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Odisea migrante en el Mediterráneo: peligro en medio del éxodo marítimo

Miles de personas siguen cruzando cada día el Mediterráneo: la ruta migratoria más mortífera del mundo. A 75 años de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, el eterno peregrinaje continúa.

Odisea migrante en el Mediterráneo: peligro en medio del éxodo marítimo

Odisea migrante en el Mediterráneo: peligro en medio del éxodo marítimo

WALFRÉ VIRGIL CASTRO

Fueron más de cien. Unos ciento veinte, luego ciento cuarenta y la cifra de muertos podría seguir avanzando tras la crisis migratoria ocurrida en Ceuta a finales de julio; así lo informó la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH). Durante el éxodo masivo, miles de familias, jóvenes e incluso menores provenientes de Marruecos y demás regiones del centro y sur de África, intentaron atravesar esta frontera europea, incluyendo la de Melilla. Tanto Ceuta como Melilla, ambas ubicadas en terreno africano, pertenecen a España desde hace más de cinco siglos y constituyen los únicos límites terrestres de la Unión Europea (UE) con dicho continente. 

Estas regiones se encuentran divididas y protegidas con un sistema de doble vallado, además de contar con una elevada presencia policial y militar para atender cualquier posibilidad de cruce irregular. Algunos han atribuido el reciente repunte de cruces a una sentencia del Tribunal Supremo sobre las llamadas “devoluciones en caliente” en estas fronteras, siendo uno de los temas más comentados en los días previos a la crisis migratoria iniciada el 30 de julio. 

El fallo aclaraba en qué situaciones las autoridades españolas pueden rechazar de inmediato a quienes intentan ingresar por mar y cuándo, por el contrario, deben seguir el procedimiento legal de identificación y solicitud de protección internacional. Sin embargo, presuntamente, poco después comenzaron a circular versiones falsas sobre el contenido de la resolución. 

Señalados casos de “infodemia” en redes sociales y aplicaciones de mensajería habrían difundido la idea de que el tribunal había prohibido las devoluciones en frontera y que ahora sería mucho más fácil obtener asilo o acceder al resto de Europa desde España. 

Tanto el gobierno español como el de Marruecos sostienen que esa desinformación contribuyó a incentivar el intento masivo de cruce. El resultado: videos e imágenes que documentaban a multitudes corriendo y a nado para salir de Marruecos, en una “clara manifestación de una profunda crisis estructural y de la acumulación de marginación social y económica durante décadas”, explica la AMDH. 

Y es que por mucho que tengamos la mirada puesta en nuestros propios fenómenos migratorios, ya sean del sur de nuestro continente o de México mismo, las migraciones a través de regiones mediterráneas han estado ahí desde la antigüedad. Esta región es considerada por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) como la ruta más peligrosa y mortífera del mundo debido a una combinación de factores geográficos, políticos y de explotación humana. 

EPOPEYA EN MEDIO DE LA TIERRA 

Canto asunto marcial; al héroe canto... Que ora en mar, ora en tierra, sufrió tanto de Juno rencorosa y del destino... La Eneida, Virgilio. 

El mar Mediterráneo ha sido testigo de la civilización humana desde épocas remotas, como lo fueron los antiguos egipcios, hebreos, griegos, cartagineses, romanos y hasta fenicios. 

Geográficamente este cuerpo de agua está conformado por diferentes cuencas y mares, cuenta con una superficie aproximada de 2.5 millones de kilómetros cuadrados y se encuentra rodeado casi completamente por tierra. Al norte se encuentra Europa con países como España, Francia, Italia, Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Montenegro, Albania, Grecia y Turquía. Al sur está África, con Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Egipto. Al este Asia, principalmente las costas de Turquía, Siria, Líbano, Israel y Palestina. Y al oeste se comunica con el océano Atlántico a través del estrecho de Gibraltar, un paso marítimo de apenas unos 14 kilómetros en su punto más estrecho. Por lo mismo, este mar ha funcionado como vía de comunicación entre pueblos muy distintos. 

Durante siglos, personas, mercancías, ejércitos, religiones, lenguas, tecnologías y culturas atravesaron esas aguas. Por eso, la migración por el Mediterráneo no es un fenómeno exclusivo de la actualidad. Este espacio ha sido testigo de desplazamientos provocados por guerras, hambrunas, conquistas y la búsqueda de nuevos territorios. 

Uno de los relatos más influyentes sobre estos movimientos aparece en la tradición clásica con la caída de Troya, un episodio que mezcla historia y mito. En la obra de Virgilio La Eneida, tras la conquista de esta ciudad por los griegos, el príncipe troyano Eneas logró escapar acompañado de un grupo de sobrevivientes. En su itinerario, Eneas recorre muchas rutas y pasa por distintos puntos del Egeo, Creta, el Epiro, Sicilia, Cartago y finalmente llega a Italia, en un recorrido que nada difiere al de miles de migrantes y refugiados que cruzan estas aguas desde Oriente Próximo o del norte de África hacia Europa. 

Esa coincidencia geográfica ha llevado a numerosos historiadores y especialistas en literatura clásica a considerar La Eneida como uno de los primeros grandes relatos sobre el exilio, el desplazamiento forzado y la búsqueda de una nueva patria. 

Históricamente, fueron los fenicios quienes protagonizaron una de las grandes movilizaciones del Mediterráneo antiguo. Desde las costas del actual Líbano se extendieron hacia Chipre, el norte de África, Sicilia, Cerdeña y la península ibérica, estableciendo redes comerciales y asentamientos como Cartago. 

Tiempo después, los griegos emprendieron una expansión semejante entre los siglos VIII y VI a. C., fundando comunidades en Sicilia, el sur de Italia, el mar Negro y las costas occidentales mediterráneas. Estos recorridos estuvieron relacionados con la búsqueda de tierras, recursos, mercados y nuevas oportunidades. 

Por otra parte, los desplazamientos forzados por la esclavitud provocaron durante siglos el traslado de personas capturadas en guerras o incursiones hacia distintos territorios del mundo griego, cartaginés y romano. Más tarde, durante la crisis del Imperio romano, grupos como los godos, vándalos y alanos atravesaron Europa y llegaron a estas regiones, en movimientos relacionados con guerras, presiones políticas y transformaciones económicas y sociales. 

Durante la Edad Media y la Edad Moderna continuaron los desplazamientos provocados por persecuciones y expulsiones. En 1492, miles de judíos abandonaron la península Ibérica y se dirigieron hacia el norte de África, Italia y el Imperio otomano. Más de un siglo después, entre 1609 y 1614, la expulsión de los moriscos provocó otro importante traslado de población desde España hacia el norte de África y otros territorios mediterráneos. 

Ya para los siglos XVIII y XIX, durante la expansión colonial europea, comenzó una transformación entre las dos orillas. Francia, Reino Unido e Italia extendieron sus dominios sobre el norte de África y de Oriente Medio, generando conexiones económicas y políticas. En paralelo, iniciaría la movilización de trabajadores, oriundos principalmente de Argelia, hacia regiones de Europa, como ocurrió en Francia. 

Para el siglo XX, tras el paso de la Primera Guerra Mundial y la desaparición del Imperio otomano, inició una nueva ola migratoria. Una de las más relevantes, ocurrida en 1923, significó el traslado forzado de 1.5 millones de cristianos ortodoxos de Anatolia a Grecia, mientras que medio millón de musulmanes se movieron a Turquía, en un intercambio obligatorio de población entre ambas naciones debido a cuestiones religiosas. 

Años después, tras la Segunda Guerra Mundial, Europa se encontraba necesitada de trabajadores para reconstruir sus economías, lo que hizo que, en las décadas de los cincuenta y setenta, millones de personas de Italia, España, Grecia, Portugal, Turquía y el norte de África emigraran hacia países como Francia, Alemania, Bélgica o Suiza. Lo que serían empleados temporales para estas naciones terminó, en su mayoría, en asentamientos de comunidades que se establecerían como sociedad europea. 

Sumado a ello hubo casos de descolonización, por ejemplo, la independencia de Argelia en 1962, que produjo la salida de europeos establecidos en dicho país hacia Francia. 

Ya para 1973 y debido a la crisis económica, varios países del antiguo continente comenzaron a limitar la contratación extranjera. Sin embargo, las diferencias económicas de Europa en comparación con África y Oriente Medio hicieron que continuara el impulso migratorio. En consecuencia, comenzó el cierre de algunas vías legales, propiciando el surgimiento progresivo de rutas irregulares. Aquí es donde países como España e Italia, que habían sido de emigración, comenzaron a convertirse en receptores de migrantes. 

Durante las últimas décadas del siglo XX y principios del XXI se consolidaron tres grandes rutas: el Mediterráneo occidental, principalmente desde Marruecos y Argelia hacia España; el Mediterráneo central, desde Libia y Túnez hacia Italia y Malta; el Mediterráneo oriental, desde Turquía y Oriente Medio hacia Grecia. 

En tiempos más actuales, la migración volvió a cobrar ímpetu en 2011 tras el inicio de guerras y crisis políticas causadas por la Primavera Árabe, alcanzando su cenit en 2015 durante la llamada crisis europea de refugiados. La guerra en Siria provocó el desplazamiento de millones de personas y miles emprendieron su camino hacia territorio europeo a través de Turquía y el mar Egeo. 

Desde entonces, el Mediterráneo se ha convertido en una de las principales fronteras migratorias del mundo, continuación de una historia milenaria de movilidad. Los fenicios lo utilizaron para comerciar, los griegos para fundar ciudades, los romanos para conectar su imperio y generaciones enteras lo cruzaron huyendo de guerras o buscando nuevas oportunidades. Hoy, migrantes y refugiados vuelven a atravesarlo en dirección al continente europeo; lo único que ha cambiado son las fronteras, los Estados y las circunstancias. 

Semejante a La Eneida, el clásico griego La Odisea sigue a Odiseo, quien, después de la guerra de Troya, emprende el regreso a su hogar en Ítaca, pero queda atrapado durante diez años en el mar tras recibir la ira del dios Poseidón, a quien ofendió al cegar a su hijo, el cíclope Polifemo, y quien lo condenó a navegar un viaje que se alargó por tormentas, monstruos marinos, errores humanos y largas retenciones involuntarias en islas mágicas. Sin embargo, mientras Odiseo intentaba regresar a una patria que todavía existía, Eneas huía de una tierra destruida y debía encontrar otra. No obstante, ambas obras comparten una semejanza, y es que en ellas el Mediterráneo no representaba un espacio vacío, sino un territorio peligroso. 

UNA ODISEA SIN MISTICISMOS 

Y allí murió, después de engullir la salobre agua del mar. La Odisea, Homero. 

Desde por lo menos mediados de la década de los noventa, miles de personas han cruzado cada año el Mediterráneo, sin contar con la documentación requerida para ingresar a los países de destino, desde las costas del norte de África y Turquía para procurar asilo o para emigrar a Europa. 

En la actualidad, el número de personas que vive en un lugar distinto a su país natal es mayor que nunca. Según la División de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales (DESA), en 2024 se estimó que el número de migrantes internacionales en todo el mundo era de casi 304 millones. Esto representa más de dos veces la población de México en dicho año. 

No obstante, la Agencia Europea de la Guardia de Frontera y Costas —también conocida como Frontex—, organismo de la UE encargado de proteger las fronteras exteriores del espacio Schengen —zona de libre circulación en este continente—, las detecciones de cruces irregulares disminuyeron en más de una cuarta parte, hasta casi 178 mil, durante 2025. Esta cifra es menos de la mitad del total registrado en 2023 y el nivel más bajo desde el año 2021. 

Sin embargo, la OIM aseguró recientemente que pese a la disminución en las llegadas irregulares, no ha descendido la peligrosidad de estas, sino lo contrario. En primera instancia, Frontex destacó en su resumen anual de 2025 que los cruces fronterizos irregulares se concentraron casi en un 60 por ciento en tres sectores de los siete que hay: Mediterráneo central, oriental y occidental.  

Otros datos relevantes son las muertes y desapariciones. Según el Proyecto Migrantes Desaparecidos (MMP, por sus siglas en inglés) de la OIM, el Mediterráneo registra desde 2014 a la fecha más de 35 mil desapariciones. La zona central es la ruta migratoria más peligrosa que se conoce en todo el mundo, con más de 17 mil muertes y desapariciones registradas desde 2014. Los datos del MMP sugieren que los restos de más de 12 mil personas se han perdido en alta mar en esta área. 

Asimismo, se presume que muchos naufragios son “invisibles”, botes en problemas que desaparecen sin dejar sobrevivientes y que por consiguiente no se registran. Por ejemplo, el MMP ha dado cuenta de cientos de restos humanos que se han encontrado en playas de Libia y que no se relacionan con ningún naufragio del que se tenga noticias. Las posibles causas: la duración del viaje en ultramar que puede durar varios días, patrones de tráfico de personas cada vez más peligrosos, brechas en la capacidad de operaciones de búsqueda y rescate, y restricciones al trabajo vital de las organizaciones no gubernamentales. 

Los migrantes a menudo cruzan este espacio en botes inflables sobrecargados y no adecuados para navegación marítima. Además, puede ser que varios botes de este tipo partan al mismo tiempo, lo cual complica seriamente las operaciones de búsqueda y de rescate. 

Por otra parte, el Mediterráneo occidental ha registrado más de dos mil muertes y desapariciones desde 2014, la mayor parte de ellas ocurridas en naufragios en la ruta marítima hacia la zona continental de España. 

Los cruces terrestres a Melilla y Ceuta también son peligrosos, con varias decenas de fallecimientos registrados por el MMP atribuibles a la violencia, las enfermedades y la falta de acceso a cuidados de la salud. En varios casos, las muertes accidentales y violentas han ocurrido en las vallas fronterizas de estos enclaves españoles y han estado relacionadas con los intentos de cruzar. 

Las principales violaciones a los derechos humanos que sufren los migrantes al llegar a los países de destino y tránsito, como España, Italia o Grecia, abarcan desde detenciones arbitrarias y devoluciones sumarias ilegales hasta graves fallas en la protección de menores y condiciones de acogida inhumanas. 

Por último, en la parte oriental se han registrado casi mil 700 muertes y desapariciones desde 2014, la mitad de ellas (803) registradas tan solo en 2015. En comparación con las otras dos rutas, una mayor proporción de los restos humanos son recuperados y traídos a la costa, con casi mil 200 documentados. Esto significa que las identidades y perfiles de los que fallecen son conocidos mejor. 

Se han identificado casi 500 menores muertos, muchos de los cuales tenían menos de cinco años. El deceso de 266 mujeres y 273 hombres también ha ocurrido en esta región marítima, la mayoría provenientes de Siria, Irak y Afganistán. Entre las principales causas de muerte se cuentan las condiciones ambientales extremas o la falta de refugio, comida y agua, así como el transporte peligroso, la violencia, los accidentes, la falta de acceso a cuidados adecuados de salud y los ahogamientos. 

Dicha vulnerabilidad recuerda el caso de Alan Kurdi, un menor sirio de tres años que perdió la vida tras ahogarse en septiembre de 2015 mientras intentaba llegar a Europa con su familia. La fotoperiodista turca Nilüfer Demir habría encontrado el cuerpo del menor en la playa de Bodrum. ¿La historia? Alan viajaba desde costas turcas hacia Grecia junto a su hermano y sus padres, presuntamente huyendo de la guerra en Siria, en una embarcación que terminó volcando. Sólo el padre sobrevivió y junto a él una fotografía del menor tendido en la playa, casi como si estuviera dormido. 

Entre fallecidos y desaparecidos, la OIM ha reportado casi mil 500 casos de menores de edad entre 2014 y 2026. 

¿CUÁNDO SE DEJA DE SER MIGRANTE? 

Regresando a julio pasado, tras la llegada de unas 50 mil personas a Ceuta, alrededor de 48 mil fueron devueltas a Marruecos, lo que llevó a España a reforzar su presencia militar y naval. Un día después de lo ocurrido, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, calificó la llegada de migrantes al enclave como una “catástrofe” y la comparó con una invasión, siendo que su nación ha existido y progresado gracias a individuos no originarios y asentados en su territorio. 

El hecho provocó también discusiones políticas sobre las relaciones entre España y Marruecos. Esto resuena si recordamos que ambas naciones, junto a Portugal, tienen cuatro años de trabajo por delante para lograr unificar el próximo Mundial de Fútbol de la FIFA, que también será de carácter trinacional en 2030, sin contar los otros tres países que participarán en los partidos inaugurales (Uruguay, Argentina y Paraguay). 

Un fenómeno cada vez más visible en el futbol es la presencia de inmigrantes en las selecciones europeas. El ámbito deportivo funciona como un espejo colonial donde la integración de los migrantes a un país parece condicionada al éxito utilitario. Mientras se aplican figuras legales restrictivas, como el rechazo en fronteras, para frenar los desplazamientos irregulares, las naciones europeas celebran el talento de futbolistas con orígenes africanos en sus filas. 

Casos como lo han sido Zinedine Zidane, Kylian Mbappé o la joven promesa Lamine Yamal, por mencionar unos pocos de los muchos ejemplos que hay, hacen eco de sectores migrantes al interior de potencias como Francia o España, planteando la inquietante interrogante de si un migrante sólo deja de ser percibido como tal cuando gana un campeonato. 

Los éxitos deportivos suelen celebrarse como triunfos de la integración y la diversidad, pero la norma no hace a la ley y, como parece corresponder, el balón no sale de la cancha. 

En el continente europeo residen actualmente más de 87 millones de migrantes internacionales, de los cuales una cifra récord de 64 millones vive dentro de los países de la Unión Europea, según la OIM. Pero la AMDH denuncia que la retórica cada vez más “virulenta” utilizada en Europa y Estados Unidos por la extrema derecha, incita al odio contra los migrantes y los presenta como una amenaza existencial para las sociedades y los Estados occidentales. También aseguró que es necesaria una reforma radical de las políticas económicas y sociales, que priorice el empleo juvenil efectivo y la creación de trabajos decentes para todos, así como el establecimiento de políticas que garanticen el desarrollo sostenible y la justicia social y territorial. 

Según la organización, testimonios recogidos por diversos medios de comunicación confirman que el desempleo, la falta de perspectivas de futuro y el deterioro de las condiciones socioeconómicas son las principales motivaciones de estos intentos colectivos de emigración, lo que hace imperativo abordar las causas estructurales del fenómeno en lugar de limitarse a enfoques basados en la seguridad. 

De la misma manera, la AMDH condena a quienes llevan la lucha migrante a la manipulación política mediante la instrumentalización de la pobreza y la angustia que sufre la mayoría de la población como medio para ejercer presión o negociar con los países europeos. 

ETERNO PEREGRINAJE 

Este 2026 se cumple el 75 aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, un tratado establecido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1951, que establece La Promesa, una declaración pública de solidaridad que busca consolidar apoyo a las personas refugiadas y el derecho a la búsqueda de protección. 

Y es que desde 1994, la comunidad internacional ha creado distintos acuerdos para proteger los derechos de las personas migrantes y mejorar la cooperación entre los países respecto a este tema. Ese año se estableció el Programa de Acción de El Cairo, que reconoció los retos de la migración internacional. 

En 2016, la Declaración de Nueva York reafirmó que migrantes y refugiados poseen los mismos derechos humanos que toda la población y, en 2018, el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular estableció un marco internacional para gestionar los desplazamientos poblacionales y favorecer su contribución al desarrollo. Más adelante, en 2022, se revisaron sus avances y, para 2026, la ONU volvió a señalar la necesidad de fortalecer la cooperación mundial ante una población estimada de 304 millones de migrantes internacionales. 

Sin embargo, persiste una distancia entre lo establecido en el papel y la realidad. Frontex señala que los movimientos migratorios dentro de la Unión Europea y el espacio Schengen continuarán durante 2026 y 2027, incluso si disminuyen o se mantienen estables las llegadas irregulares a las fronteras exteriores. Esta predicción responde principalmente a las diferencias en oportunidades económicas y sociales, procedimientos de asilo, condiciones de acogida y procesos de devolución entre los distintos países europeos. Aunque las reformas y medidas de control pueden modificar el volumen y dirección de estas movilizaciones, no eliminarán las causas que las impulsan. 

Más de 41 millones de personas refugiadas continúan desplazadas por la fuerza en todo el mundo por circunstancias como la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, la desestabilización en el Medio Oriente más amplio o el conflicto entre Rusia y Ucrania, que ahora incluye la instrumentalización de migrantes, interferencia de GPS, sabotaje y provocaciones con drones y globos militares. 

Mientras los conflictos prolongados persisten y surgen nuevas crisis, los países de acogida asumen una enorme responsabilidad, al tiempo que muchos sistemas de asilo se encuentran desbordados y carecen de recursos suficientes. 

Como en La Eneida y La Odisea, donde el Mediterráneo aparece lleno de naufragios, desapariciones y viajeros que no consiguen llegar a su destino, el mar continúa siendo para miles de migrantes un espacio de incertidumbre y muerte. Hoy, muchas personas desaparecen en sus aguas sin que sus familias puedan recuperar sus cuerpos ni conocer con certeza dónde murieron. 

Retomar este fenómeno que parece dejar de estar presente en nuestro consciente humano, es memoria del eterno peregrinaje de mujeres y hombres de todas las edades, jóvenes y menores que arriesgan sus vidas para huir de su país en una desesperación generalizada que parte de una pérdida de fe en las instituciones, las políticas públicas y el futuro en su conjunto. 

“De las cenizas de la Segunda Guerra Mundial surgió una promesa solemne: la promesa de proteger a las personas forzadas a huir de la guerra, la violencia y la persecución”, reza La Promesa surgida de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados. Como humanidad, no podemos dejar de lado este compromiso.

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