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Nuestro prójimo

ÁTICO

JUAN VILLORO

El gesto altruista de un desconocido remite a la parábola del Buen Samaritano y a un asunto esencial: la definición del prójimo.

Hace unos días mi familia tuvo que solicitar una donación de sangre; corrimos la voz entre amigos y conocidos y recibimos el apoyo de numerosos voluntarios; sin embargo, al revisar la lista de donantes, encontramos a alguien de quien no teníamos la menor noticia. Enterada de nuestra necesidad, una persona se presentó en el hospital y ofreció su sangre. Sólo sabemos que se llama Emmanuel, que en hebreo significa "Dios con nosotros".

El gesto altruista de este desconocido remite a la parábola del Buen Samaritano. En su excepcional libro The Genesis of Secrecy, Frank Kermode reflexiona sobre este pasaje, que aparece exclusivamente en el evangelio de Lucas.

De acuerdo con el ensayista inglés, una de las características que definen a la literatura es el uso del enigma. A diferencia de la inteligencia artificial, el ser humano practica un silencio selectivo; no dice todo lo que sabe, o lo dice a medias. La condición humana depende de guardar e intercambiar secretos. En un relato, la trama es menos importante que sus implicaciones; lo que sucede alude a "algo más".

Jesús se sirvió con frecuencia del género literario de la parábola. No se dirigía de ese modo a los apóstoles, ya convencidos de la causa, sino a los desconocidos que podían desconcertarse ante su mensaje. De acuerdo con Kermode: "oscureció sus historias para evitar que los réprobos las entendieran". La parábola requiere de alguien que sepa interpretarla.

La historia del Buen Samaritano deriva de una pregunta que aparece en todos los evangelios: ¿cómo se conquista la vida eterna? La respuesta es sencilla: amando a Dios y al prójimo. En el testimonio de Lucas esto se vuelve más complejo porque Jesús recibe una pregunta adicional: "¿Quién es mi prójimo?", y responde con una parábola.

Un herido yace en una carretera; un sacerdote y un levita lo ven, pero siguen de largo; en cambio, un samaritano se detiene, lo lleva a su posada, le ofrece aceite y vino y lo socorre.

¿Qué lección transmite esta sencilla historia? A lo largo de los siglos no han faltado respuestas. Una interpretación canónica es que el herido representa a Adán, el samaritano a Cristo y la posada a la Iglesia católica. Kermode comenta que san Agustín agrega el dato de que el aceite brindado por el rescatista simboliza el bautismo y reflexiona sobre el trayecto que recorría el herido: iba de Jerusalén a Jericó, de su espacio natal al mundo, que incluye las tentaciones del demonio. Esta última consideración permite suponer que el samaritano actúa como Cristo ante los pecadores.

Toda parábola se cubre de un velo que debe ser retirado por el lector. La historia del Buen Samaritano remite a un asunto esencial: la definición del prójimo. Más allá de las interpretaciones teológicas, vale la pena reflexionar en un detalle borrado por la costumbre. Dos milenios después de los hechos, la palabra "samaritano" se ha convertido en sinónimo de quien hace el bien en forma desinteresada. Pero el nombre original del personaje tiene otra carga; se trata de un gentilicio: el protagonista viene de Samaria. El detalle es importante porque es un extraño, y en cierta forma un enemigo. La historia lo ubica en el camino de Jerusalén a Jericó y Samaria está en pugna con esa región. Para Jesús, el prójimo no es el vecino, el paisano o el familiar, sino la persona que, siendo ajena, se vuelve próxima.

De manera sugerente, en su libro Ovejas negras: Rebeldes de la Iglesia mexicana del siglo XXI, Emiliano Ruiz Parra asocia el papel del cronista con el del samaritano: no pertenece a esa circunstancia, pero encuentra la forma de acercarse a ella. La posibilidad de "ser en el otro" distingue el temple ético del periodismo.

El tema se ha expresado de muchos modos. Tennessee Williams le dio un giro de inquietante ironía en Un tranvía llamado deseo. La protagonista, cuyas ilusiones son más fuertes que la realidad, cierra el drama con la frase: "siempre he confiado en la bondad de los desconocidos".

Fiel a su lógica, el destino sorprende. Un desconocido donó su sangre sin otro propósito que ayudar a personas de las que no sabía nada. Conocemos su nombre: Emmanuel, "Dios con nosotros". La anécdota tiene las condiciones del milagro, pero también intriga en clave profana. ¿Cómo se define la bondad?

La vieja parábola ha vuelto a ser cierta: un desconocido es nuestro prójimo.

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Escrito en: Ático columnas Editorial Denise Dresser

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