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PEQUEÑAS ESPECIES

VA POR CUENTA DE LA CASA

Me encontraba descansando en casa después de la hora de comida, cuando escuché sonar el teléfono. Era una señora que solicitaba mis servicios; se trataba de una consulta para un caballo que recién habían atropellado y que presentaba intensa hemorragia en una de sus extremidades. La señora no era la dueña; se trataba de un animal de tiro de un carromato de quienes se dedican a recoger las ramas de los árboles y el escombro. El propietario era de escasos recursos y la señora amablemente se ofreció a pagar mis servicios, pues la persona que ocasionó el percance no se detuvo en el lugar del accidente. Le explicaba a la señora que no atendía grandes especies, especialmente equinos, que son delicados, además de que no contaba con el material necesario. Ella me insistía en que era una emergencia, en que cualquier cosa que hiciera por el animal estaría perfecto. Accedí y me dio la dirección, avenida Central y Violetas, de la colonia Torreón Jardín.

Tenía algunos días que tardaba en conciliar el sueño pensando en algunos pendientes; la consulta me ayudó a despejar mi mente y volví cincuenta años atrás al recordar mis días de veterinario rural, cuando inicié mi profesión. Al estar colocando en mi maletín parte del instrumental para una cirugía de emergencia, las suturas más gruesas, anestésicos para perros compatibles con equinos, analgésicos, antibióticos, mentalmente hacía la conversión a los 300 kilogramos que probablemente pesaría mi próximo paciente. En el camino recordaba la manera de sujetar al animal, las dosis de los fármacos, el libro de Septimus Sisson de anatomía del caballo, músculos, arterias. Me preguntaba si contaría con las suficientes personas para ayudarme con la sujeción del caballo y deseaba que se tratase de un animal de no más de 300 kilogramos de peso.

Al llegar a la dirección, afortunadamente era un terreno baldío; parecía convención de carros de tiro. Ahí tenía la ayuda que requería, había más de veinte personas, y solo me faltaba ver a mi paciente. Fue lo único que no me agradó, pues se trataba de un ejemplar enorme de casi 400 kilogramos de peso. Inicié sacando los medicamentos del maletín; sobraban comentarios por parte del público, que no perderían por nada del mundo el siguiente espectáculo. Lo primero que hice fue preguntar al dueño del animal un aproximado del peso del caballo y casi coincidimos, pues me contestó que 350 kilogramos, y fue así como inició la función, con la aplicación de la anestesia.

No pasaron tres minutos cuando el animal se desplomó, cuidando previamente de su cabeza para que no golpeara el suelo. El siguiente paso fue la inmovilización de las cuatro patas; aunque estaba bajo los efectos de la anestesia, de un momento a otro despertaría, y como la herida de 30 centímetros se encontraba en la parte interna de una de las extremidades posteriores, a nivel del fémur, no quería por ningún motivo recibir un recuerdo de sus herraduras. Afortunadamente le habían aplicado dos torniquetes muy ingeniosos con lazos en la extremidad dañada. Tenía lesionadas dos arterias que sangraban profusamente y ese fue el primer paso, localizarlas y suturarlas, en seguida músculos y piel.

Habían transcurrido más de 30 minutos y el caballo empezó a despertar, intentando incorporarse. Le dije a uno de los ayudantes que se parara sobre las pezuñas traseras; aunque las extremidades estaban sujetas por dos hombres, no quería exponerme, pues para poder suturar tenía que colocarme entre los miembros posteriores y anteriores del animal acostado. De repente el caballo hizo un movimiento súbito y salió volando el ayudante por los aires. Afortunadamente alcancé a salir entre sus extremidades, y el ayudante solo probó algo de tierra cuando cayó de bruces.

La cirugía duró una hora aproximadamente. El caballo se incorporó de inmediato y empezó a comer la pastura que le dio su dueño, lo que indicaba que se encontraba bien de salud. La sutura resistió y quedó impecable, como si la hubiese realizado un equipo de cirujanos en el quirófano de un gran hospital de grandes especies, y no improvisada en un terreno baldío por un servidor. Lo que más gusto me dio fue recordar gratos momentos de mi juventud, cuando atendía grandes y pequeñas especies en el campo. Me contagié de ese momento mágico cuando sale a la perfección un caso improvisado, que me hizo olvidar las pequeñas preocupaciones que tenemos en mente y a las que damos demasiada importancia. Cuando me preguntó la amable señora por mis honorarios, le contesté con una gran sonrisa… ¡Va por cuenta de la casa!

pequenas_especies@hotmail.com.

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