Esta palabra está tomada del griego. Tiene el sufijo -eu, que significa bueno, y sigue con el sustantivo Femía, con significado de dicho, en el sentido de algo que se dice. Es una forma de suavizar o endulzar expresiones que podrían resultar ofensivas, desagradables o socialmente inaceptables, y reemplazarlas por otras más amables.
Entre nosotros es frecuente el uso de eufemismos, y lo hacemos sin darnos cuenta. Decimos que alguien "ha pasado a mejor vida" para evitar la brutalidad de "ha muerto". Hablamos de "ajustes de personal" en lugar de "despidos masivos". El eufemismo es el lenguaje cortés y refleja una posición ética profundamente arraigada, que prefiere la comodidad de una expresión amable a la confrontación por designaciones agresivas.
Si pensamos en la palabra justa, la que dice lo que queremos sin añadiduras ni sustracciones y expresa con exactitud nuestros conceptos o intenciones, entonces podemos creer que el eufemismo busca la evasión mediante el circunloquio engañador, pero no siempre es así, hay eufemismos que podemos tomar como la palabra justa, porque tienen la tesitura y el sesgo que deseamos imprimir en lo que decimos.
El eufemismo es, en ocasiones, una estrategia comunicativa, una forma de empatía, una manera de proteger al oyente de un dolor innecesario. Cuando un médico habla de "pacientes terminales" o "desafíos oncológicos", está ejerciendo, quizá, una forma más humanitaria de hablar. Pero, como ocurre con la mayoría de las herramientas lingüísticas, su poder es dual y su uso moralmente complejo.
Podemos distinguir entre varios tipos de eufemismo: hay los que son naturales y necesarios, como el que usamos para hablar de un tema tabú en un contexto social donde determinada palabra resulta inapropiada. Estos eufemismos nos permiten navegar por la vida cotidiana sin necesidad de ofender ni herir. Luego están los naturales pero no necesarios, aquellos que podríamos evitar, pero que nos ayudan a lidiar con la incomodidad de hablantes y escuchas. El uso de "tercera edad" en lugar de anciano entra en esta categoría. Y finalmente, están los vanos e innecesarios, aquellos que se usan para maquillar una realidad incómoda o injusta. Algunos lineamientos oficiales y recomendaciones de ciertos líderes en el uso del lenguaje nos recomiendan, y hasta nos exigen, el uso de eufemismos, como llamar "personas esclavizadas" a los esclavos, o "países en vías de desarrollo" a los subdesarrollados; hablamos de "daños colaterales" para referirnos a la muerte de civiles inocentes en una guerra, o de "libertad asistida" para hablar de eutanasia. Estos eufemismos no buscan proteger, sino ocultar. No alivian el dolor, lo deshumanizan porque pretenden camuflarlo.
El peligro de estos últimos es que, con el tiempo, el eufemismo no solo suaviza la palabra, sino que altera la percepción de la realidad que describe. Si una guerra solo produce "daños colaterales", es más fácil tolerarla. Si una mentira se convierte en "verdad alternativa", es menos condenable. La cortesía de la lengua se transforma en la complicidad del engaño.
En el uso de eufemismos es muy recomendable la moderación, no para eludir el dolor, sino para evitar la falsedad. Debemos usar la cortesía de la lengua, pero sin caer en el exceso de las palabras, propio del lenguaraz, ese inmoderado que se atiborra de eufemismos para ocultar hasta el sabor de la verdad. Un buen lector de la realidad distingue entre un eufemismo que honra el duelo y otro que encubre el dolor. El uso correcto de eufemismos evita la perturbación anímica, pero no elude la realidad.
Cuando el eufemismo se convierte en una media verdad con objetivos manipuladores, está siendo utilizado de manera perversa. Conviene identificar a los aduladores eufemísticos, los que maquillan sus dichos con palabras dulzonas e hipnotizan a su audiencia con la adulteración de la verdad. No siempre es fácil descubrirlos, precisamente por el manejo perverso del lenguaje.
El eufemismo no es un acto neutro, es una elección moral. Nos obliga a preguntarnos si estamos protegiendo al otro o protegiéndonos a nosotros mismos de la incómoda verdad. La palabra justa debe, en ocasiones, acercarnos al dolor y nombrarlo por lo que es, sin ocultamientos ni olvidos. La paz interior duradera no es la ausencia de perturbación, sino la serenidad que viene de la aceptación y el manejo razonable del dolor, aunque el periodo de duelo en ocasiones se alarga.