El PRI ha tenido grandes aciertos. Y también errores que han costado caro. Negarlo sería tan irresponsable como olvidar todo lo que sí se construyó.
Porque si algo caracterizó al priismo en sus mejores momentos fue su capacidad de construir instituciones, de darle rumbo al país y de entender algo fundamental: gobernar no es empezar de cero cada vez, sino saber corregir, ajustar y continuar.
Esa era, en esencia, la visión de Colosio: un Estado con rumbo, con instituciones fuertes y con la madurez suficiente para sostener lo que funciona y cambiar lo que no.
No era una visión de ocurrencias.
Era una visión de continuidad con sentido. Y hoy vale la pena decirlo con claridad: ese PRI -el que construye, el que corrige y el que da resultados- sí existe.
Y está aquí. En Coahuila, en Torreón. En materia de seguridad no hay casualidades. Hay decisiones. Y hay una ruta que no se construyó de la noche a la mañana.
Esa ruta comenzó en uno de los momentos más complejos del estado, con el gobierno de Rubén Moreira, cuando el reto no era político: era recuperar el orden. Ahí no solo se habló de estrategia, se ejecutó.
Se tomaron decisiones que no eran cómodas, pero sí necesarias: el cierre de los llamados giros negros -casinos, table dance, peleas de gallos- que durante años habían sido parte de la estructura financiera de la delincuencia. También se entendió que la seguridad no solo se combate con fuerza, sino con orden. La regulación de horarios en la venta de alcohol no fue una medida menor: fue una decisión estratégica.
Menos descontrol nocturno, menos puntos de conflicto. Más orden, más capacidad de prevención. Son ese tipo de decisiones -firmes, a veces impopulares, pero efectivas- las que marcan la diferencia entre reaccionar… y gobernar.
Y ahí se empezó a construir algo más profundo: instituciones.Lo sé porque no lo vi desde fuera.
Yo estuve ahí. Desde el Cabildo, como regidor en la administración de Eduardo Olmos, me tocó ver cómo se dejaba atrás la improvisación y se empezaba a construir una estrategia de fondo. Se entendió que no podía haber seguridad sin instituciones confiables. Se evaluó a toda la corporación policial con un objetivo claro: depurarla. Pero también construirla.
Se apostó por la profesionalización, la capacitación constante y la dignificación de la función policial. Porque fortalecer a la policía no es solo exigirle más. Es darle las condiciones para que pueda cumplir mejor. Esa ruta no se detuvo. Se consolidó.
Con Miguel Riquelme, desde la responsabilidad en prevención del delito, fui testigo de cómo esa estrategia maduró: se volvió sistema, se institucionalizó y dio resultados. Se dio un paso clave: de la contención a la inteligencia. Tecnología, videovigilancia, centros de control, capacidad de reacción. No fue sólo equipamiento. Fue una nueva forma de entender la seguridad: anticiparse, coordinar y responder con precisión.
No es discurso. Yo también estuve ahí. Y aquí vale la pena hacer una pausa. Porque ninguna estrategia estatal se sostiene si no encuentra eco en lo municipal. La seguridad también se construye desde lo local: con gobiernos que entienden que coordinarse no es un discurso, es una tarea diaria. Día y noche. Sin descanso.
Implica presupuesto real, seguimiento puntual, proximidad con la ciudadanía, mejores condiciones para los elementos y más y mejor equipamiento. En Torreón, esa visión hoy se traduce en hechos: inversión histórica en seguridad, operativos permanentes como "Cero Tolerancia", supervisión constante de centros nocturnos y recuperación de espacios públicos.
Pero, sobre todo, implica algo que no siempre se entiende: dignificar la función policial.
Y hay que decirlo con claridad: no todos lo hacen. Román Alberto Cepeda sí lo entendió desde el primer día. Y más importante: lo asumió.
Porque apostarle a la seguridad en serio no siempre es lo más visible ni lo más rentable políticamente. Pero sí es lo más necesario.
Incluso cuando lo fácil hubiera sido empezar de cero, optó por algo más complejo: continuar lo que sí funciona. Y eso también es liderazgo.
Esa misma lógica se observa hoy en el gobierno de Manolo Jiménez Salinas. Y aquí también vale la pena decirlo sin rodeos: Ese es el PRI de hoy. No el de la nostalgia. No el de los errores que ya se reconocieron. El PRI que gobierna hoy en día es un partido que entendió que la legitimidad ya no se hereda… se construye todos los días. Con resultados, con estabilidad, con rumbo.
En tiempos donde parece obligatorio cambiar todo para demostrar que se llegó, resulta casi disruptivo hacer algo distinto: mantener lo que sí funciona. Algunos dirán que no hay grandes giros. Y probablemente tengan razón. Pero ese es precisamente el punto. No todo cambio implica mejora. Y no toda continuidad implica inmovilidad. A veces, gobernar bien consiste en tener la claridad para sostener una ruta probada, perfeccionarla y llevarla más lejos.
Esa estabilidad hoy se ha convertido en una ventaja. Porque genera algo que no se decreta: confianza.
Confianza que se traduce en inversión, en crecimiento y en el interés de empresas por instalarse en Coahuila. Las inversiones no llegan por discurso. Llegan cuando hay condiciones: seguridad, certeza y rumbo. Mientras tanto, la llamada 4T ha optado por otra lógica: desmontar, centralizar y empezar de cero. Y cuando eso ocurre, lo que se pierde no es político… es estructural. Por eso vale la pena decirlo con claridad: Cuando el PRI entiende su papel, sabe construir un Estado. Y cuando se equivoca, también tiene la capacidad de corregir.
Esa es la diferencia. Por eso, cuando algunos dicen que en Coahuila "es lo mismo", quizá sin querer están reconociendo algo más profundo. Sí.
Es lo mismo. Pero es lo mismo que sí funciona. Es el PRI que da resultados y gobierna. Que entendió que la confianza no se exige… se gana.
Y lo digo no como espectador, sino como alguien que ha sido parte de distintos momentos de esta historia. Yo lo vi. Yo estuve ahí.Y por eso lo digo con claridad: La seguridad no se improvisa. Se construye, se sostiene… y se defiende.
No es nostalgia. Es identidad. Y es responsabilidad. Porque al final, entre ocurrencias y resultados, la diferencia no es ideológica es de resultados.