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Paradojas

Luis Rubio

El reto decisivo que enfrentan las naciones poderosas radica en "alinear sus potencialmente infinitas aspiraciones con inevitablemente limitadas capacidades". Aunque se refiere primordialmente a aspectos militares, así es como el historiador John Lewis Gaddis explica la relación entre fortalezas y debilidades que enfrenta Estados Unidos. Efectivamente, cuando uno observa a nuestro vecino del norte, resultan evidentes sus extraordinarias fortalezas y capacidad de adaptación, pero también son igualmente visibles sus extrañas y en ocasiones inexplicables debilidades.

Las fortalezas de EU son visibles a todas luces, comenzando por la estructura institucional que le caracteriza y sobre la cual se sustenta todo lo demás. Las disquisiciones históricas sobre las fortalezas y debilidades de las potencias de antaño, sobre todo Grecia y Roma, que caracterizaron a los padres fundadores para la redacción de su Constitución hicieron que la estructura institucional que construyeron contemplara los riesgos, vicisitudes y proclividades humanas para limitar la capacidad de abuso. No es que lo decidido a fines del siglo XVIII haya sido perfecto e infalible, pero tampoco hay duda que de ahí se deriva la mayor fortaleza que caracteriza a ese país.

Por otra parte, a pesar de esas fortalezas, las carencias y propensión a eludir los problemas del momento resultan ser apabullantes y fuente de enormes debilidades. La incontinencia fiscal que les ha caracterizado en décadas recientes es una vulnerabilidad con enormes riesgos hacia el futuro. Su incapacidad para lidiar con sus desafíos demográficos es otra debilidad que, en lugar de atenderse, se convierte en motivo de disputas ideológicas que, por definición, son inatendibles. Algo similar ocurre con la forma de encarar o, más bien, de no encarar las consecuencias inevitables del cambio tecnológico y el comercio internacional para las regiones industriales más antiguas.

El sistema político y electoral propicia la fragmentación y hace sumamente difícil resolver problemas que, en términos racionales, parecerían por demás evidentes y que, sin embargo, carecen de mecanismos adecuados de solución, por lo que acaban contribuyendo a polarizar las posturas partidistas más que a resolver los asuntos pendientes. El tema migratorio es uno de los que mayor conflicto generan. Estados Unidos enfrenta demanda de migrantes en los dos extremos de la escala de habilidades personales: por un lado, las empresas de alta tecnología requieren mano de obra altamente calificada a través de las visas conocidas como H-1B. El Congreso ha sido incapaz de legislar en esta materia, en tanto que el presidente Trump las hizo prohibitivas por su costo.

Por otro lado, la agroindustria, construcción y toda clase de servicios demandan mano de obra relativamente poco calificada para atender sus requerimientos. Como el Congreso es incapaz de responder a esa demanda, la migración ilegal ha sido la norma por décadas, creando una fuente de conflicto interminable. Ahí se confronta una solución práctica (dejar pasar migrantes considerados no peligrosos) con criterios ideológicos sobre la composición étnica del país. La paradoja es que, al no legislarse, el mercado acaba definiendo quién entra y quién no, derrotando los criterios ideológicos, pero elevando la disputa a niveles estratosféricos. Un problema práctico acaba definiendo el campo de batalla ideológico donde una solución resulta imposible.

En el corazón de la confrontación entre las infinitas aspiraciones y las inevitables limitaciones de que hablaba Gaddis se encuentran tanto las enormes fortalezas de esa nación como las vicisitudes de sus procesos políticos descentralizados y profundamente democráticos. Este encuentro entre fortalezas y debilidades se puede observar en contraste con el resto del mundo en estas épocas en que todas las naciones han tenido que enfrentar retos similares -como el cambio tecnológico- pero cada una lo encara (o no) de manera distinta, respondiendo a las características y circunstancias particulares de cada país.

El reciente conflicto con Irán ilustra los dos lados de la moneda. Por un lado, las fortalezas de la economía americana, su independencia energética y su estructura constitucional crearon la paradoja de que, a pesar de ser uno de los estados en la disputa, el dólar se fortaleció. Es decir, las fortalezas inherentes a esa nación han permitido aventuras y excesos, a un costo relativamente bajo. Los americanos deberían preguntarse qué tanto más fuertes podrían ser de ser capaces de resolver las carencias y limitaciones que les caracterizan en otros ámbitos.

Por lo que toca a México, navegar las aguas norteamericanas es siempre complejo precisamente por la descentralización que les caracteriza, aun en tiempos de gobiernos fuertes. Pero, como hemos podido experimentar en las pasadas décadas, la fortaleza intrínseca de su economía constituye una fuente extraordinaria de oportunidades para nosotros. Lo paradójico es que nosotros, con un sistema político mucho más dado a decisiones trascendentes, tampoco hemos sido capaces de enfrentar y resolver nuestros propios obstáculos y limitaciones, todos autoimpuestos, para beneficiarnos mucho más de la relación económica en aras del desarrollo de México.

ÁTICO

EU es una gran potencia fundamentada en una sólida estructura institucional pero que enfrenta debilidades crónicas.

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