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PEQUEÑAS ESPECIES

OTRA VUELTA AL VIEJO ALMANAQUE

Con gran regocijo y con la venia del Señor, hoy 16 de febrero doy una vuelta más a mi viejo calendario.

¡Qué temprano se me hizo tarde! La vida pasó tan de prisa que mi alma no alcanzó a envejecer al mismo tiempo que mi tronco atardecer; pero no es la edad que tengo, sino lo que mi corazón siente y mi mente manda. Está mi edad más que agradecida, disfrutando un año más de vida.

A mis viejos años llegó la paz a mi conciencia, al sentirme dispensado de pecados, pues ya no recuerdo cómo son, siendo mis únicos vicios mis nietos y mi profesión. Qué importan los años que tengo; lo que vale es cómo me siento. Tengo los años que necesito para decir a la vida: ¡Vida, estamos en paz!

A nuestra edad llega el milagro más grande de la vida: la dicha inmensa de ser abuelos. Ahora comprendo por qué hasta las últimas hojas del calendario llegan los nietos; ellos nos regresan la juventud olvidada, reviviendo la historia de amor de nuestro viejo matrimonio, siendo los hijos el testimonio de nuestra unión y los nietos la confirmación de aquel sagrado sacramento. Nuestro viejo hogar vuelve a florecer en el otoño de nuestras vidas. Los nietos nos dan los besos que ya nadie nos da; son la alegría de las mañanas, la calma a las angustias, la salud a las enfermedades, nuestros pedacitos del alma y la razón de sentirnos vivos.

Durante cinco décadas he disfrutado mi profesión, siendo una de las experiencias más gratas devolver la salud a las especies de patas y colas. Sin darme cuenta envejecía cuando mi paciente sufría sin poder aliviar su enfermedad. A nuestra edad aprendemos a no huir de la tormenta; subsistimos bajo ella, jamás dándonos por vencidos y encontrando la solución a las adversidades, actuando siempre con honestidad.

En el atardecer de nuestros días, no existe mayor satisfacción que gozar de una vejez feliz. Durante el transcurso de la vida no realicé fortunas materiales, pero contar con la preferencia durante décadas de clientes satisfechos, el respeto de los colegas, la sonrisa sincera de tantos alumnos al verles tras la jubilación, conservar la devoción de los amigos, haber otorgado una profesión a mis hijos, disfrutar de una familia unida y haber cumplido el sueño de escribir un libro… es la mayor de las fortunas que un hombre pueda poseer.

Escuchar la risa de los nietos y la de mis pacientes es la mejor medicina para rejuvenecer el alma, aunque al vernos en el espejo notemos una arruga más en el rostro; será el mejor indicio para demostrar que aún estamos vivos y continuar desempeñándonos como jóvenes por dentro y viejos por fuera.

Bienvenidos sean mis setenta almanaques; los recibo jubiloso con bombo y platillos, pues la vida me ha otorgado lo que he deseado. Así que el tiempo que me permita el Creador seguir disfrutando, estaré más que agradecido… ¡Viviendo ya el futuro!

pequenas_especies@hotmail.com

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Escrito en: Toros Laguna

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