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La flauta mágica 

J. SALVADOR GARCÍA CUÉLLAR

La flauta mágica 

Hacer arte tiene una serie de requisitos indispensables, como el talento, la apertura de mente hacia nuevas formas de expresión, una sensibilidad muy profunda, empatía con quienes disfrutarán la obra… Pero además de todo lo anterior, una condición necesaria para expresarse libremente es el dominio de la técnica; sin ella, aunque alguien ejecute una obra medianamente admirable, no logrará hacer arte a plenitud, por la limitación que supone esta carencia.

La anterior afirmación puede ilustrarse si examinamos la trayectoria de un flautista conocido, integrante de la Orquesta Aragón durante varias décadas: Richard Egües, profesional empírico, que recibió formación musical de su padre.

La Orquesta Aragón fue fundada en Cienfuegos, Cuba, en 1939. En ese tiempo se le llamaba charanga a un conjunto musical cubano. Eran grupos formados por flauta, violines, piano, contrabajo, timbales, güiro y voces. A diferencia de las orquestas de metales, la charanga se caracterizaba por su sonoridad ligera y elegante.

La Orquesta Aragón fue conocida por sus ejecuciones de alta calidad; violines y voces dieron identidad al grupo musical, que se convirtió en referente de Cuba, junto con otras bandas, como la Sonora Matancera.

A la orquesta se unió el joven flautista en 1954, y permaneció con ellos hasta 1985. Además de ejecutante de flauta, fue autor de varias canciones, como Bombón chá y Sabrosona. También compuso la más icónica obra del grupo: El bodeguero.

Esta última pieza fue grabada por primera vez en noviembre de 1955 para RCA Victor, estaba incluida en el LP El cha cha chá cubano, lanzado en 1956.

Cuando apareció dicho álbum, en la canción El bodeguero la flauta aparece con una intervención tímida, solamente responde a algunos compases del coro, su participación es incidental y, si bien adorna la pieza musical, no destaca sobre los demás instrumentos. El coro y el ritmo son, en este caso, los protagonistas de la canción.

Por ese tiempo, Richard Egües era un músico novato recién llegado a esta orquesta tropical. Su técnica era incipiente y su talento aún no se revelaba, pues las ejecuciones, limpias y correctas, estaban en el nivel de las de los demás músicos.

Por otro lado, la tecnología estaba limitada a micrófonos de poca fidelidad y no existían la edición ni las actuales consolas, que separan los sonidos de cada instrumento para que cada uno se escuche con claridad.

En esta primera grabación, vemos una orquesta ya bien estructurada, y Rechard Egües con su flauta actúa solamente como acompañante, es decir, ayuda a que la canción se desarrolle armónicamente.

Pero pasaron varias décadas y el flautista desarrolló su técnica: control del aire, digitación precisa, dominio del fraseo y respiración circular. Todo esto lo hizo abandonar sus limitaciones y se convirtió en el aliento de una flauta mágica.

En el arte, la técnica no es fin en sí misma, sino medio para la libertad expresiva.

Una vez que Egües perfeccionó su habilidad, pudo improvisar, ornamentar y dialogar con el coro.

En las más recientes grabaciones de El bodeguero —una de los años sesenta y otra de los ochenta— la intervención de la flauta pasó de incidental a protagónica.

El solo que ejecuta es magistral, con adornos barrocos de muy difícil ejecución; pasa con facilidad de notas muy bajas a muy altas, con lo que hace una música que deleita a los oyentes y los atrapa atentos a la melodía.

La evolución de esta pieza musical muestra cómo la tecnología de grabación y la maduración estilística de Egües transformaron un tema sencillo en una obra de mayor riqueza instrumental.

Egües logró lo que sólo han hecho los genios de la música: con su técnica perfectamente dominada, la melodía —pautada o improvisada— fluye en una creación excelsa sin perder la frescura popular.

La técnica le permitió expresarse a su manera y, sin limitaciones, fue capaz de ejecutar lo que sentía y deseaba decir a quienes escucharan su arte, para que se emocionaran internamente y se sintieran profundamente humanos.

Sin temor a equivocarnos, afirmamos que El bodeguero, con la más reciente ejecución de Egües, es una sinfonía en miniatura, pero tan sublime como las llamadas clásicas.

La técnica llevó a Richard Egües a hacer un arte muy elevado, sin ella no habría podido alcanzar la expresión de sentimientos al nivel en que lo hizo.

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