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PEQUEÑAS ESPECIES

REMEMBRANZAS DE MI MADRE

Diariamente visitaba a mi madre; ya padecía su enfermedad, pero la disimulaba como toda guerrera, ya que nunca se rendía. Desde que amanecía, su lugar favorito era la cocina. Los alimentos que se servían en casa tenían que llevar la firma de su sazón. Se sentaba a un lado de una pequeña mesa de madera, donde tomaba su café frente a la puerta de la cocina. Era el centro de mando y su campo de acción, donde dirigía y controlaba toda la casa: marido, hijos, nueras, yernos, nietos, visitas, servidumbre, trabajadores, limpieza, lavandería; quién entraba o quién salía. La puerta principal de la sala permanecía bajo llave, solo se abría en Navidad, Año Nuevo o acontecimientos especiales, que por cierto eran fechas donde nos deleitaba con sus suculentos platillos: pierna adobada, mole poblano, cabrito en achiote, pavo relleno, lechón asado, bacalao noruego, paella valenciana y su excelsa repostería.

Aparentaba carácter fuerte; quienes la conocían sabían que era un caramelo en su interior. Apoyaba a todo mundo, sobre todo a nueras y yernos, quienes disfrutaban cuando nos regañaba al darle quejas de nosotros. Siempre activa, tenía gran amor a las mascotas. Mis hermanos y yo le decíamos de cariño "Juana Gallo". Era ágil de mente, no se andaba con rodeos y era muy, pero muy difícil de engañar.

Durante nuestra niñez y adolescencia llevábamos gran cantidad de amigos a la casa los seis hermanos, sobre todo los cuatro varones. No sé cómo lo hacía, pero a todos nos daba de comer, dejándonos más que satisfechos. Jamás se quejó por nuestros invitados; al contrario, a todos los trató de maravilla, sabía que así nos tratarían cuando nosotros estuviéramos de visita.

Gozaba de una excelente puntería. Cuando hacíamos alguna travesura con mis hermanos, inmediatamente corríamos al jardín, que era extenso. Su sandalia era el proyectil del que huíamos por su atinado brazo. Mis dos hermanas mayores eran tranquilas y muy apegadas a ella. Fue la autora de nuestros primeros tatuajes en la espalda baja con la marca de la suela de su zapato, sobre todo cuando llegábamos a poner en riesgo nuestra salud con alguna diablura, como cuando pretendí asustar a mi hermano acercando un fósforo y encendí sin querer los fuegos artificiales que traía en la cintura de la pequeña bolsa del pantalón de mezclilla. Gracias a que mi madre nos abrigaba muy bien en tiempo de frío, no le ocasioné una grave lesión. Con el fuego se perforó el grueso suéter, la camisa de lana, la sudadera, la camiseta y el pantalón; ropa que llegué a esconder por un tiempo en el fondo del clóset, a cambio de uno de mis juguetes con el que convencí a mi hermano menor para que no me delatara.

Siendo adolescentes, estaba de moda ir a las discotecas y esporádicamente llegábamos de madrugada a casa. Mi padre, que estaba al pendiente de nuestro arribo, despertaba a mi madre y le decía: "Ya llegó Teodoro, o Francisco, o Javier, o Víctor", según el hermano que hubiera ganado la suerte del volado del automóvil de mi padre que nos prestaba para salir. Ella se levantaba para reprendernos con su muy particular psicología materna. Abríamos la puerta lenta y sigilosamente, sin encender la luz, pensando que nadie se daba cuenta de nuestra llegada. Cerrábamos la puerta muy despacio y entrábamos de puntitas, sin hacer ruido. Mi madre se ocultaba y salía repentinamente detrás de nosotros; intencionalmente emitía un gran grito para regañarnos. Siempre le daba buenos resultados: nos hacía saltar del susto y subíamos las escaleras corriendo. Con una de las enormes cucharas de madera que utilizaba para el mole que preparaba en las cazuelas de barro, nos pegaba en la espalda diciendo la letanía que ya conocíamos cuando la hacíamos enojar: "Bonitas horas de llegar, qué ejemplo les das a tus hermanos, nunca tengo descanso con ustedes, me van a acabar de un coraje".

Los cucharazos nunca dolieron, tal vez por la juventud, por el enorme susto o sencillamente fueron simbólicos. Mi padre entonces conciliaba el sueño con una gran sonrisa; despertaba en un par de horas y, para recuperarnos de la "golpiza materna", iba por el desayuno: un hirviente y picante menudo dominguero.

Fuimos seis hermanos que Dios nos bendijo al tener unos excelentes y amorosos padres. En una ocasión vi una esquela en el periódico que correspondía al nombre de un amigo de la secundaria que dejé de ver hace más de cuarenta años. Fui al funeral y me dirigí disimuladamente hasta el féretro para ver si se trataba de él. Desafortunadamente era mi amigo. Hice una pequeña oración y, al dar la vuelta para retirarme, una afligida señora me agradeció la visita y se presentó; era la viuda.

Imaginé que quería saber quién era yo, pues nunca nos habíamos visto. Me presenté y le comenté que habíamos sido buenos amigos durante la secundaria. Noté que cambió su semblante. Me preguntó si era el amigo que vivía en Torreón Jardín, que lo invitaba a casa y que mi madre siempre le daba de comer muy sabroso. Al asentir, inmediatamente llamó a sus hijos. Al decirles que era el amigo que tanto platicaba su padre, fue entonces que surgió una magia en sus rostros: de las lágrimas a una maravillosa sonrisa. Me saludaron con gran gusto, como si fuese el protagonista de algo espectacular, y solo pensé: esto es obra de mi madre. Han pasado los años, y solo ella era capaz de hacer que una familia transformara esa gran pena en una hermosa sonrisa doble, la del rostro y la del corazón… como lo hacía con nosotros.

¡FELIZ DÍA DE LA MADRE!

pequenas_especies@hotmail.com.

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