Un camino de lápidas, los encinos y el eco de sus sombras. En Monterrey, el sol muere abandonado por la tarde. Sopla el viento, hace hablar a las ramas en un idioma que desconozco.
“¿Ha visto esta tumba?”, le muestro una fotografía en mi celular al sepulturero.
“Mire los mausoleos, busco una tumba que está en medio de ellos”. El sepulturero se extraña, me observa confundido; ni él sabe dónde está parado. Me dice que busque atrás, que hay unas tumbas parecidas. Allá voy. Parece que estoy en una ciudad, en una urbe de secretos; las bóvedas son enormes. No quiero molestar a nadie, no quiero incomodar a los muertos. Tan sólo estoy de visita, pero si un fantasma se me apareciera, no dudaría en preguntarle por la tumba de Pedro Garfias.
No tuve suerte esa primera vez en el Panteón del Carmen, fundado en 1901 y famoso por el arte gótico de sus tumbas y mausoleos.
Aquí están sepultados los empresarios regiomontanos más importantes de principios del siglo pasado, por eso su arquitectura es ostentosa.
Entre todo ese montón de gente ausente, Pedro Garfias se me escondió. El poeta ultraísta español, quien en 1939 llegó exiliado a México, escapando del franquismo, me evadió, se rehusó a recibirme. A punto de dar las seis de la tarde, tuve que darme por vencido; el camposanto cerraba sus puertas.
Mientras el taxi me llevaba de regreso al hotel, miré por la ventanilla las calles del centro de la capital neoleonesa y pensaba que Pedro Garfias debió caminarlas.
También debió caminar las calles de Torreón por las que transitó todos los días. El poeta vivió breves temporadas en La Laguna y escribió parte de su obra en esta región. Hay notas periodísticas que narran sus recitales en el auditorio de la estación XEBT. Menciono uno en especial: 22 de octubre de 1947, con Pilar Rioja ejecutando danzas españolas y Magdalena Briones junto a Felipe Sánchez de la Fuente recitando los versos del poeta.
Salir de España se convirtió en una herida que jamás dejó de sangrarle. Pedro Garfias nunca se repuso al exilio. ¿Quién podría hacerlo? Le lloraba a su patria bajo el murmullo de las estrellas. Hoy, cuando se acerca el noventa aniversario del inicio de la Guerra Civil española, trato de rescatar las lágrimas que se resisten a secarse en sus poemas.
De vuelta al hotel, le escribo un mensaje al poeta Margarito Cuéllar para preguntarle la ubicación de la tumba de Garfias. Tras unos minutos me da instrucciones: “Caminar unos cien metros, pasar la capilla, tomar una diagonal a la izquierda”.
Voy a Google Maps, tomo como referencia las fotografías del homenaje que la Universidad Autónoma de Nuevo León le hizo en 2025 al exiliado español. Reviso la geografía que me arroja la pantalla.
Creo que ya sé dónde está.
Le agradezco al maestro Margarito por el dato. Apago la computadora. Salgo por algo de cenar antes de que mis tripas me asesinen.
De noche, el centro de Monterrey es tan oscuro como una tumba. Regreso a mi habitación con una hamburguesa. En la televisión está la ceremonia de los Premios Oscar y recuerdo el final de “Cinematógrafo”, el poema de Garfias que José María Conget incluye en la antología Viento de cine (Hiperión, 2002): “El viento llega demasiado tarde”.
A la mañana siguiente, el tórrido viento de Monterrey me devuelve al Panteón del Carmen. Esta vez encuentro la tumba de Garfias en la orilla sur, entre un pequeño llano y unos mausoleos. La tumba es sencilla, hecha de granito, tiene el nombre del poeta, su año de nacimiento (1901), su año de defunción (1967) y un epitafio tan profundo como su ausencia: “La soledad que uno busca no se llama soledad”.
Durante una entrevista en la XETB de Torreón, Pedro Garfias habló de la poesía de Bécquer y explicó el poema “Donde habita el olvido”: “Al referirse a su tumba [Bécquer] dice: ‘donde habita el olvido’. ¡Eso es la poesía!”. Hoy estoy frente a la tumba de Garfias, en un lugar que tiene su edad, y quiero evocar los versos de Antonio Machado: “Murió el poeta lejos del hogar. / Le cubre el polvo de un país vecino”. Yo diría que lo cubre el polvo de un país amigo.
Leo el poema que Pedro dedicó a Federico García Lorca. Me tiembla la voz, el corazón bajo el ala del sur. Luego, nada. El silencio en el camposanto nos arropa. Un parpadeo, eso es la noche después de la vida: una oscuridad eternamente breve.