Grabado de Pedro Garfias realizado por el artista Mack 2Elementos Crew.
El oleaje del Atlántico meció la mirada del poeta Pedro Garfias. La primavera de 1939 se marchitaba y el buque Sinaia se dirigía a México con alrededor de mil 600 refugiados españoles, en su mayoría republicanos derrotados en la guerra civil, que huían del franquismo. También había niños, jóvenes, muje res, sin más brújula que la fe de comenzar una nueva vida en tierra ignota.
El Sinaia zarpó del puerto de Seté, Francia, el 25 de mayo de 1939. Hasta allí llegó Pedro Garfias, tras una estancia en Inglaterra. El poeta se reencontró con su es posa, Margarita Fernández, y dejó atrás la Europa continental; jamás volvería a pisar esa tierra. Pronto, junto a otros intelectuales refugiados, fue invitado para colaborar en una revista a bordo del buque. La publicación, dirigida por Juan Rejano, se tituló Sinaia. Diario de la primera expedición de republicanos españoles a México. En esas páginas se publicaron avisos, crónicas de la vida en el barco, noticias del mundo, información sobre México e incluso algunos poemas, incluidos los de Garfias.
Sobre las olas que ningún dios ha aplacado, Pedro Garfias escribió un poema y ante un horizonte que fundía el cielo con el mar; era capaz de contemplar el paisaje, de integrar su pensamiento con el entorno, pero había fantasmas que lo atormentaban: el zumbido de las balas, el olor de la sangre que conoció como soldado republicano en la Guerra Civil española. Era mejor pensar en el futuro, abrazar una esperanza que le anestesiara la herida del exilio.
“Qué hilo tan fino, qué delgado junco / —de acero fiel— nos une y nos separa / con España presente en el recuerdo / con México presente en la esperanza / Repite el mar sus cóncavos azules / repite el cielo sus tranquilas aguas / y entre el cielo y el mar ensayan vuelos / de análoga ambición, nuestras miradas”.
Según el investigador Francisco Moreno Gómez, Garfias recitó el poema “Entre España y México” por primera vez el 10 de junio de 1939 ante un grupo de co legas. Dos días después, el 12 de junio, el poema fue im preso íntegro en el último número de la revista Sinaia, acompañado por una ilustración donde un español y un mexicano se dan la mano.
En el número 19 de esa misma revista, publicado el 9 de junio de 1939, puede leerse una breve descripción de Pedro Garfias y sus declamaciones: “… de cabeza aguileña, tono de andaluz seco —cordobés—, recita su sus ro mances, hincando su génesis en la guerra de independen cia, en la pasión de pueblo, en el gusto del valor limpio, en la emoción de serranía, en la reciedumbre ideológica. No es lirismo de señorito almibarado, sino natural expansión poética de luchador temperamental, testimonio acendrado de españolismo”.
La frase “¡Gloria a México! La España antifascista te saluda” estaba escrita en la cubierta del buque que llegó al muelle Terminal del Puerto de Veracruz a las 05:00 horas del martes 13 de junio de 1939. Los mil 600 refugiados del Sinaia fueron recibidos por una comitiva oficial encabezada por Ignacio García Téllez, secretario de Gobernación; Fernando Casas Alemán, gobernador de Veracruz; Francisco Trejo, director general de Población, y Alejandro Gómez Maganda, en representación del presidente de México, Lázaro Cárdenas del Río. También se registró la presencia de Juan Negrín López, expresidente de la República Española.
Al rayar el alba, Pedro Garfías fue testigo de aquel magnífico acto de recepción. Debió escuchar los vítores de 20 mil mexicanos que entusiastas formaron una masa humana agitándose frente a los muelles. Debió observar cómo elevaban sus puños. Debió emocionarse hasta las lágrimas, un mar desbordado en sus párpados, antes de descender del barco y pisar por primera vez la tierra de su segunda patria.
La crónica publicada en el periódico El Nacional, el 14 de junio de 1939, narra que los refugiados españoles fueron llevados a un mitin en el Palacio Municipal de Veracruz. Allí, Vicente Lombardo Toledano, secretario general de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), dio un discurso contra el fascismo y la figura de Francisco Franco: “¡Viva México independiente! ¡Viva España inde pendiente! ¡Viva la democracia! ¡Muera el fascismo!”.

EN LA ANTESALA DE UN EXILIO
Existen dos investigadores fundamentales para entender la vida y obra del poeta Pedro Garfias: Francisco Moreno Gómez y José María Barrera López; el presente reportaje toma hallazgos de ambos y también replica lo publicado en pe riódicos como El Porvenir, El Nacional, El Informador, El Norte, El Siglo de Torreón y las revistas El Egabrense, Armas y Letras, Vida Universitaria y Sinaia, además de recoger testimonios del historiador Carlos Castañón, de los poetas José Javier Villarreal y Margarito Cuéllar, de la novelista María de Alva y de la bailaora lagunera Pilar Rioja.
Pedro Garfias Zurita nació en Salamanca, España, a las 18:00 horas del 27 de mayo de 1901. Fue el segundo hijo de Dolores Zurita Chia y Antonio Garfias Domínguez. En 1905, cuando Pedro tenía apenas tres años y medio de edad, la familia se trasladó a Osuna, un municipio pertene ciente a la provincia de Sevilla, en Andalucía. Allí aconteció la primera gran herida del futuro poeta, pues su madre falleció de manera inesperada el 14 de junio de 1909.
A principios de 1911, los Garfias se mudaron al pueblo de Cabra, en Córdoba. Don Antonio había contraído segundas nupcias con Felisa Rodríguez García. En esa localidad, el joven Pedro Garfias consagró su identidad andaluza y estudió el bachillerato, una etapa fundamental, pues sólo entonces descubrió su interés por la poesía gracias a colegas como Pedro Iglesias Caballero. Su primer poema, “Versos castellanos”, fue publicado el 21 de mayo de 1916 en el periódico andaluz La Opinión.
Un artículo de Luis Cabello Vannereau publicado en El Egabrense, deja ver cómo era el ambiente cultural en Cabra en esa época: “El ambiente literario de Cabra en aquellos días era excepcional. Pedro Garfias, a sus quince años, estaba abierto a todas las inquietudes y presente en todas las manifestaciones poéticas que en nuestro pueblo tenían lugar. Hacía poesías; se sentía poeta, car gado de imágenes líricas. La cordialidad de Juan Soca le abrió las puertas de La Opinión y en ella dejó el recuer do de sus primicias”.
Pero don Antonio Garfias deseaba que su hijo se dedicara a las leyes, no a los versos. Esa presión paternal frustró a Pedro. Luego de obtener el grado de bachiller en el Instituto General y Técnico de Cabra, el poeta se matriculó en el curso 1916-1917 en el Preparatorio de Derecho de Sevilla. Y en 1918 se trasladó con todo y matrícula a Madrid, donde se encontró con la corriente ultraísta que surgía de las tertulias organizadas por el poeta sevillano Rafael Cansinos Asséns.
Pedro Garfias se entregó al ultraísmo entre 1918 y 1921, primera vanguardia de habla hispana que plantó cara al modernismo encabezado por Rubén Darío. Además de Garfias, pertenecieron poetas como Gerardo Diego, Juan Larrea y Guillermo de Torre.
En 1922, en asociación con José Rivas Panedas, dirigió la revista Horizonte. Pero pronto el ultraísmo dejaría de convencerlo. En 1923, harto de la caótica urbanidad madrileña, incapaz de concluir sus estudios en Derecho, regresó a Osuna en busca de un reencuentro con su voz poética. Esa decisión lo distanció de los vanguardistas y afectó su fama como poeta.
No obstante, Garfias no dejó de escribir. En 1926 publicó en Sevilla su primer libro: El ala del sur, donde excluyó todo poema arquetipo del ultraísmo. Regresó a Madrid en 1927 para participar en el homenaje a Luis de Góngora por su tercer centenario luctuoso y aportó con el poema “Romance de la soledad”.
En su artículo “Transgresiones, disgresiones e invenciones: La vida poética de Pedro Garfias”, publicado en el libro Poesía y exilio. Los poetas del exilio español en México (El Colegio de México, 1995), Margery Resnick, catedrática del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), explica por qué Garfias no fue incluido por Gerardo Diego en la célebre Poesía española. Antología (Con temporáneos) (1934), volumen que significó una ventana al mundo para los poetas de la llamada Generación del 27, como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Antonio Machado, entre otros.
“En 1923, Garfias se había ido de Madrid con el di nero que (Gerardo) Diego le había adelantado para un proyectado libro, Triángulo, cuyos autores serían Gerar do Diego, Juan Larrea y Pedro Garfias. No le perdonó Diego esta transgresión y la ausencia de Garfias en la antología de Diego contribuyó en gran parte a la falta de conocimiento de su obra”.
Volvió a Osuna, donde su padre lo puso a cargo de una propiedad familiar. Fue entonces que su sensibilidad se agudizó frente a las injusticias sociales de la vida andaluza. En 1931, tras la proclamación de la II República Española, se afilió al Partido Comunista Español (PCE). Después de la sublevación militar del 17 de julio de 1936 y el estallido de la Guerra Civil, la defensa de eso ideales lo llevó a enlistarse en la milicia republicana.
Pedro Garfias fue un poeta de la guerra, no sólo por que escribió sobre ella, sino porque se atrevió a combatir en campo. “La guerra me volvió a la poesía”. Comprome tido con sus letras más allá de las páginas, hizo de la Batalla de Pozoblanco su gran gesta heroica como comisario del Quinto Regimiento del Batallón Villafranca, pues en la noche del 17 al 18 de marzo de 1937, motivó a sus compañeros con poemas como “Miliciano de guardia”: “Te venceré porque soy el más fuerte / ¡Tú eres la muerte! ¡Yo soy el pueblo!”, contribuyendo al triunfo republicano.
Algunos de esos poemas se incluyeron en el libro Poesías de la guerra, en 1938, libro que ese mismo año permitió que a Pedro Garfias se le otorgara el Premio Nacional de Literatura de la República Española, en la categoría de Poesía, gracias a un jurado conformado por Antonio Machado, Enrique Diez Canedo y Tomás Navarro.
Pero la tensión política en España se acrecentó y la República cayó. Francisco Franco se preparaba para tomar el poder y a Pedro Garfias no le quedó de otra que huir de España. En la noche del 9 al 10 de febrero de 1939, salió por el paso de Portbou rumbo a Francia, donde ingresó al campo de concentración Saint Cyprien. En aquel lugar hostil empezó a enviar cartas a los diver sos comités de ayuda para los españoles. Una de ellas cayó al comité británico y un hombre llamado Lord Faringdon aceptó refugiarlo junto a otros 11 españoles en su mansión de Eaton Hastings, al oeste de Londres.
En su libro Confieso que he vivido (1974), el poeta chileno Pablo Neruda menciona la estancia de Garfias en Inglaterra y la escritura de Primavera en Eaton Hastings (poema bucólico con intermedios de llanto), libro que el andaluz publicó en México en 1941 con el Fondo de Cultura Económica (FCE).
Neruda narra que Garfias solía asistir a una taberna de aquel pueblo británico. Como no hablaba inglés, bebía cerveza cada noche inmerso en su soledad. Eso llamó la atención del tabernero que, aunque tampoco hablaba español, comenzó una amistad con el poeta. Sin la certe za de que entendiera sus palabras, Garfias le platicaba los pormenores de la guerra en España y el tabernero le respondía en su idioma. Hablaban hasta el amanecer. Garfias nunca supo bien qué era lo que el tabernero le contaba, pero le aseguró a Neruda tener la sensación de que se comprendieron mutuamente.
El poeta chileno escribe: “Cuando Garfias debió partir para México se despidieron bebiendo y hablando, abrazándose y llorando. La emoción que los unía tan profundamente era la separación de sus soledades”.

MONTERREY, LAS MONTAÑAS DE UN SUEÑO
Tras desembarcar en Veracruz, Pedro Garfias se dirigió a Ciudad de México para iniciar una nueva vida, con la esperanza latente de volver a España. El andaluz fue un poeta errante, un vagabundo de la palabra. Además de la capital del país, lo acogieron ciudades como Guanajuato, Morelia, Guadalajara, Tampico, Mérida, Pachuca, Torreón, Monterrey, entre otras.
Monterrey lo adoptó como a un hijo desde su primera visita. El 5 de marzo de 1943, gracias a la recomendación del escritor Alfonso Reyes, la UANL invitó a Pedro Garfias a impartir una conferencia sobre Federico García Lorca en el Aula Magna del Colegio Civil. Tuvieron participación el doctor Daniel Mir, cate drático de la Escuela de Bachilleres; Sanjuan (sic), ingeniero y coronel de la Escuela Militar de Aviación; Armando Arteaga Santoyo, gobernador interino de Nuevo León y la Banda del Estado.
A petición del público, Garfias recitó poemas como “Entre España y México” y habló con fervor de García Lorca, su amigo asesinado en Granada el 18 de agosto de 1936 por los nacionalistas. El evento tuvo tal éxito que el profesorado de la universidad decidió contratar a Garfias, quedando adscrito al Departamento de Acción Social Universitaria (DASU). Un año después, en com pañía de su esposa Margarita, se instaló en el número 725 sur de la calle Zaragoza.
Tal acogimiento estimuló al poeta, que comenzó a colaborar en la revista semestral Vida Universitaria y fundó y dio título a una nueva: Armas y Letras. Monterrey también le permitió hacer amistad con personajes como Raúl Rangel Frías, entonces jefe del DASU de la UANL; Alfredo Gracia Vicente, exiliado español y propietario de la librería Cosmos, y el historiador San tiago Roel, entre otros. Además, de dar suelta a su afición por la bebida en lugares como el bar del Hotel Ancira y la cantina Lontananza.
Para el doctor José Javier Villarreal, poeta y actual titular de la Secretaría de Extensión y Cultura de la UANL, es una maravilla que un poeta de la Generación del 27 estuviese en la nómina de la UANL, ya que dibuja una línea, una tradición humanista que la universidad no quiere ni puede desatender. No obstante, aunque se trató de la etapa de Garfias con mayor estabilidad económica en México, los fantasmas de la Guerra Civil española y del exilio lo atormentaban con una sensación de derrota.
“Garfias estaba convencido de que ganaba la guerra. Al no ganarla, es un golpe durísimo, no solamente en el terreno ideológico, político, cultural, social, sino íntimo; el tipo se derrumbó. Y creo que esta caída afectó en gran medida a su obra”, comentó José Javier Villarreal.
Fiel a su espíritu errante, Pedro Garfias decidió con cluir su primera etapa en Monterrey. Volvería a residir en la Sultana del Norte en 1967, ya con la salud mer mada y el cuerpo aletargado por los años y el abuso del alcohol. Se hospedó en la posada Garza Nieto y visitaba todos los días a su amigo Alfredo Gracia en la librería Cosmos, ubicada en la calle Padre Mier.
El 7 de julio de ese año, un mes antes de su muerte, Pedro Garfías tuvo un homenaje en el Aula Magna del Co legio Civil. El evento fue organizado por el Departamento de Extensión y Cultura de la UANL y un grupo de amigos del poeta. Una fotografía publicada el 9 de julio de 1967 en El Porvenir, muestra a Garfias sentado en el Aula Magna junto a sus amigos Raúl Rangel Frías, Santiago Roel y Guillermo Rangel. La mirada del poeta, que según la crónica se cristalizaba por las lágrimas, está fija al escenario.
En 2024, con la edición de José María Barrera López, la UANL publicó las obras completas de Pedro Garfias en tres tomos. Según indica José Javier Villarreal, se trató del cierre de un ciclo y adelantó que próximamente se publicará un cuarto tomo con más textos inéditos del andaluz.
“¿Qué significa para la universidad? Pues primero refrendar su catálogo y, después, esa tradición humanista, la cual te mencionaba. Si bien fue el único poeta del 27 que estuvo aquí, por las aulas universitarias han pasado poetas que han sido profesores y una tradición teatral y plástica muy importante”, expresó Villarreal.
El investigador José María Barrera López visitó Monterrey en 2024 para participar en un homenaje a Pedro Garfias frente a su tumba, dentro del encuentro internacional Hermanamiento de Pedro Garfías y Miguel Hernández. Además de José Javier Villarreal, en la ceremonia participaron otros poetas como Carmen Villloro, Jeannette L. Clariond, Alfonso Reyes Martínez y José Antonio Martínez Liébana. Al finalizar, José María Barrera López colocó sobre la lápida una caja con tierra traída de Osuna sobre la lápida.

LOS RECITALES EN TORREÓN
Pedro Garfías también dejó su huella en Torreón. Fue invitado por el Liceo de La Laguna por primera vez en el ve rano de 1946 e impartió conferencias en el Auditorium de la XETB, una radiodifusora cuyas instalaciones se encontraban en Valdez Carrillo 223 sur. El poeta Rafael del Río fue su principal protector en las riveras del río Nazas. Para el historiador Carlos Castañón, el paso de Garfias en la Comarca Lagunera es destacable por todo el legado cultural que representa.
“Tiene una estancia en Torreón y una estancia más larga en Monterrey. Es muy importante recordar a Pedro Garfias, su nombre, porque el que haya pisado La Laguna, que haya hecho amigos, que haya departido en las cantinas y restaurantes laguneros, es algo relevante y digno de recordar, por el tamaño de figura literaria que fue […] En el año 1946, él ofrece una conferencia para hablar de León Felipe. Yo diría que am bos son poetas olvidados, lamentablemente, y ambos van a estar entrelazados con Torreón, precisamente por sus breves estancias en nuestra ciudad”.
En 1947, Pedro Garfias ofreció dos recitales en la ciudad junto a la bailaora Pilar Rioja. El más icónico de ellos se tituló Retablo español y se llevó a cabo a las 21:00 horas del 26 de julio en el desaparecido Teatro Princesa. Además del poeta y la bailaora, el programa contó con la presencia de la maestra Magdalena Briones y el reconocido pianista español Alejandro Vilalta.
Mientras que el 22 de octubre, con el objetivo de ho menajear al poeta, quien había decidido dejar Torreón en busca de otros horizontes, se realizó otro recital en el Auditorium de la XETB con la participación de Pilar Rioja, Magdalena Briones, Samuel Silva, Antonio Flores Ramírez y Felipe Sánchez de la Fuente.
Entrevistada vía telefónica para este reportaje, la maestra Pilar Rioja recordó que Garfias fue un hombre capaz de platicar, escribir y jugar al dominó al mismo tiempo. Asimismo, confirmó la costumbre que el poeta tenía de plasmar versos sobre servilletas y luego abandonarlos.
“Era muy cercano a mi marido, que murió hace ya muchos años: Luis Rius. Él también era poeta e iban mucho a un café que se llamaba el Sorrento, frente a la Alameda de Ciudad de México”. Pilar Rioja expresa guardarle cariño a Garfias a pesar de haber sido una persona un poco extravagante.
Cada que el poeta veía a la bailaora anunciada en algún teatro, así fuera Torreón, Monterrey, Guadalajara o Ciudad de México, iba a verla, pues la consideraba una gran expositora del flamenco. Incluso, tuvieron un último encuentro en una presentación de ella en Monterrey antes de su muerte.
“Me decían: ‘Ahí está un señor esperándola, que la quiere ver’. Yo ya sabía que era él, siempre iba a ver me donde yo estuviera […] Don Pedro al final me fue a ver. Me dijo: ‘Mira, Pilar…’, llevaba barba y yo no lo conocía con barba. Se levanta la barba y estaba lleno de llagas. Yo me imagino que era por tanto beber”, compartió Pilar Rioja.
El investigador Francisco Moreno Gómez rescató el audio de una entrevista que en 1953 se le hizo a Pedro Garfías en la XETB, en su regreso a Torreón. La voz del poeta es rasposa y de acento andaluz. Acompañado de Alonso Gómez, Salvador Vizcaíno, Abraham Levy Agui rre, Amalia Flores y Madame del Barrio (un personaje radiofónico), Garfias escancia licor y habla de los libros y del oficio poético, manifiesta su afición a los toros, se conmueve por un prólogo que le dedicó Juan Rejano, cita a Manuel José Othon, reflexiona sobre la muerte y lee su poema “Recién muerto”.
Un fragmento de la transcripción de esta entre vista se publicó por primera vez en el número 7-8 de la revista Nuevo Cauce, correspondiente a mayo-junio de 1968. Más adelante, en julio de 1987, en el número 9 de la misma revista, la conversación se publicó íntegra. Destaca que en ella, Garfias dice que su poema “Árbol” nació en Torreón y fue precisamente dedi cado a un árbol con el que solía platicar y que luego fue talado: “Yo he conocido a un árbol / que me quería bien. / Jamás supe su nombre, / no se lo pregunté / y él nunca lo dijo: / cuestión de timidez”.
“Sobre lo que es actualmente la calle Presidente Carranza, había una serie de árboles contiguos a unas fincas. Unos árboles como son estos mezquites, hui zaches, algún pinabete. Y Pedro Garfias se refugiaba de alguna manera en esa arbolada, porque vivía cerca de ahí y se detenía a hablar con los árboles, como buen poeta. Y en una ocasión, como tantas cosas en Torreón, cuando llega a conversar con el árbol con el que había logrado entablar comunicación, no con una persona, sino con un tronco, con un follaje, encuentra que ya no está ese árbol, que lo han talado porque han limpiado el terreno para construir. Y le causa tanta impresión y le duele tanto la pérdida de este amigo, que él escribe ese poema”, narró Carlos Castañón.
El 5 de noviembre de 1953, Garfias volvió a pre sentarse en un recital junto a Pilar Rioja, Magdalena Briones y Alejandro Vilalta, esta vez en el Teatro Isauro Martínez, con el fin de recaudar fondos para que los niños pobres de la región pudiesen pasar una feliz Navi dad. Esa noche, Garfias volvió a recitar “Entre España y México” y despertó el aplauso del público.
A Pedro Garfias, el maestro Pablo C. Moreno lo llamó “el poeta de la libertad y del éxodo”. Él mismo no se consideraba un poeta revolucionario, sino un revolucio nario que hacía versos. Hoy es un fantasma olvidado en Torreón. Otro poema que dedicó a la región fue “Héroes de La Laguna”, pues vio en los laguneros un similar ímpetu aguerrido al que sus compañeros republicanos sostuvieron en la Guerra Civil española.

LA SOLEDAD QUE UNO BUSCA NO SE LLAMA SOLEDAD
“Pedro Garfias, el último de los románticos, murió anoche”, así informó el periódico El Porvenir en su prime ra plana del 10 de agosto de 1967. El poeta permaneció diez días internado en la habitación 410 del Hospital Universitario luego de que le avisara a Alfredo Gracia que su salud no daba para más. Con el cuerpo flacucho, la barba crecida y postrado en una cama, renegaba de no poder leer y preguntaba por las faenas del torero mexicano Manolo Martínez.
Pedro Garfias murió a las 20:30 horas del 9 de agosto por la insuficiencia renal que le había ocasionado la cirrosis. En sus últimos momentos estuvo rodeado de sus mejores amigos de Monterrey: María Aurora Elizondo y su esposo Eugenio Armendariz, y Alfredo Gracia y su esposa María Luisa. Esa misma noche, con los gastos a cargo del Gobierno de Nuevo León, su cuerpo fue velado en Funerales Modernos, en una vieja casona ubicada en la esquina de Villagrán y Washington, frente a la Alameda Escobedo.
Luego de un funeral sencillo para honrar la vida del poeta, a las 11:00 horas del caluroso 10 de agosto, el cortejo partió rumbo al Panteón del Carmen. La crónica impresa en El Porvenir narra que don Alfredo Gracia, fiel amigo de Garfias, caminaba cercano al féretro y tenía en sus manos un pequeño envoltorio con tierra traída de Andalucía.
Ya en el cementerio, el catafalco fue abierto y los no más de veinte asistentes al sepelio vieron por última vez el rostro del poeta. “Me gustaría / que me llenasen la boca / de tierra mía”, escribió Garfias en su poema “Recién muerto”. Entonces, don Alfredo depositó en el féretro la tierra andaluza junto a una bandera republicana de España, mientras el susurro del viento movía la barba del difunto.
En medio de la tristeza, ante el féretro cubierto de flores y con la voz ahogada por el llanto, el licenciado Raúl Ángel Frías pronunció unas palabras de despedida para su entrañable amigo, un conmovedor discurso que incluyó citas del poema “Salmo III”, de Miguel de Unamuno. Según relata el periodista Daniel de la Fuente en un artículo de El Norte, el testimonio sobrevivió porque Alfonso Reyes Aurrecoechea sacó una hoja de papel y logró capturarlo por medio de la tinta.
“Óyeme Pedro. Unas palabras de partida. Sabes, so mos unos pocos de tus amigos. Otros no pudieron venir, los pájaros y tus amigos. Mira, esto se acabó; tu dolor y soledad. Ahora empiezan los nuestros. En el umbral del tránsito oscuro, antes de que te vayas, déjame decirte: ‘eres un viejo madero inútil, / herido en el costado, / ay, los arrecifes, / batido por las aguas, / comido por la sal’ […] Ahora, Pedro, nos vamos: nosotros que a velas rotas navegamos, vamos a partir. Tú, permaneces. ‘Méteme, Padre eterno en tu pecho, / misterioso hogar, / dormiré allí, pues vengo deshecho / del duro bregar’”.
Allí quedó Pedro Garfias, cubierto por la sombra de las montañas y el epitafio de una lápida que habla cuando el poeta duerme: “La soledad que uno busca / no se llama soledad”. El verso escrito originalmente en una servilleta y encontrado por Alfredo Gracia, estruja el alma de quien lo lee. Para el poeta mexicano Margarito Cuéllar, quien con frecuencia visita la tumba, se trata de una imagen poética espejo de su exilio.
“Me reafirma esa melancolía que lo acompañó du rante el exilio en México, que fue de años, de años, que no pudo regresar a su patria”, indicó Cuéllar.
Mientras que para la escritora María de Alva, auto ra de la novela Un corazón extraviado (Harper Collins, 2022), los versos del epitafio plantean un ciclo donde el poeta nunca pudo escapar de su propia soledad.
“Pedro Garfias era un hombre solo y murió abando nado por muchos (su esposa Margarita había regresado a España sin él). Al final de su vida, en su lecho de muer te, sólo estuvieron Raúl Rangel Frías, Santiago Roel y don Alfredo Gracia; únicamente sus amigos de aquí de Monterrey. A pesar de que tanta gente pasó por su vida, es triste ver la profunda soledad en la que terminó”.
Esa profundidad también puede relacionarse con el epitafio en la tumba de John Keats en el cemente rio protestante de Roma, Italia: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en agua”. Y con el verso que Jorge Guillén escribió en 1928: “El mar es un olvido”. La poesía de Pedro Garfias es un mar inmenso. Leer cada uno de sus versos devuelve el cuerpo de un náufrago, de un exiliado de las olas, sin más patria que la eternidad.
