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PEQUEÑAS ESPECIES

MI NIETO Y LA SANTA CRUZ

Antes de abordar el tren en el andén de mi partida, llegó el milagro más grande de la vida: la dicha inmensa de ser abuelo. Si hubiera sabido cuán maravilloso es tener nietos, los hubiera deseado con mayor anticipación. La experiencia nos regresa con paciencia a compensar nuestros yerros con los hijos de nuestros hijos, porque solo sabemos ser buenos hijos hasta que ya somos padres, y sabemos ser buenos padres hasta que somos abuelos.

Alejandro, hoy, tres de mayo, Día de la Santa Cruz, hace nueve fugaces años iluminaste nuestras vidas. No tuve la dicha de conocerte ese día por la afección respiratoria que padeciste al nacer; tuviste que aguardar unas semanas en la incubadora del hospital para darte cuenta de la ilusión y alegría con que te esperábamos. Tus padres no se apartaban de tu lado y solo aguardaban el momento para tenerte en sus brazos. Las enfermeras que cuidaban de ti día y noche sonreían por el gusto que te daba escuchar la voz de tu doctor; agitabas tus bracitos porque sabías que te vería.

Desde que naciste has sido un gran guerrero. No cabe duda de que heredaste el carácter y el temple de tu bisabuela. Regresaste dos veces al hospital, venciendo a las enfermedades valientemente a tu corta edad. Le he pedido al Señor que sea el abuelo quien ocupe tu lugar, porque a esa edad no debes conocer el dolor ni el sufrimiento.

Ahora entiendo por qué de viejos somos abuelos: nos regresa la llamarada de amor que nos juramos hace años, vuelve a florecer toda esperanza de vida. Nos dan los besos que ya nadie nos da; y qué decir de la abuela consentidora, baluarte de la familia, formadora de dos generaciones: los sostuvo en sus brazos por instantes y los lleva para siempre en el corazón.

Cuando nos visitan, se rompe la rutina y las reglas de nuestro viejo hogar, dejando que escape por la ventana la disciplina de antaño de nuestros hijos; escondemos golosinas y chocolates para que los encuentren con facilidad y no pecar de abuelos consentidores. Permitimos que se adueñen de nuestro espacio, acaparan el televisor con sus programas infantiles; los premiamos al comer con múltiples aspavientos y alimentos en buffet, cuando nuestros hijos comían el platillo que se tenía.

Ustedes, los nietos, son el bálsamo al dolor, el sueño a los insomnios, la calma a las angustias, la alegría de las mañanas, el olvido a las enfermedades y la razón de nuestra existencia.

Orlando, Alejandro y Luciana, siempre serán para sus abuelos nuestros pedacitos del alma. Sabemos de antemano que ya no estaremos con ustedes dentro de unos años; qué más podemos desear que verlos convertidos en personas de bien. Aunque estamos seguros de que así será, porque llevan el amor y los valores de sus padres, que legaron los bisabuelos a sus abuelos.

pequenas_especies@hotmail.com.

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