UN SOBRENOMBRE VERAZ
Me encontraba trabajando en los agostaderos del municipio de Mapimí con ganado vacuno. Era una delicia disfrutar de aquellos paisajes semidesérticos, repletos de cactáceas, mezquites, huizaches, gobernadora, lechuguilla, maguey, orégano, candelilla y nopal; cada especie presumiendo sus pequeñas flores de múltiples colores, con esa característica inconfundible del majestuoso silencio del cálido desierto.
Tenía dos años de haber egresado de la facultad y trabajaba de veterinario de gobierno para la comunidad y grupos relacionados con proyectos ganaderos. El gobierno nos pagaba una renta mensual por el vehículo con que trabajábamos, que era de nuestra propiedad, independientemente del salario. Gracias a mi padre, que me apoyó con el enganche, adquirí la camioneta de mis sueños: una Ford pick up verde bandera, a la que inmediatamente le adapté enormes neumáticos, modifiqué el escape y le instalé un gran equipo de sonido. Me encontraba soltero y mi familia, en broma, le apodaba "La señorita", por los cuidados exagerados que le daba a la camioneta, que llamaba la atención.
Recuerdo que regresábamos la Dra. Claudia Dueñaz y un servidor por una vereda de los agostaderos de Mapimí después de haber revisado el ganado. Faltando cincuenta metros para llegar a la carretera, el vehículo se detuvo. Por más que le daba marcha, no encendía. Pasaron algunos minutos cuando, afortunadamente, se introdujo por la misma vereda otra camioneta y quedaron los dos vehículos de frente.
Se trataba de un señor de cincuenta y tantos años. Tenía un negocio de billares en el poblado de Mapimí y todos lo conocían como "El dulces"; una persona muy amable. Siempre lo saludaba, pero jamás llegué a decirle su sobrenombre. Inmediatamente me reconoció y amablemente se ofreció a ayudarme. Me dio mucho gusto verlo, pues era mi salvación para salir de ese lugar con mi vehículo descompuesto.
Me dijo que empujaría mi vehículo con el suyo. Al encontrarnos los dos de frente, haciendo contacto las defensas delanteras, y al ir empujando por el camino disparejo de terracería, pasamos un pequeño surco y se oyó romperse un cristal. Recuerdo que lo sentí en el alma. Pensé que se había roto uno de los fanales de mi camioneta. Los vehículos se encontraban frente a frente y no se distinguía el daño.
Recuerdo que me dijo "El dulces":
-Ni modo, doctor, ya se rompió el fanal de su camioneta.
-Ni modo -le dije.
Solo le pedí que me llevara hasta la carretera. Al despegar los vehículos, cuál va siendo nuestra sorpresa que el faro que se rompió había sido el de su camioneta. Muy asombrado e incrédulo me dijo:
-No fue el suyo, fue el mío el que se rompió.
Espero no haber sido grosero, pero creo que esbocé una leve sonrisa inconsciente, no porque hubiera sido su camioneta, sino porque "La señorita" se había salvado.
Ya en la carretera, después de haberme auxiliado, le agradecí enormemente su ayuda, no sin antes expresarle mi sentir por lo que le había pasado a su vehículo y pedirle que me enviara la cuenta de los daños que le había ocasionado.
Me dijo amablemente, con una sonrisa:
-Qué bueno que fue la mía, doctor. Su camioneta es nueva y la de un servidor ya está viejita, así que no se preocupe.
Nos encontrábamos a un kilómetro del entronque al viejo puente de Ojuela. Pasaron unos minutos y me apoyaron "Los Ángeles Verdes", mecánicos de auxilio turístico. Cambiaron el platino del sistema eléctrico de la camioneta, haciéndola funcionar de inmediato, y regresamos a casa sin ningún contratiempo.
Pasaron algunos días. Mi intención era visitar al señor que me había ayudado para saldar la cuenta pendiente que tenía, pero por un motivo u otro lo dejaba para el día siguiente. Pasó una semana cuando me dice el ingeniero Fernando Ramírez, jefe de la oficina y gran amigo hasta la fecha:
-Médico, te vino a buscar el señor al que le dicen "El dulces"; le urge hablar contigo.
Sentí una vergüenza enorme. Después de que me había auxiliado, estropeando su vehículo por mi causa, yo no había correspondido.
Inmediatamente fui a buscarlo a su negocio. Esperaba verlo con una cara larga y reclamándome, pero fue todo lo contrario.
-Disculpe que lo moleste, doctor -me dijo con una apenumbrada sonrisa.
Inmediatamente lo interrumpí y, disculpándome, le dije que no había podido ir antes para pagar los daños de su vehículo.
Muy serio me respondió:
-Está equivocado, doctor. No le mandé hablar para eso. Además, fue un accidente que ya resolví con una refacción que tenía. Le mandé hablar porque tenemos una vaca enferma que no quiere comer y, si fuera tan amable, en revisarla por vida suya.
-Claro que sí, con todo gusto, mi amigo -le dije con un suspiro de alivio y, a la vez, de culpa.
Al revisar a mi paciente, una vaca Holstein de quinientos kilogramos de peso, efectivamente se encontraba postrada, con anorexia, tenía fiebre y la ubre ligeramente inflamada. Le dije que se trataba de una mastitis; la inyectaría durante tres días y quedaría perfectamente sana.
Me preguntó por mis honorarios y le dije que cómo podía cobrarle después de lo que había hecho por mí.
Al anotar sus datos y dar las recomendaciones en el block de visitas de la dependencia donde trabajaba, le pregunté su nombre.
Me dijo:
-Dulces.
Le contesté con una sonrisa:
-Es un documento oficial, amigo mío, y no puedo poner sobrenombres. Le agradecería me diera su verdadero nombre completo.
-Es en serio, doctor -me respondió-. Me llamo Dulces Nombres Mejía Sifuentes.
pequenas_especies@hotmail.com.