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La empatía

J. SALVADOR GARCÍA CUÉLLAR
J. SALVADOR GARCÍA CUÉLLAR

“Ponerse en los zapatos del otro” es una expresión que significa entender lo que ese otro piensa, siente y, en general, experimenta ante una situación determinada. Se trata de una actitud a veces útil y hasta necesaria para relacionarnos con los demás, desde un profesional de las ventas que pretende conocer las necesidades reales del cliente para darle un servicio de calidad, hasta comprender a alguien que está pasando por un acontecimiento adverso. A esto le llamamos empatía.

Esta palabra se desmenuza fácilmente en su etimología, sus elementos son evidentes en la misma voz: En, que en griego significa en o dentro de, y Pathós, que quiere decir sentimiento o padecimiento. Entonces quien tiene empatía es quien se apropia del sentimiento ajeno, quien participa de él. 

Estudios científicos muy actuales han encontrado que la empatía está en las estructuras cerebrales de los humanos, todos somos empáticos porque nuestros cerebros son muy semejantes. Incluso los neurólogos han identificado las partes del cerebro que regulan la empatía. 

A pesar de que compartimos una empatía innata, ésta también se aprende, o más exactamente, se desarrolla como un valor social y moral, incluso se puede llegar a la empatía por motivos religiosos, como sabemos con certeza que sucedía con san Francisco de Asís, y más recientemente, con la madre Teresa; ellos fueron famosos por su empatía por motivos religiosos. La empatía es la capacidad que tenemos de conocer y compartir los sentimientos de los demás, teniendo en cuenta que ellos son iguales a nosotros, son individuos con mente y voluntad propia. También la empatía consiste en entender a una persona desde sus puntos de vista, no de los propios, y en experimentar sus percepciones y emociones. La empatía no necesariamente implica una ayuda hacia el otro, pero sí puede volverse una motivación para ser solidario con él. Por otra parte, la empatía puede ocasionarnos angustia por los sentimientos ajenos en una situación en la que nada podemos hacer en favor del otro, lo que resultaría en una frustración que no nos corresponde. 

La empatía puede ser solamente cognitiva, como cuando entendemos las motivaciones de otra persona y le damos la razón porque su situación personal lo induce a comportarse de una determinada manera, pero además podemos pasar a la empatía afectiva, que es de la que se habla con más frecuencia, pues aquí se trata de sentir lo mismo que el otro. Los japoneses conciben la cortesía (Kikubari) como una verdadera empatía, que implica anticiparse a las necesidades o peticiones de los demás poniéndose en su lugar para que sean felices, algo más semejante a la caridad evangélica que a la empatía como nosotros la conocemos. 

Existen conceptos similares a la empatía que a menudo se confunden, como la compasión, con una etimología muy semejante, y que es la preocupación por el otro y el deseo de aliviar su sufrimiento sin que se experimente su dolor. La compasión es una relación vertical, la empatía es horizontal. La lástima, por otra parte, es el enternecimiento por el sufrimiento ajeno, sin que implique necesariamente solidaridad. El arte es una forma de empatía encarnada. Cuando un pintor retrata el dolor, un poeta escribe desde la herida, o un músico compone desde la nostalgia, no solo expresa lo propio, nos invita a sentir lo ajeno. 

El arte es un puente emocional que nos permite cruzar hacia mundos que no hemos vivido, pero que podemos comprender. Ver una película que nos conmueve, leer una novela que nos transforma, escuchar una canción que nos consuela, todo eso es empatía estética. El acto de crear es empático, el artista se pone en el lugar del lector, del oyente o del espectador. Imagina cómo será recibida su obra, qué resonancias provocará. 

Algunas enfermedades son modificaciones nocivas en las estructuras corporales que nos causan dolor y pueden llevarnos hasta la muerte. Una enfermedad de la voluntad, que a veces implica modificación de algunas estructuras cerebrales, es el trastorno antisocial de la personalidad. El psicópata no siente empatía como lo hacemos todos los humanos. Es indiferente al dolor ajeno porque tal vez la corteza de su lóbulo prefrontal tenga una modificación que aún no conocemos, y requiere fármacos y terapia para llevarlo a la normalidad de sentir la empatía natural que todos sentimos.

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