Marin Marais resuena en mi sala. Sale de las bocinas y sus notas colman los libreros.
Hay un aletear de frases en la ejecución que realiza de la viola de gamba. Un pasado, un abismo desde el que me extraño. Miro ciego hacia atrás y hay rostros que se desvanecen como Eurídice ante Orfeo. La enfermedad de la nostalgia: vivir el ayer desde un hoy que nunca se percibe.
Conocí a Marin Marais por la novela Todas las mañanas del mundo, de Pascal Quignard. Lo escuché tocar por primera vez en silencio, acompañando con la mirada el texto que el autor francés escribió en 1991. Marin Marais era un joven músico que buscó la instrucción del maestro Sainte Colombe, quien vivía aislado en una cabaña a las afueras de París, sumergido en la música tras la muerte de su esposa.
Cuánto sufrimos por lo que ya no está. A veces quisiera tomar el teléfono y escribirles a aquellos que se han apartado de mi vida, enviar un saludo, pedir una disculpa si es necesario. Este año perdí dos amigos, Ariel y Guillermo. Nunca supe por lo que pasaban, jamás se me ocurrió preguntarles.
Viví ensimismado, empujando una roca como Sísifo de la oficina al departamento.
Cuando quise reaccionar, ellos ya estaban acostados en cajas metálicas con una cruz encima, incapaces de escucharme.
Hoy me invade un nuevo silencio; una voz que me acompañaba se ha apartado.
Intento llenar su hueco con Les folies d’Espagne, de Marin Marais. La pieza dura dieciséis minutos y medio. La pongo en el reproductor de YouTube y este me arroja el retrato póstumo de la princesa Enriqueta de Francia pintado por Jean-Marc Nattier en 1754. La princesa tiene un vestido rojo y posa orgullosa con su viola de gamba. Falleció a los 24 años, luego de contraer viruela. Las crónicas afirman que era una apasionada de la música.
Marin Marais también protagoniza un cuento de Pascal Quignard en La lección de música (1987). Es un episodio de su vida. El músico ha madurado y la voz de su infancia lo abandona. Entonces trata de imitar el canto perdido frotando el arco sobre las cuerdas de su viola de gamba. En esa búsqueda desesperada de rescatar lo que ya no existe, crea otra voz que lo acompañará hasta su muerte.
La última escena de Todas las mañanas del mundo es hermosa. Marin Marais regresa con su maestro Sainte Colombe, quien ha visto morir a su hija Madeleine. El alumno es ahora un músico reconocido y forma parte de la corte del rey Luis XIV. Eso no deslumbra a Sainte Colombe, quien está invadido de silencio. Pero la postura de Marin Marais es humilde.
Entonces el maestro pregunta a su alumno: “¿Qué es lo que buscáis, señor, en lamúsica?”.
Y este le responde: “Busco llanto y pesares”.
Sainte Colombe le dice que la música está ahí para hablar de lo que la palabra no puede hablar. Luego le entrega la viola de gamba de su hija.
Le confía unas arias capaces de resucitar a los muertos.
Ambos tocan y lloran.
Tras el deceso de su maestro, Marin Marais compuso Tombeau pour Sainte Colombe (1701). La música barroca se abre en la tierra para depositar toda lágrima, hasta inundar la fosa y saltar en ella. Quiero dedicar esa obra a Ariel y a Guillermo, mis amigos de tarima en los eventos de hip hop. Dedico a ellos la música en toda la profundidad de su silencio, que ella les hable de lo que mi palabra no pudo.
“Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno”.
La pieza de Marin Marais se apaga en la noche; es el ayer que se despide. El ruido de la lavadora emerge desde el fondo del departamento; es el hoy que nos abruma.