Después de tres mudanzas en cuatro años y ahora que la librería vuelve a cambiar de sitio, me descubro pensando en lo que implica sostener un proyecto así en el tiempo. Mudar una librería implica desmontar estanterías, cargar cajas, reorganizar catálogos; implica también volver a preguntarse por qué insistir. Cada traslado ha sido una pausa obligada para revisar el sentido del espacio y de la comunidad que lo habita.
Fundé El Astillero Libros en Torreón en 2014, cuando no existía en la región una librería independiente dedicada de manera constante a la literatura.
Desde el inicio quise que fuera algo más que un punto de venta. Una librería es un lugar donde se cruzan lecturas, conversaciones y afinidades; un sitio al que se vuelve no solo por un título, también por la posibilidad de encuentro. Con el tiempo entendí que ese tejido invisible era lo que realmente sostenía el proyecto.
El Astillero ha cambiado de dirección varias veces. Ha ocupado calles distintas, zonas con dinámicas opuestas, espacios que obligaron a replantear actividades, horarios y modos de habitar la ciudad, incluso su versión solo por redes sociales y con entregas en distintos puntos. Cada mudanza trajo consigo pérdidas y hallazgos. Algunas personas dejaron de venir; otras llegaron por primera vez. La comunidad se movió con el espacio, se reconfiguró, se volvió más íntima o más amplia.
Ese carácter cambiante ha sido incluso objeto de análisis académico. El proyecto aparece en tesis de maestría que lo leen como experiencia comunitaria y editorial. Una de ellas, Manual del librero con tenis.
Análisis de librerías comunitarias en el campo de las librerías, de María del Pilar Flores Ramírez, observa el trabajo cotidiano e ideológico detrás de estos espacios.
Otra investigación, en proceso, de Fernando Pascual, nombra esta adaptación constante como librería fluida. Yo suelo llamarla boutique literaria; hay una selección, una curaduría guiada por el ojo de quien lee, no por las tendencias comerciales.
Insistir en una librería independiente implica aceptar la fragilidad como parte del proceso. No hay certezas, solo una convicción que se renueva con cada conversación entre anaqueles, con cada círculo de lectura que se sostiene en el tiempo, con cada recomendación compartida. En una ciudad como Torreón, abrir y mantener una librería de este tipo ha sido también una forma de imaginar otros modos de convivencia cultural.
Hoy, mientras desempaco libros en un nuevo local, pienso en los espacios que han alojado a la librería, en las comunidades que se formaron en cada uno y en las personas que acompañaron el proyecto en distintos momentos. Todo eso sigue aquí, aunque el lugar cambie. Las cajas se abren, los anaqueles se rearman, los libros vuelven a acomodarse. La librería encuentra otra forma de estar. El movimiento continúa; el tránsito permanece abierto.