Pródigo es una palabra casi esotérica, la tenemos escondida para ocasiones especiales. La conocemos principalmente por el nombre que damos a la parábola que aparece en el Evangelio de san Lucas, El hijo pródigo; de ahí en más se usa muy poco, o casi nada. Sin embargo, todos la hemos escuchado y dicho alguna vez, aunque su significado sea críptico para la mayoría de nosotros.
Curiosamente, esta palabra no aparece en el texto evangélico, pues el título de la narración se empezó a usar mucho después de la composición del relato, en la tradición cristiana, que bautizó la parábola con ese nombre para subrayar el rasgo del hijo menor que derrocha irresponsablemente la herencia. En La vulgata -la traducción latina de la Biblia- aparece el adverbio Prodige (disolutamente), de donde tal vez se derivó el nombre de la parábola.
Pródigo significa manirroto, y entre los romanos esta conducta constituía un cuasidelito, pues quien derrochaba en vicios o en excesos una herencia, dañaba a su familia. Cuando un juez declaraba que alguien era pródigo, se le asignaba un tutor que le impedía disponer libremente de los bienes familiares. Este antecedente nos hace pensar en el aspecto negativo de la prodigalidad, que prevalece en la parábola atribuida a Jesús de Nazaret.
El hecho de que se le haya relacionado con las conductas negativas relegó esta palabra al púlpito y a los tratados morales, pero el término en sí mismo no necesariamente tiene una denotación de maldad; más bien es de doble filo, pues quien prodiga lo puede hacer para bien o para mal. Existe un pródigo derrochador que malgasta sus bienes en parrandas de órdago, pero también se da el pródigo generoso, el que reparte con abundancia, incluso con cierta nobleza; entonces, esta palabra puede ser de reproche o de elogio, según el contexto.
En el Siglo de Oro, Pródigo se usa como palabra amonestante, nos advierte sobre la vida disipada provocada por una prodigalidad sin responsabilidad.
Así nos dice Quevedo en uno de sus poemas morales: “Pródigo de su hacienda, quedó pobre en un día; / avaro de su honra, la perdió por cobardía.” El poeta, en tono admonitorio, compara la dilapidación del dinero con la avaricia del buen comportamiento, que se traduce en deshonor.
Calderón de la Barca escribió un auto sacramental cuyo título es El hijo pródigo, en el que calca la parábola de Jesús. Ahí hace decir al personaje principal, en consonancia con el texto de san Lucas: “Yo, pródigo insensato, gasté mi herencia en vano, / mas vuelvo arrepentido a los brazos del padre humano.” Como vemos, estos dos genios de la poesía toman el ser pródigo como una conducta malévola.
Cervantes, sin embargo, en Viaje al Parnaso, concibe esta palabra en otro sentido, pues escribe: “Pródigo de su ingenio, derramaba versos como quien siembra estrellas.” Aquí Pródigo se aplica a la perspicacia, con el matiz positivo que otorga la abundancia creativa, lo que manifiesta que en el Siglo de Oro, Pródigo ya tenía también un significado positivo.
Pero Cervantes no es el único escritor que toma esta palabra para designar la bondad, pues Jorge Luis Borges se complacía en usarla, no solo como adjetivo, sino también con el verbo prodigar. Pródigo encajaba con su gusto por términos de resonancia arcaica, moral y ambigua. En sus poemas y ensayos, esta voz aparece como adjetivo cargado de solemnidad, con ecos bíblicos y clásicos, y le servía para dar un aire de abundancia o exceso que dialogaba con su estética de lo infinito.
Borges aplica el adjetivo pródigo no solo a personas que reparten generosamente su saber, sino a situaciones y objetos que de alguna manera nos dan algo con abundancia, como “la pródiga luna” o “la pródiga memoria”. Si habla de personas, puede tratarse de algún derrochador no necesariamente monetario, sino de alguien generoso y fecundo. En cambio, cuando se trata de cosas, la prodigalidad se refiere a la abundancia de lo que nos gusta y disfrutamos.
San Lucas no habla de pródigo, sino de dilapidador de haciendas; los europeos de la Edad Media equiparan la prodigalidad con la concupiscencia, aunque contraria a la avaricia; los escritores del Siglo de Oro nos advierten sobre la prodigalidad perniciosa, y Borges la entroniza como la generosidad en la bondad.