En diciembre pasado, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, un volumen captó mi atención en los estantes de la editorial Anagrama: Concierto sin poeta (Periférica, 2021), de Klaus Modick. Tomé el libro; la portada mostraba una pintura que hasta entonces desconocía. Leí la sinopsis. En la tercera línea encontré un nombre familiar: Rainer Maria Rilke. Y al finalizar el primer párrafo apareció el protagonista de esta novela: el pintor Heinrich Vogeler.
La primera vez que escuché hablar de Rilke fue en 2019, en voz del fallecido compositor mexicano Mario Lavista. Un apasionado de la poesía, Lavista participaba en el Festival Visiones Sonoras que año con año el Centro Mexicano para la Música y las Artes Sonoras (CMMAS) realiza en Morelia.
En aquella ocasión, mi maestro y amigo Rodrigo Sigal me lo presentó. Lavista aceptó la entrevista para Siglo Nuevo, pero pidió salir del auditorio de la Escuela Nacional de Estudios Superiores de la UNAM, porque comenzó a aturdirse con el ensayo de un concierto que se realizaría por la noche. Fue extraño ver a un compositor escapar del sonido, retirarse del caos que arrojaban las partituras de otros artistas. Una vez afuera, con la tarde michoacana muriendo ante nosotros, hice mis preguntas y el maestro respondió.
Recuerdo una en particular.
—Una de las maestras que tuvo en Europa fue Nadia Boulanger. Ella alguna vez dijo: “El privilegio que tienen las emociones es sorprenderse”. ¿Cómo experimenta la curiosidad al momento de componer? —Quiero pensar que es una necesidad, una necesidad estomacal, una necesidad muy de adentro. Si no hay esa necesidad, me parece muy insensato componer música. Hay un libro muy famoso de Rilke llamado Cartas a un joven poeta (1929), donde un joven le manda un poema y le escribe: “Quiero saber si este poema vale la pena”. Rilke le responde: “Mire, usted. Si la soledad es su estudio y usted puede hacer otra cosa que escribir, hágalo. Solamente, cuando no le quede otra cosa más que escribir, será usted un poeta.
Solamente, cuando sienta la necesidad interna de escribir, entonces es poeta. Si quiere hacer otra cosa y le gusta hacer otra cosa, hágala; usted no es poeta”, le dice Rilke. Es un problema de vocación, un problema de necesidad, evidentemente.
Me gusta hablar con los muertos, recuperar hasta el último soplo de su silencio mientras reconstruyo un pasado que no habité. Rilke decía que la nostalgia es vivir sobre las olas y no hallar asilo jamás en el tiempo. El francés Pascal Quignard escribe que “la nostalgia es una estructura del tiempo humano que hace pensar en el solsticio del cielo”. Los mortales llevamos dentro las heridas de nuestros antepasados y quizá nos hundimos en la nostalgia porque esperamos mucho de nuestra memoria.
El propio Rilke sentía nostalgia por Rusia. Antes de la Pascua de 1899, el poeta nacido en Praga viajó a ese país y conoció a León Tolstói. Una de sus obras más importantes, El libro de horas (1905), surgió precisamente durante su travesía por las estepas rusas.
En su poesía, Rilke se sabía protagonista de una gran página creada por Dios, por el lector y por él mismo.
Vuelvo a la novela de Klaus Modick y al cuadro de Heinrich Vogeler que la atraviesa: Tarde de verano (El concierto) (1905). En ella, Vogeler plasma una escena del Barkenhoff, su casa de campo en la comunidad alemana de Worpswede, donde los amigos del artista disfrutan de una reunión ambientada por músicos. Rilke era uno de esos amigos, pero al final quedó fuera de la escena.
Tengo que reconocer que Rilke me parece un poeta extraordinario, pero como persona me resulta algo patán.
Cuando leí su nombre, recordé que Mario Lavista me lo había mencionado y entonces comencé a sentir nostalgia. ¿Cómo se puede sentir nostalgia por alguien o algo que jamás estuvo allí? ¿Cómo podemos crearnos toda una narrativa a partir de una ausencia como lo hizo Modick con El concierto de Vogeler? Somos sonidos y silencios condenados a la ejecución de las horas; el batir de sus alas nos hiere. Recuerdo un pequeño libro de Mario Lavista editado por El Colegio Nacional: Trece comentarios en torno a la música (2016). En el último comentario, Lavista apunta que los músicos deben recurrir a los poetas para entender más sobre su arte. Yo pienso que debemos acudir a los poetas para entender más sobre nuestra existencia, pues aprenden a amar incluso antes de que se manifieste la vida.