El G7 nació en la cúspide del mundo en los albores de la hiperglobalización, y hoy intenta sobrevivir en el ocaso de la misma. Surgió en los años 70 del siglo XX por iniciativa del presidente francés Valéry Giscard d'Estaing y del canciller alemán Helmut Schmidt, para hacer frente a la crisis energética, financiera y de rentabilidad que afectaba a las potencias capitalistas más industrializadas. En aquellos años, la economía conjunta de EUA, Japón, Alemania Federal, RU, Francia, Italia y Canadá representaba el 53 % de la economía mundial a valores de paridad de poder adquisitivo (PPA). Era el bloque económico más rico del orbe y, como tal, marcaban tendencia. En estos días, el G7 se ha vuelto a reunir, pero en condiciones muy diferentes a las de hace media centuria, aunque en un escenario que rima -pero no es igual- con la inestabilidad bajo la que emergió el G7.
La crisis de los 70 reflejó el agotamiento del orden económico de la postguerra. El punto de quiebre, que no el detonante, fue la crisis del petróleo de 1973, cuando la OPEP cerró el grifo del oro negro a los países que apoyaron a Israel en la guerra de Yom Kipur. Corrían años de inflación, estancamiento económico y desorden financiero. EUA, que necesitaba dinero para mantener la guerra en Vietnam, proseguir la carrera espacial y armamentista con la URSS y hacer frente al desajuste económico interno, había roto la vinculación del dólar con el patrón oro. Y para terminar de descarrilar el tren, la escasez de petróleo. La reacción occidental a la crisis era desarticulada, así que las principales potencias de la Europa continental buscaron la manera de crear un frente común y tomar las riendas de la situación, junto con Norteamérica y Japón. Y así nació el G7, en medio del primer gran titubeo de la hegemonía estadounidense que derivó también en la caída en Irán del régimen afín a Occidente y el arribo del gobierno de los ayatolás, ajeno a los intereses de Washington. Las turbulencias de entonces aún se perciben en las sacudidas de ahora.
La respuesta articulada a la crisis de rentabilidad del capitalismo surgió de dos de los miembros del G7: EUA y RU. La solución sistémica planteada fue el neoliberalismo que impulsó la apertura de mercados para el capital y las mercancías. El cambio a la década de los 80 significó la superación de la era del capitalismo nacional regulado para brincar hacia la época del capitalismo transnacional gradualmente desregulado. La consigna fue "liberar las fuerzas del capital de sus cadenas". Dicho en pocas palabras, la hiperglobalización. El G7 tuvo una función central en este proceso, como foro en el que se discutían las recetas cocinadas en Washington y Londres para luego difundirse al resto del mundo.
Cuando llegó la década de los 90, el "mundo libre" se puso de fiesta con la caída de la URSS. Fue tal la algarabía que incluso las potencias del G7 llegaron a creer que Rusia podía convertirse en un socio permanente del club exclusivo, al cual fue invitado en 1997. Y pensaron que lo sería a pesar de la expansión hacia las fronteras rusas de la OTAN, a la cual pertenecen seis de los siete miembros del grupo. El entusiasmo occidental no paró ahí. En un arrebato de optimismo extremo, las potencias de Occidente creyeron que China, sobreviviente del colapso comunista, tarde o temprano terminaría por abrazar el neoliberalismo y la democracia liberal de corte occidental, y aceptaron su adhesión a la OMC en 2001 sin cumplir el requisito de poseer una economía de mercado plena. ¿Ingenuidad? ¿Ignorancia? ¿Conveniencia? Un poco de las tres, pero más de la tercera. Producir en China representaba para las empresas transnacionales aumentos exponenciales en su rentabilidad.
Un cuarto de siglo después, la realidad ha dado un portazo en la cara a Occidente. Los líderes del G7 llegaron a la cumbre de Évian-les-Bains, Francia, celebrada del 15 al 17 de junio, en medio de una crisis mucho más profunda que la que vio nacer el club hace 50 años. Si en los 70 las siete potencias representaban en conjunto más de la mitad de la economía global, hoy apenas superan un cuarto a valores de PPA. Pero el dato más dramático está en el renglón de las exportaciones industriales. Hace media centuria, el G7 sumaba el 65 % de tales exportaciones; en el presente no llegan al 30 %. La economía global ha cambiado de eje. El grupo de los BRICS, una especie de alternativa al G7, que hoy agrupa a diez estados (China, India, Rusia, Brasil, Sudáfrica, Indonesia, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Etiopía), concentra el 40 % del PIB mundial a valores de PPA y el 40 % de las exportaciones industriales. No es casual que a Évian-les-Bains hayan sido invitados tres miembros de los BRICS: India, Brasil y Egipto. Pero quizá el dato más simbólico y representativo sea que en 1976 el principal proveedor del G7 era EUA, hoy lo es China.
Donald Trump llegó a la cita en Francia y al entrar a una de las reuniones dijo: "Hola, soy el jefe". Las risas de los demás mandatarios se dejaron escuchar. Sí, Trump es el jefe del G7, pero de un G7 muy disminuido y dividido. Además, es un jefe que viene de perder una guerra. El magnate presidente intentó, junto con el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, acabar con el régimen de Irán a punta de bombardeos. No lo consiguió. Lo que sí logró es destruir infraestructuras y asesinar iraníes, entre ellos cientos de niños. También consiguió poner de cabeza la ya de por sí trastocada economía mundial debido a la reacción de Irán de cerrar el Estrecho de Ormuz. Logró además ampliar la distancia con sus socios europeos, que no estuvieron del todo de acuerdo con la guerra emprendida hace cuatro meses. Y, por si fuera poco, consiguió dividir a su base de apoyo político en el año de las elecciones intermedias, en las que podría perder la mayoría en el Congreso. Trump está dispuesto -o al menos eso dice- a establecer una paz que beneficia mucho más a Irán que a EUA.
Los temas abordados en la reciente cumbre del G7 dejan clara la posición de vulnerabilidad y declive de Occidente. Las respuestas que plantean son reactivas. Frente a la transformación del comercio mundial, los líderes del G7 sugieren profundizar la seguridad económica y convertirla en su eje ordenador, sobre todo para garantizar el acceso a los minerales críticos que la industria de alta tecnología demanda y que en su mayoría están controlados por China. Respecto al conflicto con Irán, el club pone el acento en la reapertura del Estrecho de Ormuz como requisito para la estabilidad energética. Ucrania estuvo en la mesa también, y sobre el punto se afianzó la necesidad de mantener el apoyo a Kiev para obligar a Moscú a negociar bajo las condiciones de Occidente. Una cuestión que llama mi atención es la escasa autocrítica del grupo: ante los desafíos y desequilibrios globales, optan por dejar de lado las contradicciones internas para agazaparse en una visión que resulta anacrónica. Prueba de ello son los planteamientos que hacen para combatir el narcotráfico y la trata de personas migrantes, como si se tratara de un problema que viene de fuera cuando fue el propio sistema económico impulsado por el G7 el que propició tales actividades.
Me da la impresión de que el G7 está construyendo un dique de resistencia occidental frente al desorden internacional que el mismo grupo contribuyó a crear. Es una especie de reorganización defensiva del poder de Occidente. No obstante, dicho poder es cada vez más acotado y menos efectivo. Si algo pone de relieve la cumbre del G7 en Évian-les-Bains es que Occidente está en crisis y a la defensiva.