UN GRAN HUESO
Es común, cuando llevan a un paciente a consulta con síntomas de un hueso atorado o algún cuerpo extraño, que por lo regular sea un problema de inflamación en las vías respiratorias altas. El perro empieza con una tos intermitente y efectivamente actúa como si trajese algo atorado en la faringe, y continuamente pretende vomitar. Hay una enfermedad de origen bacteriano en los perros que es común: Bordetella o traqueobronquitis infecciosa, también llamada tos de las perreras. La mayoría de los veterinarios la incluimos en el calendario de vacunas. En los años que llevo en la práctica veterinaria, más del noventa por ciento de los pacientes que han llevado aparentemente por problemas de cuerpos extraños han sido por infecciones respiratorias.
En una ocasión atendí a un labrador de cinco años de edad, que llevaba dos días con tos, estornudos, lagrimeo, náuseas y constantemente tallaba sus patas delanteras en el hocico, como si tuviese algo que le molestara. Ese último detalle fue el que me hizo ver una sintomatología diferente a una infección. Aunque en todos los casos siempre hacemos el protocolo de una anamnesis y revisión general de nuestros pacientes, aun cuando ya tengamos un diagnóstico presuncional. La temperatura, la respiración y la frecuencia cardíaca eran normales. Al revisar la parte interna de la boca encontré atorado un enorme hueso de lado a lado en la parte superior del paladar, haciendo cuña con los molares superiores de extremo a extremo. Como todo labrador extremadamente noble, se dejó revisar perfectamente sin necesidad de tranquilizarlo. Al principio quise extraer el hueso con la mano, pero se encontraba fuertemente adherido; parecía un tramo de costilla de res. Pensé utilizar una pinza hemostática o un fórceps, pero era demasiado grande el hueso, así que tuve que recurrir a mis herramientas del automóvil y utilizar una pinza mecánica. Los dueños de la mascota, sin decirme nada, veían con asombro cómo introducía la pinza previamente desinfectada dentro de las fauces del labrador para tratar de sacar ese enorme hueso de su hocico. Fue una decisión atinada, pues de otra manera no podía realizarlo sin causarle daño al paciente y, lo más importante, no hubo necesidad de aplicar anestésico alguno.
Otro paciente que presentaba los signos de "hueso atorado" fue "Panchito", un "Chihuaheño" de un año de edad y dos kilogramos de peso. No me encontraba en el consultorio cuando me avisaron que tenía un paciente de urgencia con problemas respiratorios. Afortunadamente me encontraba cerca de la clínica. Pensé que podría ser una infección respiratoria por el clima frío. Tardé cinco minutos en llegar y, cuando vi al paciente, se encontraba desesperado, con una respiración anormal; inmediatamente me di cuenta de que estaba sufriendo. Al revisarlo noté la lengua cianótica, una coloración azul por falta de oxigenación. Veía su impotencia por no respirar adecuadamente, con los ojos extremadamente abiertos reflejando desesperación. Hice a un lado el protocolo de checar temperatura, frecuencia cardíaca, etc., e inmediatamente revisé el interior de la boca con la lámpara. No vi cuerpo extraño, así que introduje el dedo índice al interior del esófago y palpé una enorme masa sólida cuatro veces más grande que el diámetro de la luz del esófago. Intenté extraerlo con el dedo, pero fue inútil debido a lo considerable del cuerpo extraño y a lo profundo que estaba, herméticamente atorado. Al palpar externamente a través de su cuello, tenía una dimensión de cuatro centímetros de diámetro aproximadamente. Al cerrar su boca me encajaba sus molares como alfileres en mi dedo índice, provocándome dolor intenso. Cada vez veía la lengua más azul por la falta de oxígeno; urgía la extracción o moriría de asfixia.
Los propietarios de "Panchito", un señor de edad avanzada y su hija, la dueña, solo observaban detenidamente mis movimientos. Descarté la cirugía de momento, saqué las charolas de instrumental de la estufa de esterilización y buscaba el instrumental adecuado para extraer el cuerpo extraño. Mis movimientos eran rápidos, estaba contra el tiempo. Hice el intento de extraerlo con unas pinzas hemostáticas, pero fue inútil debido a lo grande del objeto. Probé con una pinza dientes de ratón, demasiado pequeña, además el paciente no cooperaba por sus constantes movimientos y desesperación. Dudaba en anestesiarlo, pues podía provocar vómito y broncoaspiración, pero lo hice; tenía que actuar de prisa antes de que se presentara el vómito. Ya dormido el paciente, introduje a la pequeña boca un fórceps. Presentó un ligero sangrado al trabajar completamente a ciegas, pues el cuerpo extraño se encontraba profundo en el esófago. Algunos colegas se preguntarán por qué no utilizaba un endoscopio, la razón es que carecía del aparato.
Después de unos segundos, que fueron horas para mí, logré asir el objeto. Procedí a extraerlo aplicando una pequeña fuerza, pero no logré moverlo un centímetro. Dudé si el fórceps estaba colocado correctamente, pero no había tiempo para volver a intentarlo. Solo imaginé la anatomía del pequeño esófago del Chihuahua; no podía estar en otro lugar más que en el indicado. Aplicando mayor fuerza, fue cuando logré extraer la gran porción de un hueso de cerdo. De inmediato la respiración se normalizó y la lengua volvió a su color normal. Los dueños de "Panchito" estaban asombrados del tamaño del hueso; estoy seguro de que no hubieran dado crédito si no hubieran estado presentes. Tanto fue su asombro que la dueña lo guardó para mostrarlo en casa y no volver a administrarle huesos como alimento. Antes de darlo de alta apliqué algunos medicamentos y una serie de recomendaciones al pequeño glotón de mi tocayo.
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