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Noventa minutos para olvidarlo todo

Amador Narcia

México necesitaba gritar. No sólo un gol. No sólo una victoria o esa discusión eterna de si ahora esta Selección juega a algo distinto. México necesitaba salir a la calle y suspender, aunque fuera por unas horas, el ruido de todos los días. La violencia, la política, la polarización, los pleitos, las acusaciones, los muertos, los desaparecidos, las malas noticias, los corajes. Todo eso quedó, al menos por un momento, de lado gracias a once jugadores vestidos de verde sobre la cancha del Estadio Azteca.

El triunfo de México se vivió en todo el país, pero pocas postales explican mejor el ánimo nacional que lo ocurrido en el Ángel de la Independencia. Desde la mañana comenzó a llegar la gente. Familias completas, papás con hijos, niños en carriola, señores de la tercera edad, jóvenes envueltos en banderas, máscaras de lucha libre y aficionados que buscaban ganarse un lugar cerca de las pantallas instaladas sobre Paseo de la Reforma. Sonaba "Payaso de Rodeo", la gente bailaba, lanzaba espuma al aire, se detenía para tomarse fotos, reía y avanzaba entre una multitud que repetía un mismo grito: "¡México, México!". Para cuando empezó el partido, a las siete de la noche, el Paseo de la Reforma ya estaba desbordado. El Ángel estaba rodeado. Las pantallas jalaban multitudes y la ciudad parecía reunida frente a un altar cívico y futbolero.

Luego cayó la lluvia, fuerte, de esas que normalmente vacían cualquier plaza. Pero esta vez no. Y esa lluvia le dio a la escena un aire de película. Los gritos se mezclaban con la lluvia. Después llegaron los goles. Cada uno se gritó con tal fuerza que, por unos segundos, daba la impresión de estar dentro del estadio, como si la distancia entre el Ángel y el Azteca simplemente hubiera desaparecido.

Ahí estaba la parte luminosa de la fiesta. La del país que pocas veces se mira unido. La del futbol como válvula de escape, que por un rato permite respirar. Dejó claro que, en un país acostumbrado a las confrontaciones, la desconfianza y las malas noticias, salir a celebrar también puede convertirse en una forma de resistencia emocional.

Pero la postal completa no cabía en las transmisiones. Porque conforme avanzaron las horas, el ambiente cambió. Lo que empezó como fiesta familiar se fue volviendo más rudo, más pesado, más áspero. Había mucha gente borracha, jóvenes tambaleándose, personas vomitando, botellas de alcohol tiradas, basura por todos lados y un olor permanente a marihuana que ya no espanta a nadie, pero que estaba ahí, presente, mezclado con humo de pipas pequeñas que daban la impresión de algo más duro fumándose al aire libre, en plena calle, sin demasiada preocupación.

La espuma que en la mañana parecía juego terminó convertida en una agresión.

A los reporteros que hacían enlaces los bañaban una y otra vez, no siempre con ánimo festivo, sino con insistencia, con saña, buscando pegarles en los ojos, en la boca, en el equipo.

México salió a celebrar porque necesitaba celebrar. Porque durante unas horas, el balón desplazó a la Mañanera, al pleito partidista, a la nota roja, al crimen organizado, a Trump, a la inseguridad y a todo lo que normalmente pesa sobre el país. Ese respiro era necesario.

También por eso sorprende que el gobierno no haya entendido del todo el tamaño simbólico de lo que estaba ocurriendo. La política siguió atorada en su propia agenda, incapaz de capitalizar con sensibilidad esa necesidad de esperanza colectiva. No se trataba de apropiarse de la victoria ni de colgarse la medalla. Se trataba de leer el momento. De entender que, cuando un país entero sale a la calle a festejar algo que no depende del gobierno, también está diciendo algo sobre lo que sí le falta todos los días.

México hizo las dos cosas al mismo tiempo. Celebró una victoria y exhibió su cansancio y su hartazgo.

anarciae@gmail.com

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