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De magos y estrellas

J. SALVADOR GARCÍA CUÉLLAR

En el Evangelio de San Mateo se narra un episodio que ha fascinado durante siglos: la visita de unos misteriosos "magos de oriente" al recién nacido Jesús. Si usted lee el texto con atención, verá que el evangelista no menciona que fueran tres, ni mucho menos que fueran reyes. Solo habla de magos, sin dar nombres ni detalles. Todo lo demás -los títulos, las coronas, las identidades- fue añadido por la imaginación popular y por tradiciones que, con el tiempo, se arraigaron profundamente en la cultura cristiana.

Según los estudiosos de etimologías, la palabra Mago tiene un recorrido curioso. Proviene del persa ma-gu-u-sha, que significa sacerdote. Pasó al griego como Magós y designaba a una casta de sabios-sacerdotes, de ahí derivó al latín Magus, y finalmente llegó al español como Mago. Lo más probable es que se tratara de astrólogos. En aquellos tiempos la astronomía y la astrología eran una misma ciencia.

La curiosidad del pueblo hizo que algunos escritores llenaran los vacíos del relato con invenciones. Desde los tiempos de la patrística, se señaló que eran tres, porque este era el número de los dones mencionados en el evangelio. Sin embargo, en representaciones muy antiguas aparecen cuatro magos, quizá para dar equilibrio a la composición artística del nacimiento, pues a los creadores plásticos les resultaba difícil acomodar a la Virgen y al Niño entre tres figuras. La tradición fue moldeándose como arcilla, hasta fijar la imagen que hoy conocemos, con solo tres magos.

En el siglo IV, un evangelio apócrifo -el llamado Evangelio Armenio de la Infancia- les dio nombres y reinos: Melchor, rey de Persia; Gaspar, rey de la India; Baltasar, rey de Arabia. La condición regia pudo derivarse del valor de los regalos: oro, incienso y mirra, bienes tan escasos y costosos que solo los monarcas podían ofrecer.

Los dones, más allá de su materialidad, son símbolos. El oro representa la realeza, pues de este metal están hechas las coronas; el incienso significa la divinidad porque es la sustancia aromática que se ofrecía a los dioses; y la mirra la humanidad mortal, pues servía para embalsamar cadáveres. Tres títulos que resumen la identidad de Cristo: Rey, Dios y Hombre. Los textos bíblicos, más que crónicas exactas con datos duros que debemos aceptar estrictamente, son tejidos de símbolos que nos invitan a los lectores a que descifremos su sentido profundo.

En el siglo VI, el célebre mosaico de San Apolinar el Nuevo muestra a los magos con atuendos babilónicos, consistentes en gorro frigio y trajes de reyes. Allí aparecen diferenciados por edades: un anciano de barba blanca, un joven imberbe y un adulto con barba oscura. La intención es clara, hacer ver que todas las generaciones se inclinan ante el Redentor.

Ya en el siglo XV, la iconografía añadió otro matiz: la diversidad de razas. Uno de los magos es representado con piel negra, otro con tez blanca y el tercero con rasgos asiáticos. El mensaje es universal: el Niño es adorado por pueblos de todos los continentes conocidos por los medievales. Tras la conquista de América, el mago asiático fue sustituido por uno de piel morena, para incluir en la escena a los habitantes autóctonos del nuevo continente, en particular a los incas.

Así, a lo largo de los siglos, los magos se convirtieron en un espejo de la humanidad entera. Cada cultura los adaptó, cada época los reinterpretó. Lo que comenzó como una breve mención en un evangelio se transformó en un relato cargado de símbolos, abierto a múltiples lecturas.

Otro elemento fascinante del relato es la estrella de Belén. Según Mateo, los magos la vieron primero en Oriente, pero al llegar a Jerusalén desapareció. Allí preguntaron al rey Herodes por el lugar del nacimiento. Tras ser enviados a Belén, la estrella reapareció y se detuvo sobre la casa donde estaba el niño.

Durante siglos, astrónomos y teólogos han intentado identificar ese astro. Se ha especulado que fue una supernova, un cometa, una nova o la conjunción de varios planetas. Sin embargo, más allá de las hipótesis científicas, lo esencial es comprender que la estrella es un símbolo, un signo celeste que anuncia la dimensión divina del nacimiento de Cristo. El evangelista no buscaba dar una explicación astronómica, sino transmitir un misterio.

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