Nostalgia
...y heme aquí suspirando como el que ama y se acuerda y está lejos. Rosario Castellanos
Yo, que he sido una pobre huérfana. Violada tantas veces. Quemada en la plaza pública por hereje, judaizante y bruja. Yo, que he disfrutado los placeres profanos de una monja portuguesa. Yo, que he viajado por mundos lejanos, y sin culpa ni arrepentimiento, me he refocilado con el guapísimo guardabosques de Lord Chatterley. Yo, que he sido perversa, feliz, traicionada y alguna vez torturada. Yo, que por amor me he arrojado a las vías del tren, sin enchufes ni contraseña, siempre desde las dóciles páginas de mis libros, que incondicionales, callados, pacientes, me ofrecen su compañía aún en las madrugadas cuando el insomnio me amenaza.“No me asustas”, le digo, y abro mi libro de turno hasta que, humilde, el sueño vence mis párpados.
Debo reconocer también mi vida loca y a los generosos maestros que me introdujeron en el apasionante mundo literario, fortalecieron mi curiosidad por escribir y compartieron conmigo esa parte profundamente humana que es la amistad, la seducción, la travesura, el humor.
Cómo olvidar aquella tarde en la que el poeta Alí Chumacero, a sus noventa y dos años y con un pie en la tumba, convirtió el inocuo beso de despedida en un fugaz beso en mis labios: “Quiero morir apuñalado porun marido celoso”, susurró en mi oído.
Y ya puesto en marcha el carrusel de la nostalgia, aparecen caras, nombres. Mi perezosa memoria se activa y recuerdo la voz grave y bien modulada de —ahora Premio Cervantes— Gonzalo Celorio: “Para bailar el danzón…”. Una magnífica voz que la terca y perniciosa labor del tiempo va consiguiendo apagar. Impredecible como el vuelo de una mariposa, la memoria revive aquella mañana en que, invitado a casa de mi amiga Marie Perre, Carlos Fuentes, esbelto, elegante en su chaqueta de lino beige y su actitud desenfadada, mundana, cínica, seductora, desplegó ante nosotras sus plumas de pavorreal.
Y el joven maestro Vicente Quirarte —hoy reconocido y premiado escritor—, quien cayó fulminado de amor por la bella Carmen, nuestra compañera. Y Bonifaz Nuño, tan sabio, tan guapo y ya por entonces casi ciego. Y Sandro Cohen, y Eusebio Ruvalcaba, quien literalmente llevaba la música por dentro. De fina estampa, elegante en sus letras, en su persona y en su trato, el inolvidable maestro Hernán Lara Zavala, quien, entre otras obras, escribió esa joya titulada Península.
Recuerdo que hace algunos años, en el bar del hotel Hilton de Guadalajara, haciendo un aparte en la intensidad de la Feria del Libro, estaba con Elena Poniatowska para tomar un reconstituyente dado que después de autografiar —siempre sonriente y amable— unos doscientos libros, se encontraba exhausta. Yo, para tomarme una cerveza... o dos. Y ahí, en una mesa cercana, grandote, feo y tristón, bebía solo un hombre. “¡Pero si es Bryce Echenique!” Lo reconocí con la emoción con que uno encuentra sorpresivamente a un viejo amigo. Tuve el impulso de acercarme a abrazarlo, arroparlo, ofrecerle mi amor, aunque sólo me atreví a pedirle su autógrafo para la novela Un mundo para Julius, que acababa de comprar y que ahora releo, porque releer es la forma que encuentro de retener el alud de destrucción que nos está cayendo encima.
La muerte no hace excepciones. Aunque ya muchos de mis maestros se han ido ya de este mundo, pacientes, sus obras me acompañarán hasta que nos encontremos en el Paraíso de las Letras que imaginaba Borges. “Labra la palabra y aparecerá un mundo”.
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