EL MILAGRO DE LA PATERNIDAD
El hijo que Dios nos envía sin conocerle se convierte en el prodigio más grande de la vida, y ya lo amamos más que a nosotros mismos. Pero el tener hijos no nos convierte en padres, pues los hijos son amor, dedicación, lágrimas, sacrificio y felicidad.
Es la única profesión donde se recibe el título antes de cursar la carrera. Aún no alcanzamos a comprender a los hijos cuando llega su primer cambio y abandonan la infancia. Fueron extenuantes sus cuidados; luego pensamos que ser padre de un adolescente con mayor raciocinio resultará más sencillo, y nos volvemos a equivocar. Las preocupaciones aumentan.
En la siguiente etapa de su vida nos imaginamos que reinará la tranquilidad, y es cuando llegan los verdaderos problemas con nuestros hijos adultos, sobre todo porque están fuera de nuestro alcance. Para entonces, el padre ya no cuenta con las facultades de antaño y, aun así, jamás abandona la paternidad.
Durante la infancia vemos en nuestro padre a un héroe. Es el principal proveedor, defensor de la familia, resuelve nuestros problemas, nunca enferma, no se rinde y hasta llegamos a pensar que es inmortal.
Pero la vida es tan fugaz que, en un abrir y cerrar de ojos, la juventud del padre se diluye como agua en el otoño. Sus movimientos se tornan lentos, enferma, repite sus conversaciones, queda solo y se vuelve dependiente. Entonces nos damos cuenta de que aquel hombre invencible derramó lágrimas y también tenía sentimientos.
Solo el padre es capaz de ocultar enfermedades, sentimientos, problemas y limitaciones económicas para no preocupar a los hijos. Trabajó toda la vida para que no faltara lo necesario y otorgar la mejor herencia que un hombre pueda legar a sus hijos: su formación.
Nos damos cuenta de su gran corazón y sabiduría cuando necesitamos de sus consejos, y en ocasiones lo valoramos cuando ya es demasiado tarde.
Los padres llegamos a ser enérgicos con los hijos a través de los años, pero algún día comprenderán que fue por su propio bien y que siempre los amamos más que a nuestra propia vida. Cuando les negábamos el permiso a causa de las calificaciones, cuando los reprendíamos por llegar tarde a casa, cuando corregíamos su vocabulario, cuando no les comprábamos la ropa que tanto querían, nos partía el corazón verlos sufrir. Tal vez fuimos estrictos, pero pretendíamos que valoraran el esfuerzo del trabajo y encauzarlos por el camino del bien.
Aún no terminamos de aprender la paternidad cuando el Señor nos otorga la recompensa más grande que un padre pueda recibir. Da un cambio nuestro carácter y nos convertimos en consentidores e indulgentes. Es entonces cuando encontramos tranquilidad y felicidad, a pesar de nuestra edad, cuando llegamos a tener en nuestros brazos... ¡a los hijos de nuestros hijos!
"Dios bendiga a nuestros hijos... A nosotros ya nos bendijo con ellos".
¡FELIZ DÍA DEL PADRE!
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