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Obstáculos

Luis Rubio

Dos prejuicios recorren a México que ciegan la vista e impiden enfocar las acciones del gobierno y el debate público hacia las oportunidades que tiene el país frente a sí, así como a atacar los obstáculos que le anclan y obstaculizan su progreso. Uno es lo limitado de la visión respecto a la importancia y trascendencia del crecimiento de la economía y el otro es el mito de la globalización. En esta época, se trata de dos lados de una misma moneda que, cuando coinciden y se potencian -una visión realista y la globalización- pueden transformar al país, facilitando no sólo una mejoría económica, sino un mejor entorno político.

Benjamín Friedman argumenta que "el crecimiento económico -significando un incremento en los niveles de vida para la gran mayoría de los ciudadanos- generalmente promueve mayores oportunidades, tolerancia de la diversidad, movilidad social, compromiso con equidad y dedicación a la democracia". Su argumento es contundente: una economía floreciente entraña consecuencias que trascienden a lo estrictamente económico. En contraste con otros estudiosos, este autor no se limita a medidas como el PIB per cápita, pues éstas no garantizan un ascenso generalizado en los niveles de vida. Lo que importa, dice Friedman, es que el crecimiento sea constante, elevado e ininterrumpido, es decir, robusto, pues sólo eso permitiría un beneficio generalizado. La ausencia de un crecimiento de esta naturaleza es lo que hace posible el ascenso de argumentos demagógicos y contrarios al progreso de la sociedad y del país.

La pregunta es cómo enfocar las baterías del gobierno y de la sociedad hacia un crecimiento integral como el sugerido. Y aquí es donde entran los prejuicios y los mitos que nos tienen paralizados desde hace décadas. En el debate público es raro encontrar quien argumente en contra del crecimiento, pero la discusión y la retórica suelen enfocarse hacia la satisfacción de objetivos interesados o limitados, como podrían ser el aumento en la recaudación fiscal o el incremento en los niveles de empleo. Lo que el país claramente requiere es una dedicación cabal y sistemática hacia el crecimiento, para lo cual tendría que comenzarse por encarar los numerosos obstáculos que lo impiden.

Un primer obstáculo es el de los prejuicios respecto a la globalización. En lugar de analizar su naturaleza y oportunidades que pudiera ofrecer, padecemos un discurso ideológico y político que tiene por objetivo desacreditar en lugar de entender. En contraste con el mito retórico de que la globalización (y, por supuesto, el denostado neoliberalismo) causaron un retroceso en el desarrollo del país, la realidad es que todo México vive de los beneficios que generan las exportaciones, la materialización más evidente de lo que implica la globalización en nuestro país. En lugar de denostar con planteamientos ideológicos, uno tendría que preguntarse por qué no hay más empresas, más regiones, más localidades y más mexicanos incorporados en los circuitos de la globalización (que no sólo tiene que ser a través de exportaciones), beneficiándose de sus frutos.

Un segundo obstáculo, que se deriva del anterior, es el desprecio por la inversión privada, como si el objetivo de un empresario, igual nacional o extranjero, no fuese evidente y absolutamente compatible con los objetivos de desarrollo que, uno supondría, animan al gobierno -al actual y a los anteriores-. Cuando un gobierno se plantea subordinar (es decir, impedir) la inversión privada a sus designios políticos, lo que logra es lo que hoy vivimos: insuficiente inversión y, por lo tanto, ausencia de crecimiento. Esto no es ciencia del espacio: cuando un gobierno hostiga, impide, politiza, denuesta y crea instituciones, reglas y mecanismos hostiles a la inversión privada (como la reforma judicial), el inversionista se enquista y reacciona de manera natural, actuando con absoluta cautela. ¿No sería mejor aprovechar el potencial que ahí yace para el desarrollo del país?

Un tercer obstáculo es la inexistencia de una estrategia para incorporar al conjunto de la sociedad, pero especialmente a los más pobres y carentes de oportunidades en los circuitos económicos modernos. A mí en lo personal me sorprende que el gobierno anterior haya construido un inútil Tren Maya en lugar de haber llevado gas, carreteras y puertos al sur y sureste mexicano, la región más pobre y que mayores impedimentos enfrenta para ser exitosa. Y, ya entrados en gastos, lo mismo se puede decir de la educación y los servicios de salud, que son los dos instrumentos que, en conjunción con la infraestructura física, con más celeridad podrían contribuir a romper con los cacicazgos y estructuras de control que hoy preservan la pobreza y el retraso en esa vasta región. Uno pensaría que la prioridad número uno de un gobierno de izquierda sería la de apoyar a la población más pobre para salir de la pobreza, pero la preferencia, hasta ahora, ha sido la de preservar a esa población como reserva de votos en lugar de conferirle oportunidades para dejar de ser pobre.

El país no está estancado por casualidad, sino por la presencia de políticas expresamente dedicadas a impedir el crecimiento y la consecuente ausencia de estrategias para romper con esos obstáculos. La oportunidad es obvia, sólo falta asirla.

Ático

La falta de crecimiento de la economía no es producto de la casualidad, sino de decisiones tomadas y otras que se han evadido.

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