Padres e hijos
“Escribo para soltar el peso de cuarenta años rumiando el mito de mi padre, las infinitas versiones de mi padre, su ausencia, su presencia, su nombre, su abandono”, escribe Alma Delia Murillo desde su orfandad.
“Me pregunto si la figura paterna me interesaría tanto en caso de haber tenido un padre más abierto y sociable, alguien que no tuviera que ser indagado”, cavila Juan Villoro en La figura del mundo, novela en la que, desde la memoria, reconstruye al filósofo distante que fue su padre.
En El pez en el agua, Mario Vargas Llosa nos deja también su juicio final sobre el padre: “y de pronto, en las noches, cuando, encogido en mi cama, oyéndolo gritar e insultar a mi madre, deseaba que le sobrevinieran todas las desgracias del mundo (...). Odiaba a mi papá y deseaba que se muriera”.
Jorge Hernández Campos cuenta también: “Cuánto le odiaba mi corazón de niño/ por el pan, por la casa, por su paciencia, por sus amantes”.
Yo misma, en algún momento, sentí necesidad de expulsar mis demonios escribiendo El funeral de papá.
“Cuando alguien te pregunte si soy tu papá, dile que soy tu padre”, recuerda Vicente Quirarte en su novela La invencible.
“Porque soy tu padre” es una frase bien conocida que, según Octavio Paz, no tiene ningún sentido paternal ni se dice para proteger o conducir, sino para imponer una superioridad.
La mano dura con que nos formaron a los niños antiguos es una herencia ancestral fuertemente arraigada en nuestra cultura. Aún con la mano temblorosa, Franz Kafka recuerda en su Carta al padre: “Pudiste tratar al niño, solo como antes habían hecho contigo, con dureza, gritos e ira”.
Pues sí, los gritos y los golpes eran lo indicado: “La vara y la disciplina dan sabiduría, mientras que el hijo consentido avergüenza a sus padres” (Proverbios 29:14, Antiguo Testamento). “Quien bien te quiere te hará sufrir”, nos decían.
Solo a mediados del siglo pasado, y solo en ciertos grupos sociales, la actitud paterna se transformó. Dio un giro de 180 grados y, para no traumar a los hijos, los padres se reblandecieron. Laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même (Dejen hacer y dejen pasar, el mundo camina solo).
Unos por duros, otros por blandos, los padres siempre serán juzgados y muchas veces condenados por los hijos. ¿Quién conoce la forma de educar a las criaturas que nacen para vivir en el futuro, con otras reglas y horizontes que los padres nunca podemos siquiera imaginar?
“Te voy a acusar con mi papá”, amenacé al grandulón que me bulleaba en el Colegio Cervantes. “Te voy a acusar con tu papá”, me amenazaba mamá, porque solo mi padre, dueño absoluto de la razón y el poder, gozaba del derecho indiscutible de administrar justicia.
Las formas han cambiado, pero el poder del padre persiste en nuestro interior. Ausente, desconocido y mitificado, o presente, con virtudes y defectos, para bien o para mal, la figura del padre pervive en alguna parte de nuestra conciencia y define nuestras actitudes.
Su fuerza es tan poderosa que aunque se encuentre en la mismísima “Chingada”, los hijos se siguen protegiendo en su sombra, abanderando con su imagen, chupando lo que queda de su poder.
La sentencia que el mundo intenta normalizar, pero que sabe a vinagre en el paladar de una niña: “No tengo padre”.