Novela gourmet
La palabra manjar, que por su etimología proveniente de la sonora lengua de Oc se refiere al acto de comer, es entendida de inmediato como una delicia culinaria por la mayoría de la gente. El diccionario de la Real Academia Española le da además el noble significado de “recreo o deleite que fortalece y da vigor al espíritu”. Es por eso que se puede asegurar que la novela Arno y los ojos de Rea constituye un auténtico manjar literario. Quien sea capaz de leerla sin prejuicios podrá constatar que su autora, Magdalena Madero, supo armar una obra espléndida, un libro gourmet al que no le falta ningún mérito para destacar entre la más selecta narrativa lagunera.
Si su extensión es considerable, su calidad es aún mayor. A lo largo de 484 páginas, la obra despliega personajes tan bien perfilados que cualquier lector honesto reconocerá en ellos fragmentos de sí mismo, de sus afectos y de sus aversiones. Sus luces y sombras, sus noblezas y mezquindades, encuentran un eco profundo en nuestra propia condición humana, incluso en aquello que nos cuesta admitir.
Los narradores son múltiples, pero el principal relator de esta novela compleja y polifónica es un escritor llamado Arno Moctezuma, quien se esfuerza por brindar unidad y estructura a numerosos textos que ha pergeñado a lo largo de varios años y, al hacerlo, se cuestiona el sentido de su propia existencia. Día tras día, Arno, desde su modesta vivienda torreonense, contempla el mundo y para enriquecer su perspectiva abreva en notabilísimos libros lo mismo de literatura que de filosofía, así como en grabaciones de lo más granado de la música clásica.
Arno no es un narrador omnisciente, pero sabe con certeza que el arte es un ardid contra el olvido, una tentativa para no desaparecer del todo; sabe también que escuchando su música favorita y leyendo sus textos predilectos puede obtener la dosis de felicidad que le hace llevadera la vida. Lo que no sabe es que Rea, una anciana pordiosera de llamativos ojos verdes, será quien ate los cabos sueltos de sus historias y le permitirá ensamblar sus mundos opuestos.
El manjar ofrecido por Magda Madero es intelectualmente rico; contiene ensayos de alto nivel. El Ulises de James Joyce y el Manhattan Transfer de John Dos Passos son abordados con agudeza en oportunas disertaciones. Obras de otros autores fuera de serie como Platón, Shakespeare y Eurípides también son motivo de amenas reflexiones.
No se piense, sin embargo, que Arno y los ojos de Rea es una novela sólo para intelectuales y académicos. Sus relatos son cautivadores y con valentía retratan las situaciones de injusticia social que privan en la Comarca Lagunera. El suspenso es manejado magistralmente. Sus hechos siempre emocionan y conmueven al lector. Duele —por ejemplo— el asesinato de Clara; indigna la violación de su hijo Samuel; cala la vileza e hipocresía de Justo Camacho y la pequeñez de alma del neurótico Iván Simún, que jamás aprecia la valía de la incondicional Tracia, y —por otra parte— no se puede dejar de sentir la soledad que conduce a Flora Villacosta al suicidio.
Temas siempre polémicos como la existencia de Dios, los límites necesarios a la libertad, los pros y contras de la democracia y el contenido conveniente de los medios masivos de comunicación son abordados con tino y perspicacia.
Un atractivo adicional de la novela es la presencia de diversos personajes locales, como Angélica López Gándara, Ramón Shade, Mariana Chabukiani, Natalia Riazanova, Jaime Muñoz, Mariana Ramírez y Rosita Gámez. De hecho, con un toque de humor, Magda relata el episodio en el que estuvo a punto de atropellar a Arno, el protagonista.
La edición —cuidada por la propia autora— es un acierto estético. Quien se adentre en las páginas de esta deliciosa novela de Magda Madero comprobará que alcanza calidad gourmet y que merece convertirse en un clásico de la narrativa lagunera.
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