esquina detiene algo que tardó meses en formarse dentro de una recámara. La seguridad pública intercepta hechos; no intercepta procesos.

Habrá quien proponga rejas más altas y revisión de mochilas, y algo de eso será razonable, pero blindar el edificio sirve para el día del ataque; no sirve para los 700 días anteriores, que son los que deciden si el ataque ocurre.

Algo sí se puede describir sin especular sobre la mente de nadie: la forma del hecho. Estos ataques tienen una sintaxis reconocible —el rostro cubierto, el blanco simbólico, no una escuela cualquiera sino la propia; la entrada escenificada; el horario en que hay público—. Esa gramática no se hereda ni se improvisa: se copia, y hoy se copia en una pantalla. No afirmo saber qué consumían estos 2 muchachos. Afirmo algo más grave: el repertorio de lo que un adolescente enojado puede imaginar hacer con su enojo dejó de ser local. Hoy un muchacho de un ejido de Torreón tiene el mismo catálogo de agravios y de métodos que uno de Ohio o de Plymouth. La geografía dejó de protegernos.

Ahí está el corazón del asunto: el algoritmo no inventó su rabia. Le puso nombre, le dio compañía y le entregó un guión. El resentimiento adolescente es tan viejo como la adolescencia; lo nuevo es lo que ocurre con él. Antes, unmuchacho lastimado se quedaba solo con su rencor y el rencor se gastaba: se diluía en el aburrimiento, en una novia, en un trabajo, en un amigo que le decía que estaba exagerando. Hoy encuentra en 20 minutos a mil personas que le explican que no está roto, sino que tiene razón; que su dolor no es un problema suyo, sino una injusticia cometida en su contra; y que hay algo que hacer al respecto. La pantalla no le entrega una comunidad: le entrega una teoría que ordena su sufrimiento y lo convierte en misión. Eso es lo que ninguna reja detiene.

Paso al punto que más me cuesta escribir. Esos 2 muchachos tenían 18 años y alguien los vio cambiar. No lo digo para señalar a una familia que también quedó destruida, sino porque la pregunta útil no es quién falló, sino si alguien tuvo tiempo o costumbre de preguntar. La supervisión familiar en México no se desplomó porque los padres dejaran de querer a sus hijos. Se desplomó porque hoy se requieren 2 salarios donde antes alcanzaba uno, y eso son 2 ausencias donde había una presencia; porque los turnos y los traslados se comieron las sobremesas, que era donde uno se enteraba sin preguntar de que a su hijo le pasaba algo; y porque el dispositivo se llevó las horas formativas fuera del alcance de la casa. Hoy un adolescente puede vivir una vida entera, con ideología, pertenencia, enemigos identificados y un plan, a 50 centímetros de su madre, sin que ella tenga manera de verla. Nuestros padres sabían con quién andábamos porque los veían en la banqueta. Nosotros no vemos la banqueta. No propongo nostalgia ni culpar a las madres trabajadoras, sino reconocer el tamaño del problema: la familia perdió el monopolio de la formación de sus hijos y nada ocupó ese lugar. La escuela no puede, con 40 alumnos por aula. Y el Estado llega, cuando llega, con una patrulla y un expediente, que es justo cuando ya es tarde. En ese vacío se formó lo que entró a la Secundaria 13.

Me niego a terminar con un lamento, porque el lamento es cómodo y no cuesta nada. Van 3 cosas que se pueden hacer desde el teléfono con el que probablemente está leyendo esto.

No comparta el video: todos sabemos ya lo que pasó, reenviarlo no informa, y la experiencia internacional ha documentado que en estos hechos la amplificación aumenta el riesgo de imitación. Para el siguiente muchacho que ya anda rumiando algo parecido, ese video no es una advertencia: es un anuncio. No repita sus nombres: yo no los he escrito aquí, porque la notoriedad es en estos casos el premio, y negarla no es censura, es quitarle el incentivo al que viene detrás.

Y mire a quien lo merece: esta ciudad puede quedarse con 2 encapuchados en la memoria, o con una subdirectora que se interpuso, con un director y un maestro heridos, con los alumnos que ayudaron a resguardar a sus compañeros dentro de los salones — eso también pasó, y casi nadie lo contó— y con un niño de 13 años que va a reconstruir su vida.

Queda la cuarta, la más difícil: esta semana hágale una pregunta real a un adolescente de su casa. No el intercambio automático de ‘¿cómo te fue?’ y ‘bien’, sino una que no se pueda contestar con un monosílabo.

¿Quién te cae mal en la escuela y por qué? ¿Qué estás viendo últimamente? ¿Hay alguien que te esté haciendo sentir idiota? ¿Con quién hablas cuando estás solo? Va a ser incómodo y probablemente no sirva la primera vez. Hágalo igual. Porque el único sistema de alerta temprana que ha funcionado para esto es un adulto que pregunta y después se calla a escuchar. No hay tecnología que lo sustituya ni presupuesto que lo compre.

Que caiga todo el peso de la ley sobre los responsables, por supuesto.

Pero que no nos engañemos con el alivio de una detención rápida: esos 2 muchachos ya están detenidos y el problema sigue intacto, caminando por las calles de esta ciudad en forma de muchos otros adolescentes a los que nadie les ha preguntado nada en meses. La justicia resuelve el caso. No resuelve la causa.

En la entrada de la Secundaria 13 los vecinos del ejido pusieron flores y veladoras, y más de 30 personas rezaron el rosario de pie frente al plantel.

Varios de sus exalumnos han contado estos días que se hicieron maestros por ella. Ese es el verdadero saldo: una mujer que alcanzó a sembrar vocaciones antes de que la alcanzara la rabia de alguien que nunca supimos leer.

Reconstruir lo que se rompió no va a depender de la reja, sino de que empecemos a leer las señales mucho antes, en las casas y en las pantallas, que es donde se escriben. Porque esto no entró por la reja. Esto ya estaba dentro, y lo estuvimos viendo pasar.

Descanse en paz, maestra Nedi Edith.

Rodrigo Hernández Román. X: @rodrigohdzmx Facebook: /rodrigohdzmx Correo: rodrigohdzmx82@gmail.com

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