Saturnino Herrán, pintor hidrocálido de inicios del siglo XX nos legó una obra emblemática sobre la celebración del Día de Muertos en México.
El cuadro La ofrenda, pintado en 1913, no es una simple escena pictórica, sino una narración visual de la relación entre los vivos y los muertos, una metáfora de la existencia humana donde habitantes de la tierra y del más allá navegan en el mismo lago de la memoria. Ahí aparece una trajinera que avanza por las aguas de Xochimilco cargada de flores de cempasúchil. En ella viajan hombres y mujeres; ancianos, adultos, niños y bebés, todos rodeados por las flores que tradicionalmente guían el camino de las almas durante el Día de Muertos. La embarcación parece dirigirse hacia el cementerio para depositar las ofrendas dedicadas a los difuntos. Las flores dominan la composición y constituyen el verdadero centro simbólico de la obra.
La actitud de los personajes no es de llanto ni alegría, sino de profundo respeto y reflexión; no están lamentando la muerte de alguien, tampoco celebran un acontecimiento gozoso, más bien recuerdan a sus difuntos y esperan encontrarse con ellos en la misma jornada, pues el día dos de noviembre los muertos “tienen permiso” de visitar a los vivos en este mundo, y lo hacen guiados por el milenario aroma y el brillante color del cempasúchil.
Lo más notable del cuadro —entre los tonos térreos y desgastados de las ropas de los campesinos— son las flores luminosas, capaces de guiar a las almas hacia el mundo de los vivos.
De acuerdo a los mitos grecorromanos, la gente depositaba una moneda en la boca del difunto para pagar a Caronte, el severo barquero que llevaba a los muertos en un viaje sin retorno. En cambio, en las tradiciones mexicanas los difuntos sí regresan, visitan a los vivos, conviven con ellos y disfrutan de los tamales, el mole, el chocolate y el mezcal que los vivos depositan en los altares o sobre las sepulturas.
Los cempasúchiles, o flores de muerto, representan el Sol que regresa a la vida. Por medio de la fotosíntesis, la planta atrapa la luz, que se adentra en la profundidad de la tierra, para luego reaparecer en el amarillo refulgente de los pétalos. Esta flor no es un lamento por la muerte, sino un canto a la vida.
Para los campesinos ocupantes de la embarcación, la muerte no es una frontera que marca el fin de la existencia, sino un camino que comparten vivos y finados, aunque estos últimos lo hacen en sentido contrario.
En las tradiciones mexicanas, los ausentes siguen formando parte de la familia, quizá ningún pintor captó mejor ese misterio que Saturnino Herrán en La ofrenda, donde una trajinera cargada de flores navega, no por los canales de Xochimilco, sino por las aguas profundas de la memoria. El dos de noviembre no es el día en que se aparecen los fantasmas con su aspecto grotesco para aterrorizarnos, sino la ocasión para que los difuntos —antepasados y contemporáneos— nos visiten, degusten los alimentos que disfrutaban en vida, y los aún vivos nos confortemos con su presencia.
En la trajinera los pasajeros no viajan hacia el lugar de los muertos, mucho menos hacia la muerte, sino hacia el encuentro con los difuntos. La ofrenda, es decir, lo que se ha de ofrecer, es parte de un diálogo entre los vivos y los muertos. El pan, el atole, las enchiladas y el tequila nos ponen en contacto con el mundo del más allá, trascendemos a través de los productos de la cultura, como la gastronomía.
El cristianismo dirige la oración hacia Dios por los finados; las antiguas culturas mesoamericanas dirigían sus gestos rituales hacia los muertos mismos. El altar mestizo mexicano es el resultado del encuentro de ambas miradas.
El altar de las ofrendas no es una mesa para alimentar cadáveres, es un lugar de encuentro entre tres presencias: los vivos que recuerdan, los muertos recordados y Dios ante quien ambos se encuentran.
En las tradiciones mexicanas sincréticas, no existe un día de la muerte, sino el Día de los Muertos; no se honra a la muerte, sino a quienes murieron; no se festeja una ausencia, sino una permanencia; los difuntos vuelven cada dos de noviembre a festejar con la familia.